Jhonatan Narváez, el poeta del asfalto que va por los Juegos Olímpicos

El ecuatoriano Jhonatan Narváez arriba a los Juegos Olímpicos de París 2024 tras un intenso entrenamiento conectado con sus raíces.

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El reventar del viento en las gafas oscuras de Jhonatan Narváez dejaba nítida la imagen que reflejaban. El verde y lo multicolor, el fresco del viento y la quemazón solar, tierra y asfalto, pampa y montaña, civilización y barbarie. Esa unión entre nubes que besan el suelo y una mezcla de gente que queda entre lo citadino y lo ‘campagnard’ avanzaba a ritmo de dos ruedas en la trayectoria.

Como si de un croma de película se tratara y Narváez estuviese en una bicicleta estática, los escenarios le acompañaban y el vehículo se torcía en un espacio que pronto se transformaría. El fondo decidido para reflejarse en ese croma se cambiaría por la megápolis. Puro cemento y un ruido multitudinario de clamor que contrastaría con el silencio previo y palabras al viento de quienes lo reconocían o, al menos, parecían hacerlo. Ya no habría una sola cámara y camioneta para cubrir el entrenamiento, sino una transmisión para el evento deportivo más importante del mundo.

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Los Juegos Olímpicos de París 2024 y su ambiente, sin embargo, no le serían ajenos. Con participaciones en el Giro de Italia, donde ganó una etapa, y la Vuelta a España -dos de los eventos ciclísticos más grandes del mundo- ya se había curtido. Inclusive en Ecuador, donde ganó el campeonato nacional de ruta, y en clásicas, había sentido un ambiente similar… Y, al final de cuentas, en Tokio 2020+1 ya tuvo roce.

La costumbre, sin embargo, no es sinónimo de comodidad y aunque no le cuestan los traslados ni reniega de los ambientes urbanos y sus beneficios, sí prefiere otro tipo de ritmo. Sus raíces y formación habían sido así y, cuando decidió llevar a cabo sus entrenamientos en Imbabura, aquello fue lo que primó.

Desde las condiciones técnicas y geográficas, así como a partir del ritmo y la cotidianidad, este encontró bienestar y, sobre todo, concentración en la provincia norteña. Aunque la figura de Richard Carapaz -vigente campeón olímpico y colega- orbitaba en su mente y, así él no lo quisiera, le era recordada, el impacto de ella y de ser su reemplazante resultaba, quizá, menor a si se encontrase en otra zona ecuatoriana.

La elección de su cupo hacia los Juegos Olímpicos trajo consigo una tempestad de comentarios.

-Que si Narváez debía ir, que por qué no va Carapaz, que uno es mejor que otro, que la culpa la tiene la Federación Ecuatoriana de Ciclismo (FEC)– se leía en redes sociales.

La reacción del público no fue para menos, pues debido al ranking UCI del país, Ecuador solo obtuvo un cupo hacia París 2024 y el nombre de mayores éxitos y popularidad era el de Carapaz. Narváez, sin embargo, sabía que ganó la representación en buena lid y fue quien cumplió los criterios de la FEC. Aunque la última palabra la tenía la institución, el reglamento era el reglamento; si había clamor, era por las circunstancias.

Pese a que sí lamentaba el que Carapaz no esté presente como le hubiese gustado, también confiaba en sus capacidades. Hasta días previos de los Juegos, este se cansaría de explicar los motivos de su presencia y además recalcar que la trayectoria y el camino le eran favorables, como lo haría en diálogo con EL COMERCIO.

Los Juegos Olímpicos tienen un trazado idéntico al del campeonato nacional de ruta. También es parecido al del primer día en el Giro de Italia. El recorrido de París claramente me beneficia a mí”, diría en argumento mientras se entrenaba en Imbabura, donde se perdía en sus parajes y encontraba voluntad de sentido con respecto al presente y porvenir.

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Un ciclista bucólico y del Romanticismo

Más allá de la preparación y las herramientas que podían darle sus prácticas en Imbabura, el desempeñar sus actividades allí le daba un plus anímico. Los espacios que encontró en la provincia del norte eran lo más cercano a su origen: el Playón de San Francisco en Sucumbíos.

