Jaime Jarrín, el ecuatoriano que hizo historia en EE. UU.

Jaime Jarrín llegó a EE. UU. a los 19 años, sin conocer el béisbol. Ahora tiene una una carrera histórica en ese deporte.

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Él ni con todas las muestras de cariño y reconocimientos que le han dado en EE. UU. deja de extrañar Ecuador. Y es que esa tierra tan nuestra en Sudamérica atraviesa la memoria de los migrantes con sabores, paisajes, voces y amigos. Él es Jaime Jarrín. 

Hoy abre las puertas de su casa en el condado de Los Ángeles, en California, a unos viejos amigos que forman parte de sus recuerdos, a EL COMERCIO y a sus lectores. 

Quién es Jaime Jarrín

Hay algo paradójico en la historia de Jaime Jarrín. Durante más de 60 años ha sido uno de los narradores deportivos más reconocidos de la historia del béisbol en español. Sin embargo, cuando llegó a Estados Unidos realmente sabía muy poco –o casi nada– de este deporte. El béisbol no estaba en su natal Cayambe, tampoco en Quito, donde creció. 

Jarrín es un migrante ecuatoriano de 93 años. Llegó a ese país cuando tenía 19. El viaje de su vida lo ha llevado a ser el único compatriota con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. 

Pero quizá su reconocimiento más grande no está en las placas que llevan su nombre. Su legado es ser una figura que ayudó a desarrollar la identidad de la comunidad latina en este país, alrededor del béisbol. 

Jaime Jarrín no sabía de béisbol

Mientras se acomoda en una de las sillas de la sala de su casa pregunta con añoranza sobre la edición impresa de EL COMERCIO. El blanco de sus sillones refleja la intensa luz del sol del verano californiano, que para ese día calentaba a 35 grados.  

Su casa en la ciudad de San Marino es grande y de un estilo colonial, o lo que los estadounidenses llaman ‘Spanish style’ (estilo español), con techos altos, madera, chimenea, colores claros y entradas de luz. Aunque cuando llegó a Los Ángeles, Jarrín no tenía nada de esto. 

En esos años contaba con pocos dólares, con su residencia americana aprobada pocos meses antes y las ganas de trabajar. Consiguió dos cosas: trabajar en una emisora y una oportunidad que marcó su vida, narrar partidos de un equipo de béisbol.

Su jefe, en ese entonces, lo eligió para ser una de las voces narradoras de los Dodgers, que apenas se mudaban de Brooklyn a Los Ángeles. Le dio un año de plazo para aprender sobre este deporte y sobre el equipo, que hoy es uno de esos símbolos intocables de la ciudad. 

Desde 1959 al 2022, Jarrín fue parte del equipo de locución de los Dodgers. Aprendió de un deporte que no conocía porque alguien creyó que podía hacerlo, y eso le cambió la vida.

Jaime Jarrín se retiró de los micrófonos de los Dodgers después de 64 temporadas y el equipo lo nombró embajador de la comunidad tras su retiro y fue incorporado al al Anillo de Honor. FOTO: captura de su cuenta de Instagram.

La voz ecuatoriana de los Dodgers

En el camino, ganó experiencia, cariño de aficionados y jugadores, y reconocimientos en EE. UU., Ecuador y México. Cuando habla de ellos, hay uno que cambia incluso el tono de su voz: Cooperstown.

En 1998 ingresó al Baseball Hall of Fame, en Cooperstown, EE. UU. Es el primer narrador en español en recibir esta distinción en vida. Un reconocimiento que ya habían entregado a Buck Canel, pionero de las transmisiones de béisbol en español, en 1985, pero de manera póstuma. 

Para dimensionar lo que significa formar parte de este Salón de la Fama, Jarrín busca un símil con cautela. “Guardando las distancias, para que tengan una idea en Ecuador, es como obtener el premio Nobel, porque no existe ningún reconocimiento más importante (en este ámbito)”. 

El viaje de este narrador, su voz y trayectoria pasaron a los libros de la historia mundial del béisbol. Este logro, para él, no representa únicamente su carrera personal. También representa a Ecuador.

