
Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, escribió entre 1942 y 1943 un ensayo titulado “Después de diez años”, el mismo contenía una advertencia en el sentido de que la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad. No hablaba de falta de inteligencia, sino de la renuncia a pensar y el abandono de la conciencia frente al poder, la masa, el miedo o la consigna.
Bonhoeffer no fue un observador más. Fue opositor a Hitler, integrante de la resistencia alemana y terminó ejecutado por los nazis el 9 de abril de 1945, en Flossenbürg, semanas antes del final de la guerra en Europa. Su reflexión contenida en el ensayo en mención, nació al borde del abismo, escrita al cumplirse 10 años del ascenso de Hitler al poder, dirigida a las personas cercanas a la resistencia alemana. ¿Cómo pudo una sociedad culta, con universidades, filosofía, ciencia, derecho e iglesias, convertirse en engranaje de una maquinaria criminal?
La respuesta no está solo en la maldad de unos pocos. Está también en la obediencia ciega de muchos. El nazismo no avanzó únicamente por fanáticos, necesitó también de funcionarios eficientes, jueces complacientes, militares disciplinados, empresarios adaptados, religiosos silenciosos, profesores justificadores y ciudadanos dispuestos a no ver. El mal necesita verdugos, pero también de espectadores dóciles.
Esa es la profundidad política del pensamiento de Bonhoeffer. La estupidez que denunció no es incapacidad mental, sino secuestro moral. Es la persona que repite sin verificar, aplaude sin comprender, obedece sin preguntar, confunde lealtad con sumisión y orden con verdad. Es quien deja de preguntarse si algo es justo y solo pregunta torpemente si conviene al jefe, al partido o al grupo.
Las sociedades libres no se destruyen solo con tanques o decretos. También se erosionan cuando sus ciudadanos dejan de ejercer un juicio crítico. Primero se acepta una arbitrariedad “por necesidad”. Luego se tolera una mordaza “por prudencia”. Después se justifica una persecución “porque algo habrán hecho”. Finalmente, cuando el abuso es evidente, muchos callan para no admitir complicidad.
La obediencia es virtud cuando está guiada por la conciencia y por la recta intención. Pero sin conciencia se vuelve materia prima del autoritarismo. El funcionario que firma lo injusto, el juez que acomoda la ley e involucra al inocente, el periodista que calla por cálculo, el dirigente que aplaude por conveniencia o el ciudadano que repite una consigna para no quedar fuera del grupo no son neutrales.
El poder autoritario no sólo domina instituciones, sino que coloniza emociones a través del miedo, resentimiento, entusiasmo tribal y la necesidad de pertenencia. Bajo esa presión, muchos dejan de hablar con palabras propias y empiezan a hablar con frases prestadas. Ya no razonan, sino que reaccionan. Ya no deliberan, sino que obedecen. Ya no buscan la verdad, sino que buscan alinearse. Ya no alumbran, sino que se cobijan en la sombra ajena.
La lección no pertenece solo a la Alemania nazi. Toda sociedad, de izquierda o de derecha, religiosa o laica, pobre o próspera, puede caer en la obediencia acrítica. A veces se disfraza de patriotismo, disciplina o gobernabilidad. Pero el resultado suele ser el mismo, es decir, menos ciudadanos y más instrumentos; menos deliberación y más propaganda; menos libertad y más miedo a disentir.
La democracia requiere elecciones, leyes e instituciones honestas; pero también personas capaces de decir no. Jueces que no teman incomodar y que su norte sea la verdad procesal, periodistas que no confundan prudencia con silencio, empresarios que no vendan su conciencia, servidores públicos que recuerden que obedecer no los exonera de responder, y ciudadanos que no deleguen su pensamiento.
La advertencia de Bonhoeffer no invita a insultar al adversario, sino a examinarnos. La estupidez peligrosa no siempre está al frente; a veces se instala dentro de nosotros cuando preferimos callar para no pagar costos, repetir para pertenecer o justificar lo que condenaríamos si lo hiciera el contrario.
La Libertad no se pierde solo cuando alguien la arrebata. También se pierde cuando muchos dejan de practicarla interiormente. Esa práctica empieza en una conciencia despierta y limpia, capaz de pensar incluso cuando obedecer parece más cómodo y útil.