Podría parecer un tópico idealizado, pero su poblado y organización obedecían al típico urbanismo rural o así lo recordaba… “un pueblito muy bonito” y del cual nunca se olvidaría. Un espacio cercano, de comunión, nostálgico y con matices de magia; donde el tiempo parecía detenido. No había internet ni mayores conexiones con la ciudad, pero sí la capacidad de sacar tres ciclistas de élite y contemporáneos. Así era.

Ese pueblo, donde no había ni internet, donde no había distracciones, donde no había discotecas, pues lo fue lo mejor para mí“, recordaría ya consagrado y con un acento ligeramente cantado, de la R arrastrada, mientras hacía una parada en uno de sus lugares predilectos, el mercado de Cotacachi.

Aquel comercio fortalecía el vínculo y acentuaba las reminiscencias de lo que fue su surgimiento. Los lugares imbabureños no solo cumplían un proceso evocativo de adonde se crio, sino que eran el medio para conectar y el símbolo de las experiencias vividas.

El recuerdo llamaba a ese ‘playón’ con la plaza central, rodeado de las casas de adobe y dependencias. Calor húmedo y de un trópico próximo a contrastar con el frío andino, un aroma a flor y fruta que acompañaba los recorridos sobre dos ruedas.

En esa inmensidad: un ciclista sobre el mar de nubes, un Narváez dentro de una obra de Friederich, llegaba la alianza entre lo que se hacía y la razón de ello. El vínculo entre toda su trayectoria, cada decisión que había tomado y que estaba por tomar; un escape del mundo que, lejos de alejarlo del deporte, le hundía más en él.

Sucumbíos, una tierra de campeones

Jhonatan Narváez (der.) en un entrenamiento previo a los Juegos Olímpicos de París 2024.
Jhonatan Narváez (der.) en un entrenamiento previo a los Juegos Olímpicos de París 2024.

Allá, en Sucumbíos, en el Playón, había dado sus primeros pasos en el ciclismo. Su padre tenía afición por el deporte y su hermano, el primer ‘Lagarto’ ya tuvo experiencias en el ciclismo, pero obtuvo una beca y se decantó por formarse académicamente. El nuevo ‘Lagarto’ pasó a ser él y tal sobrenombre le quedó para siempre.

Estaba en su etapa estudiantil y se topó con su mentor, el fallecido Juan Carlos Rosero, exciclista y uno de los primeros ecuatorianos en destacarse en el deporte de dos ruedas. Este ya había encontrado a Richard Carapaz, contemporáneo de Narváez y multicampeón internacional, y también se encargó de formar a Jonathan Caicedo.

Narváez compartió su etapa formativa junto a los primos Jefferson y Alexander Cepeda, también en la élite del ciclismo ecuatoriano y europeo y nativos de su provincia, y su momento bisagra llegó cuando abandonó su condición de juvenil. Debía decidir entre dedicarse al ciclismo profesional o abandonarlo para buscar otra salida y formación. Se decantó por la primera a pesar del reto que conllevaba.

Cuando recuerda Sucumbíos ve todo ese caminar y la llegada de él y sus coterráneos a lo más a alto. Al subir las cuestas de polvo en medio de las montañas imbabureñas o la carretera plana rodeada de naturaleza se traslada en el tiempo y vuelve a ser el niño que soñaba con ciclear. No es solo el recuerdo, sino la sensación presente y, para eso, la gente también está.

Un mercado, el lugar en el mundo de Jhonatan Narváez

El que lo reconoce le pide una foto; el que apenas lo hace, lo confunde con Richard Carapaz, y también se retrata; y el que no, igual no se muestra indiferente con su presencia. Esa parada en el Mercado de Cotacachi es vital. No abarca un aspecto técnico ni táctico del entrenamiento, pero sí adquiere dotes hasta espirituales.

