Fernando Tinajero

La apuesta de Vásconez

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Jueves 01 de octubre 2020

Con una simbólica portada que se debe al diseño de Belén Mena, acaba de entrar a la circulación la séptima edición de “La sombra del apostador”, la novela cuya aparición en 1999 marcó la consagración de Javier Vásconez. Ya antes, en 1996, había publicado “El viajero de Praga” y la novela corta “El secreto”, que fueron unánimemente aplaudidas por la crítica de España y América y revelaron la madurez narrativa de un autor muy personal, que había sido ya capaz de crear un universo propio y un conjunto de personajes característicos, algunos de los cuales pasan de un texto a otro, tal como en la realidad podemos encontrar en diversos ambientes a ciertas personas que parecen asistidas del don de ubicuidad.

Esta séptima edición de una novela tan importante en la bibliografía de su autor habla por sí misma de la acogida que el público le ha dado.

“La sombra del apostador” presenta una doble alegoría: de una parte, la alegoría del poder y la corrupción, que vienen a ser la misma cosa; de otra parte, la alegoría del amor siempre asediado por la muerte. Con pocos personajes hábilmente manejados, esta doble alegoría gira en torno a un hecho que será consumado en las últimas páginas, aunque está ya anunciado en las primeras. Tanto la composición de la trama que se va descubriendo lentamente ante el lector, como la construcción casi impresionista de los personajes, deben contarse entre los méritos indiscutibles de la obra.

Para mí, no obstante, el mérito mayor de la novela es el paisaje de la ciudad, que parece haber sido trazado sobre una cartulina con tintas difuminadas. La lluvia, los girones de niebla, la pesadez de un mundo cerrado en sí mismo que parece haber nacido con vocación para la inercia, son elementos cuya vaga presencia se va impregnando en las acciones. Vásconez no menciona nunca a Quito, pero es Quito la que se encuentra de esa manera retratada. Los nombres de La Marín o El Batán o San Juan no dejan lugar a dudas; pero no se trata del Quito que todos conocemos, sino de un Quito que es imaginado por el alter ego del autor, un periodista llamado J. Vásconez, indagador y testigo de los hechos que se van cumpliendo de maneras inexorable, tal como en la escena griega se iban cumpliendo los hechos anticipados por el Destino.

Es esto lo que le da a la novela su singularidad. Si toda obra narrativa nos ofrece un mundo imaginario que convenimos en tomarlo como real mientras leemos, “La sombra del apostador” eleva al cuadrado ese carácter irreal de lo contado: es un personaje de ficción quien imagina el mundo que se ofrece al lector.

Solo que ese personaje de ficción es el propio autor que se desdobla. Su relación de odio/amor con la ciudad de la que no puede separarse viene a ser, de este modo, el eje que sostiene la fábula.
Gran novela, ésta de Javier Vásconez: ella ha permitido que su nombre se haya ubicado entre los novelistas notables de nuestro continente.