
Los ecuatorianos no olvidamos un gobierno autoritario que usurpó para el ejecutivo el poder de otras funciones del Estado y terminó controlando la legislatura, la justicia, los organismos de control, la prensa y las organizaciones sociales; infundió miedo, persiguió a periodistas, líderes sociales, opositores políticos y terminó en un festín de corrupción.
Ya que la historia se repite dos veces, según Marx, y ya vivimos la tragedia, ahora debe repetirse como comedia. Los legisladores aprueban leyes ilegales; los organismos de control solo controlan a los adversarios del gobierno; la prensa independiente es acosada; los partidos de oposición quedan fuera de las elecciones y los casos de corrupción se investigan selectivamente.
Si un ciudadano fuese colocado en un cruce de caminos desconocido, vería cuatro alternativas azarosas. Nosotros tenemos cuatro alternativas políticas demasiado conocidas: el movimiento que nos hizo vivir la tragedia, el movimiento que nos hace vivir la comedia, la revocatoria del mandato de descalificados revolucionarios y la aventura de elegir a un aventurero.
En las elecciones seccionales, igual que en las nacionales, no cuentan los problemas de la gente, nadie propone un modelo de ciudad o un proyecto colectivo, solo hablan en contra de alguien o de algo. Nadie quiere analizar las decisiones oficiales ni confrontar con el gobierno.
Los partidos políticos siguen “dando papaya”: los que iban a ser candidatos y no fueron nominados, se fueron del partido dando portazos; los calificados que buscaban la reelección fueron descalificados; los honestos experimentados no se atreven a enfrentar a los carteles, a los investigadores oficiales y a los cobradores tardíos de impuestos.
Los elegidos para alcaldes y prefectos, que no sean del partido oficial, pasarán amarguras cuando el gobierno empiece a presentar sus propios porcentajes de gasto ordinario y gastos de inversión, de acuerdo con la nueva ley, y empiece a controlar presupuestos y obras.