Junto a un grupo de acompañantes y de su mecánico Patricio Álvarez, quien lo acompañará en los Juegos Olímpicos, Narváez hace la escala rutinaria. Que la cosa está dura, dicen sus acólitos, mientras se aprontan a desayunar.

Las bicicletas quedan parqueadas junto a ellos. Aunque es uno de los más destacados deportistas de Ecuador, y su bandera en la malla de INEOS lo anuncia así, este se pierde como uno más entre los pasillos multicolores.

Ya conoce el mercado y allí lo conocen a él. Una funda de panes y un par de cafés para sus acompañantes. Que así le sale más barato que ir a una cafetería en otro lugar y puede invitar, bromea. Se ubica en una mesa de baldosa y, aunque parecía que eso era todo y se quedaba junto a los suyos, se levanta y llega con más.

Sírvete un cafecito– dice mientras extiende la bebida y el pan. Esta vez compró dos más, pues había invitados y quería convidar. Taza de latón, agua hervida y dos cucharadas de café, como en otros tiempos y latitudes, nada deluxe.

¿Por qué el mercado?– se le pregunta en la conversación. La clave, una vez más, está en la conexión con raíces, no solo Sucumbíos, sino la riqueza natural del propio Ecuador que contrasta con su otra residencia en Andorra. La economía, variedad y el trabajo con un trasfondo de sentido de pertenencia y humildad. Estar en su mundo, estar en paz.

– Es la realidad de donde crecimos, pues fue así. O sea nos crecimos con eso, nos crecimos con las papas del campo, no con las comodidades que que ahora puede tener alguien con mucho dinero, ¿no? Y por eso es lo que me gusta venir a estos sitios. Aquí encuentras… realmente… aquí no te olvidas de dónde viniste, ¿me entiendes? Y por eso me gusta venir aquí a ver a ver cómo las personas trabajan, a mirar lo duro que es hacer un dólar en en la vida, ¿me entiendes? Entonces me gusta, me gusta ver el sacrificio porque así siento que yo no soy el único que se sacrifica en la bicicleta- responde.

Pero no solo Cotacachi es el punto de encuentro consigo mismo y en los entrenamientos se lleva más de una imagen que lo marca. Narváez también ha realizado recorridos por Intag y otros poblados imbabureños y asegura que siempre hay gente que trabaja permanentemente. Desconoce la hora, pero desde la madrugada ya los ve en su carretera o en parcelas. Una pala los acompaña mientras él pedalea… y ahí está la inspiración. Nunca mucho cuesta poco y él se ve reflejado en aquellos sacrificios, así también lo hicieron sus padres y ahora le toca.

El sacrificio, un motor más para Narváez

Te inspira porque tú dices ‘agh, estoy subiendo en una bicicleta, me tiemblan las piernas’, pero todos hacemos sacrificios para obtener resultados“, relata con respecto al trajín hacia un objetivo que se persigue, pero no necesariamente siempre se llega. La meta está en ganar una medalla olímpica, pero no hay garantía de que aquello suceda, sin embargo, cada acción sirve para acortar distancias con ese objetivo.

Cuando él se inició en el ciclismo, tampoco existían pronósticos sólidos de que llegase a ser lo que es hoy. A pesar de ello, las acciones de sus padres fueron fundamentales para que eso se concrete. Desde viajes interminables hasta traslados de bicicletas y jugarse la carrera por el sueño de su hijo.

Su madre era la enfermera del pueblo y su padre camionero. El ciclismo le llegó por azar. En un inicio, cuando él tenía 11 años, su madre compró una moto ‘viejísima’. Tenía solo tres marchas y no contaba con embrague. Él se animó y, a las 5 de la mañana de todos los días, aún con oscuridad y un frío húmedo, se levantaba y arrancaba en ella para comprar leche.

Soñaba más y quería montaña, explorar las colinas orientales y los montes serranos, pero la moto no tenía potencia. Pese a ello, el subirse e ir a la tienda le llenaba. Después llegó una motocicleta mejor, pero mamá no lo permitía y, con frecuencia, atendía heridos por siniestros en tales vehículos, por lo que le compró una bici.

