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¿Superado el primer cuarto del siglo XXI, se ha extinguido el racismo, una aberrante obstinación de todas las clases sociales, cada una con sus símbolos? Olvido de nuestra genética (23 pares de cromosomas y número de huesos idénticos). El racismo suprime nuestra esencia: semilla y tierra.
Versados constructores de muros que desintegran el mundo y artífices de caminos sobre el vacío, seguimos –elocuente ceguera del sinsentido–, sin comprender el moroso trabajo del tiempo en los seres humanos: nuestros cuerpos rebosan en su último gesto y empieza la lerda y honda corrosión que desvanece nombres y rostros. Trance final en el cual todos somos iguales.
Al filo de los 60 años de ¿Adivina quién viene a cenar? (1967), dirigida por Stanley Kramer, “conciencia del cine” lo llamó Gay Talese, continúa siendo un rayo que quebró el espejo de la historia norteamericana, desvaneciendo sus máscaras. Una mujer blanca, de la alta sociedad (Katharine Houghton), se une a un afroamericano (Sidney Poitier).
El filme se estrenó luego del fallo anulatorio de las leyes que prohibían el matrimonio interracial en más de 16 estados. Fue, además, la última cinta en la que actuó Spencer Tracy, uno de los “cinco grandes” de la historia del séptimo arte. Lo acompañaron Hepburn, consagrada por sus óscares y premios internacionales, y Poitier, el primer actor negro en obtener un Óscar, 1964.
Los tres célebres actores lograron convertir esta película –comedia y drama fusionados– en uno de los más incisivos testimonios sobre la realidad del racismo. Su narrativa ha dejado prosélitos. El más significativo, Huye, 2017, de Jordan Peele.
Algunos críticos de esta cinta la consideran blanda y edulcorada, acaso por la figura de Poitier, admirado por amplios sectores de “blancos”; o, quizás, por su trama que, sin mostrar extremos, fija la faz engañosa de quienes aceptaron a regañadientes la incorporación de los negros a los estamentos sociales de los “blancos”.
¿Versión “afectada, insípida y paternalista”? No. Tratamiento sutil de un tema incendiario, para grabar los entresijos de una sociedad que rinde culto al mundo de las apariencias, pero que esconde prejuicios que nutren la historia de la estulticia humana.
El filme inicia con el sonido de un chasquido en un taxi, una mujer blanca y un afroamericano se besan. El conductor mira la escena y sonríe. El acto repercute como el primer bofetón al pueblo sureño de esa nación y a los seudodefensores de los derechos de la negritud del Norte.
Llegados a la mansión de los Drayton, la novia dice a su madre: “Mamá, te presento a John”. El novio negro es médico, graduado en Yale, apuesto, culto y refinado. El cine hollywoodense atravesaba severa crisis. La cinta de Kramer congregó dos astros, Katharine Hepburn, “la más grande actriz de todos los tiempos”, y Spencer Tracy, uno de los “diez actores más notables”.
Bajo el ojo aguzado del director, estos tres actores logran una película que convocó a miles de espectadores, fracturó esquemas y desbrozó el camino para que el séptimo arte continúe revelando la tragedia de la negritud en el mundo.
A la cena se suman un monseñor, amigo de los anfitriones, y la trabajadora del hogar de los Dayton, también negra. La tensión parece desbordarse por la presencia de dos parejas de padres: unos blancos, otros negros. Cuando la decisión del médico y de la hija de los anfitriones de contraer matrimonio parece a punto de desencadenar una debacle familiar, el talento de Kramer consigue que prevalezca el duelo esencial entre el amor y el prejuicio social.
“Dicen que soy un viejo acabado –dice Spencer Tracy en la cena–, y que no entiendo el amor que hay entre su hijo y mi hija. ¡Se equivocan! Lo entiendo y siento perfectamente, porque estoy viéndolo”… Tracy hablaba de Katharine Hepburn –el gran amor de su vida–, acaso consciente de que se encontraba a pocos pasos de la muerte.
Katharine Hepburn: “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, dijo de ella Franz Capra. Feminista. Liberal. Tallada en roble y cristal. Capaz de habitar relámpagos en la piel de los personajes que interpretó. Con Spencer Tracy se encontró, casi por azar, en el vestíbulo de un estudio. Allí comenzó una de las grandes historias de amor del cine.
El actor era alcohólico y sufría ataques de ansiedad, depresión e insomnio. Hepburn fue su compañera por 30 años y lo cuidó hasta el final. No acudió a su funeral por respeto a su esposa, de quien él nunca se divorció, por su acendrada fe católica. Murió a los 96 años, única y soberana: desafió los códigos de su época y los zarandeó con sus pantalones de lino, su voz atiplada y una libertad que devino en escuela.
Dijo tal vez a la muerte: “Puedes llevarte el cuerpo, pero este fuego lo he encendido yo y yo decido cuándo apagarlo”.