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departamento de ciencias del colegio está organizando un concurso de oratoria, anunció el profesor de química. Aquí están los temas, pueden trabajar en grupos. Quien gane el concurso queda exonerado del examen trimestral. Ahí. Ese fue el momento en el que alcé la vista.
Todo puede ser, pero no tener que dar el examen trimestral de química, considerando las innumerables cadenas de carbono que me había atrasado de copiar en el cuaderno, era como extenderme un par de zapatos para correr del lobo feroz.
Fue así como aprendí sobre los alimentos transgénicos. Con la limitada información que en ese entonces había sobre los avances de la manipulación genética, a punte de un par de libros desactualizados, una enciclopedia en CD, y tres tristes páginas colgadas en la red informática mundial — véase internet, — armé mi discurso.
La idea básica sigue siendo la misma: agarras a una semilla de las mechas de ADN, le jalas un pelo de secuencia genética, y lo implantas en otra semilla completamente distinta. ¿Con qué fin? Uno de tres: para que sea una semillita más resistente a bichos, enfermedades, o pesticidas; para que sea una semillita que produzca un alimento más nutritivo; o para que sea una semillita que por sus características alteradas pueda usarse con más eficiencia para crear componentes químicos de usos farmacéuticos o combustibles.
¿Quién dijo miedo?… pues, un montón de gente. Por esta razón, la premisa principal de mi discurso era determinar si los alimentos transgénicos son saludables para el consumo humano. Siguiendo el consenso general de la comunidad científica en ese entonces, llegué a la única conclusión que parecía lógica: no había riesgo alguno. Buen provecho.
Un año después ocurrió el retiro masivo del mercado de una gama de productos hechos con maíz transgénico en Estados Unidos. Vale la pena aclarar que dicho maíz no había sido aprobado para el consumo humano, y que los efectos adversos más fuertes en consumidores eran síntomas alergénicos.
Esta es la cuestión: los laboratorios que desarrollan alimentos transgénicos buscan alterar cultivos de gran escala como son el maíz, el arroz, el trigo, y la yuca. Después de todo, es un gran esfuerzo financiero desarrollar esta tecnología, por lo tanto es necesario una venta de volumen.
Yo no soy de chismear, pero si hay un caso que vale la pena pelar, es el del arroz dorado. Un par de científicos europeos, auspiciados por la Fundación Rockefeller en Estados Unidos, se pusieron a desarrollar una variedad de arroz que supuestamente iba a tener una buena dosis de vitamina A. La idea era que los países pobres combatan problemas de salud con este arroz; se hablaba de disminuir problemas de visión para niños, entre otras cosas. Se gastaron una fortuna desarrollando el proyecto, que se demoró casi dos décadas. Durante este tiempo, organizaciones en contra de los alimentos transgénicos, y particularmente Greenpeace, metieron su cuchara, y se esforzaron por declamar que el proyecto era una barbaridad.
Para este punto la compañía transnacional Syngenta, la cual hace sus millones vendiendo productos químicos para agricultura, se involucró, apoyando el arroz transgénico. Una cosa llevó a otra, y en el 2016 un grupo de 186 laureados de premios Nobel en química, física, y medicina firmaron una carta en la que se acusaba a Greenpeace de crímenes contra la humanidad por sus intentos de bloquear la aprobación del cultivo de arroz dorado en países alrededor el mundo. Bueno, se armó el petardo. Greenpeace respondió a la carta, haciendo notar que después de veinte años todavía no existía el tal arroz dorado, ni se había probado su eficacia, pero que sí se había gastado miles de millones de dólares en su supuesto desarrollo. Desde entonces, 42 de los 186 laureados han fallecido, y el único lugar donde se han dado cultivos experimentales de arroz dorado es en las islas Filipinas, donde no se reporta ningún milagro en la mejora de visión de los niños.
El debate de los alimentos transgénicos ha sido hasta ahora una decisión interna en cada país. Así, mientras en los Estados Unidos se ha permitido la producción agrícola de transgénicos además de la venta de alimentos genéticamente modificados — los cuales pasan mayormente desapercibidos por el público, — en muchos países se prohíbe el cultivo y la venta de estos alimentos.
En el Ecuador está prohibido, bajo ley constitucional, el cultivo de alimentos transgénicos. Sin embargo, por ahí se les escapó prohibir la importación de estos alimentos, lo cual quiere decir, querido lector, que usted y yo probablemente nos hemos comido más de una cosa cuyos ingredientes vinieron de un cultivo de transgénicos. También se ha escuchado de algunos emprendimientos en la costa que andan creciendo soya genéticamente modificada.
En lugares como Perú y Kenia, los gobiernos adoptaron moratorias para el cultivo de transgénicos. Tal vez, pensarían, si nos esperamos un rato, ya alguien saldrá a decir qué mismo ha sido con esto de andar jugando con la genética de las cosas. Sin embargo, las presiones políticas y comerciales no se hacen esperar. En el 2022 el gobierno keniano levantó la moratoria para aprobar el cultivo de maíz transgénico. Lo cierto es que todavía están buscando la manera de convencer al público con maniobras publicitarias, pues la gente no quiere saber nada de comer ugali que no haya sido hecho como Dios — y nadie más — manda.
Estamos ya en la quinta década de debate sobre los transgénicos, y no logramos concluir si son o no son una buena idea. Podemos debatir la ciencia del asunto, los intereses comerciales, y los escándalos servidos en bandeja de oro. Sin embargo hay algo más profundo, que no es tan fácilmente cuantificable. El modificar la esencia de un organismo, sea cual fuese su fin, nos causa una incomodidad en nuestra propia esencia humana.
No es lo mismo decir que las zanahorias son de color naranja porque hace unos cuantos siglos los holandeses se pusieron a cultivar zanahorias anaranjadas con ahínco, y terminaron por esparcir este alimento por sobre las zanahorias moradas, que eran más conocidas previamente. Si bien esta es una manera de popularizar un alimento que tiene ciertas propiedades, — las cuales ayudan mucho a la sana visión de niños en el mundo, por cierto — no es que los holandeses agarraron una zanahoria morada, le arrancaron sus propiedades de zanahoria morada, y le inyectaron genes de algún otro organismo. Eso sería un asalto a la dignidad de la zanahoria morada, que encima ahora es el no-va-más de la comida chévere en Europa. Cuestión de tiempo.
Quienes abogan por los alimentos transgénicos tarde o temprano argumentan la problemática de acabar con la desnutrición y la hambruna en países pobres. Si tan solo hubiese una manera, teorizan desde su magnánimo despacho de buenas intenciones, de usar semillas que produzcan más comida en las miles de hectáreas donde ya se están cultivando alimentos que no alcanzan para todos, resolveríamos el problema.
Hablando de zanahorias naranjas, ¿Saben quiénes no usan semillas transgénicas? Los holandeses. No solo porque la Unión Europea lo tiene altamente restringido, sino porque no las necesitan. En ese pite de país, construido sobre pantanales, hay tanta inversión agrícola, que Holanda es hoy en día el segundo mayor exportador de alimentos en el planeta.
Veinte años después, podría llegar a una conclusión similar a la que llegué aquel día en el auditorio del colegio, frente a toda la secundaria. Lo que se sabía en ese entonces sigue siendo verdad, y hay quienes todavía insisten en dejar ahí sus conclusiones. Tal vez ellos, como yo, no se han igualado el cuaderno, y confían que la retórica es suficiente para exonerarlos de una verdadera prueba.