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El consejo al Jaime Jarrín de 19 años 

Estados Unidos le dio una carrera, reconocimiento y una vida que él agradece, pero hay una geografía emocional que no cambió: Cayambe y Quito.

A sus 93 años cuando habla de aquello que más le hace falta de su país, no empieza por una gran ceremonia ni por un paisaje o un trabajo. Habla de comida, de esa que solo se encuentra en Ecuador. “Un buen hornado es algo que extraño mucho”, rememora, casi saboreándolo en su mente. 

Sonríe mientras recuerda sus andares en Cayambe y su vida en Quito. Aprovecho la nostalgia del momento para una de las últimas preguntas de esta entrevista: ¿qué le diría el Jaime de 93 años al joven de 19 que llegó a Los Ángeles?

La respuesta no tiene nostalgia sino la practicidad de dos consejos de vida: tener la documentación en regla y estudiar el idioma. 

Jarrín es particularmente crítico con la manera en que Estados Unidos trata actualmente a los inmigrantes. “En primer lugar le diría que si no tiene los papeles, la visa, que no venga. Porque venir sin papeles es una aventura demasiado, demasiado costosa. La forma como aquí el país trata a los inmigrantes, a los documentados es muy reprochable en verdad”, sostiene. 

Por otro lado, recomienda estudiar idiomas, con el inglés como base. Una de las claves de su propia historia es ampliar el propio horizonte antes de pedirle al mundo que lo amplíe por uno.

Jaime y Blanca Jarrín (✞) estuvieron casados por 67 años. Él la califica como el puntal que permitió y apoyó su crecimiento en EE. UU. FOTO: fotografías Jarrín Foundation, composición de EL COMERCIO.
Jaime y Blanca Jarrín (✞) estuvieron casados por 67 años. Él la califica como el puntal que permitió y apoyó su crecimiento en EE. UU. FOTO: fotografías Jarrín Foundation, composición de EL COMERCIO.

En ese camino, –y para honrar la memoria de su esposa Blanca– él y sus hijos crearon la Jaime and Blanca Jarrín Foundation. En ella otorgan becas universitarias a jóvenes que lo necesitan en EE.UU. El narrador cayambeño cuenta que, en cuatro años de trabajo, han entregado cerca de 350 000 dólares. 

“Que me recuerden como un ecuatoriano”

Hay un elemento de su atuendo que he preferido guardar hasta este punto final de esta nota porque el tema es de los pocos que le sacaron una rgan sonrisa durante la entrevista.

Jarrín luce un buzo blanco de tela ligera, de mangas largas con el sello de Liga Deportiva Universitaria a la altura del corazón. 

Sin embargo, entre risas confiesa que su corazón se divide con su cariño por el Deportivo Quito también. Al que sigue desde cuando se llamaba Sociedad Deportiva Argentina. “Así es que si me preguntan ahora por cuál equipo soy, yo digo que soy de los dos. Pero si el Quito vuelve a primera, ahí sí voy a tener un problema”, manifiesta. 

Además de su amor dividido en el fútbol y de su viaje con el béisbol, le pregunto: ¿Cómo quisiera que lo recuerden los jóvenes ecuatorianos que quizá hoy leen aquí su historia?

No escoge el Salón de la Fama. No escoge la estrella de Hollywood ni a los Dodgers. Pide algo más sencillo. “Que me recuerden como un ecuatoriano que llegó aquí (a EE.UU.) a la aventura, en busca de mejorar sus horizontes y que se dedicó y que fue en verdad un ejemplo de constancia, de asiduidad, de deseo de progresar”. 

Al terminar, Jarrín pide no pausar el video porque quiere decir algo más: ¡Gracias! 

Agradece a quienes lo han respaldado durante más de seis décadas frente a un micrófono. A los quiteños que siguen preguntando por él, sobre un migrante ecuatoriano que aprendió a contar una historia que no conocía y terminó convirtiéndose en parte de ella. 

Yo soy ecuatoriano y siempre seguiré siendo ecuatoriano, así me he presentado siempre”, concluye una de las voces del periodismo en español más reconocidas en EE. UU.