El ADN del turismo

El sector turístico debe usar su peso electoral para exigir compromisos políticos y frenar el abandono estatal.

Lionel Messi, con Argentina, se medirá ante Cabo Verde, liderada por el arquero sensación Vozinha, en los dieciseisavos de final.

La carretera Baños – Puyo está sembrada de una lección política que el turismo ecuatoriano debería grabar a fuego en su memoria corporativa. Mientras los transportistas de Pastaza anuncian su respaldo electoral bajo un modelo de riesgo cero, al candidato X a la alcaldía de Puyo, con la precisión de un cirujano: exigencias claras, compromisos notarizados, blindaje de mercados; el sector turístico mira al suelo con las manos en los bolsillos y la mirada húmeda. Es nuestra condena: ser el servidor leal que nunca reclama, el hijo taciturno que financia la fiesta familiar mientras lo dejan sin mesa.

El suicidio silencioso

Bebemos ese veneno lento de prudencia con sumisión. Practicamos la colaboración gremial con el agua al cuello, como quien reza un rosario en su naufragio. El resultado de esta pasividad está a la vista: el Ministerio de Turismo fue disuelto en un mega ministerio como una cucharadita de azúcar en un balde de café amargo. Un mensaje en código abierto del ADN de este gobierno: el turismo no le importa, por lo tanto, no existe.

Mientras otros sectores obtienen exoneraciones, subsidios, créditos; nosotros, los pacíficos, los constructivos, los que generamos 1,5 millones de empleos, que sostenemos la dolarización por ingreso de divisas, recibimos el desprecio de la indiferencia. Callar nunca fue prudencia; es un acta de defunción previa a la bolsa negra para cadáveres.

Ángeles locales, demonios nacionales

Las elecciones seccionales de noviembre son vitales para el proyecto de reelección presidencial y la continuidad de ADN en el poder y en el manejo de los millonarios recursos nacionales. Alcaldías y prefecturas proveerán los recursos para clientelizar a electores ávidos de puestos con uña libre y contratos sin plazos de entrega. Aprendamos de la escuela transportista, a nivel nacional, que las cúpulas gremiales convoquen a las bases del turismo, a esos 1,5 millones de electores nuestros, a negar el voto a los candidatos oficialistas de ADN.

Pero en el territorio, que los gremios provinciales y cantonales ejerzan una autonomía electoral. El voto ya no se regala por apoyo a la estabilidad del gobierno; se condiciona mediante acuerdos públicos, notarizados, exigibles. Si un candidato local del oficialismo se desmarca de la ceguera gubernamental y firma compromisos reales: presupuesto, promoción, seguridad;  se lo apoya; si no, se respalda al opositor que sí los firme.

El valor del nada que perder

El turismo ya tocó fondo. No hay nada que perder. Operamos en el cero absoluto: sin incentivos, desprotegidos ante la inseguridad, invadidos por la informalidad, despojados de institucionalidad. El miedo a la represalia política desaparece cuando ya no tienes nada.

Si el candidato respaldado pierde, las condiciones no serán peores que el abandono actual. Pero si gana, el turismo se asegura un asiento en la mesa donde se gestionan los recursos del territorio. Esa es la receta: cambiar lealtad a ser traicionada, por compromiso político en favor del desarrollo del turismo, a cambio de nuestros votos.

Este realismo político no es un negocio electoral; es un ejercicio de legítima defensa. Si el turismo no aprende a usar su peso económico y numérico en las urnas, la miopía gubernamental seguirá gestionando nuestra desaparición. Pongamos costo político al olvido. Dejar de votar gratis es el primer paso para sobrevivir.