Para Narváez, el que le hayan brindado una bicicleta, en sí, ya constituyó un sacrificio para su familia. Aunque hoy por hoy cree que dentro de su deporte se corre más riesgo que con una moto, no reniega de que gracias a ese impulso maternal haya llegado adonde está. No fue solo la bici, a aquello había que sumarle zapatos, casco, gafas, medias, geles, rines, llantas, entre otras cosas.

Una de las mayores apuestas por el ideal de Jhonatan Narváez fueron los viajes entre Ecuador y Colombia, adonde siempre intentó viajar con sus padres y sus dos hermanos. Aunque a papá no lo veía demasiado por la naturaleza de su trabajo, el tiempo que pasaba con él era de calidad. La ruta que este cubría en su camión, regularmente, era de Tulcán a Guayaquil. Cuando el ‘Lagarto’ alguna vez tuvo que competir en Riobamba, su padre viajó desde la ‘Perla del Pacífico’ en bus -entre cuatro horas y media y seis- solo para verlo y, apenas finalizó la carrera, este se marchó por la misma vía.

Un peso extra para los Juegos Olímpicos

Al abandonar el mercado y volver a montarse en bicicleta, Narváez se dispone hacia el último tramo de su entrenamiento. En los exteriores, los pedidos de fotos van in crescendo y dos niños se emocionan tras confundirlo con Richard Carapaz. El desafío está y el sucumbiense también quiere dejar su nombre en la historia, aunque ya lo está.

Cuando llegó al profesionalismo, el camino era incierto, pero consiguió fichar por el Klein Constantia en República Checa en 2016 a los 20 años. Le siguió el Axeon Hagens Berman, el Quick Step Floors y, finalmente, el INEOS.

Con el cuadro británico llegó su consagración y la llave para los Juegos Olímpicos. A partir de su llegada al INEOS, Jhonatan Narváez tuvo su primer gran triunfo con una etapa del Giro de Italia. Su mejor versión, sin embargo, se produjo entre 2023 y el vigente 2024. Allí se proclamó campeón de la Vuelta a Austria, ganó los Juegos Panamericanos y el Campeonato Nacional de ruta y, finalmente, otra etapa del Giro de Italia al superar a Tadej Pogačar, el mejor ciclista del mundo.

Aquella victoria ante Pogačar fue una de las máximas de su carrera. En la primera fase del Giro se puso la ‘maglia rossa’ luego de que, en la última recta lograra ser, aunque sea por instantes y ese momento, más rápido que el esloveno. Ambos iban parados sobre su bicicleta y parecía que el europeo lo alcanzaba, pero el margen no le alcanzó y el tricolor pasó la meta con los brazos en alto.

Las lágrimas lo inundaron en aquel momento y la cuestión del sacrificio, como en cada pedal, volvió a cobrar sentido. Más allá de su satisfacción, el poder inspirar con lo que hizo, y por medio de la perseverancia, le provocó verse como aquellos trabajadores en los que se refleja.

Para París 2024 fue elegido por la Federación Ecuatoriana de Ciclismo como representante tras ser el ecuatoriano con más puntos obtenidos en el ranking UCI hasta el 21 de mayo desde el 1 de enero. Ese factor, junto a la cantidad de puntos logrados en clásicas en el mismo periodo, más el criterio de la FEC, lo impuso ante Richard Carapaz, vigente campeón olímpico, en la selección.

El sábado 3 de agosto del 2024 tendrá la oportunidad de demostrar sus condiciones. Cuenta con el peso de Carapaz y su legado en las espaldas, sin embargo, se centra en su desempeño más que en el resultado. Aquello también es lo que busca dejar a su afición y su pueblo, el proceso, rendimiento y sus formas como rédito, más allá de si se obtiene menos de lo que se mereció. En ese trazado similar al del Campeonato Nacional de Ruta y su última etapa en el Giro de Italia, Narváez saltará a la pista a las 04:00 en busca de dejar en la cima de París su espíritu romántico y de residencias en su tierra.