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Durante casi tres décadas, Mónica Amboya ha desafiado todos los estereotipos y barreras impuestas a las mujeres en el arbitraje de fútbol profesional. Su historia es la de una mujer que, desde Riobamba, convirtió su pasión por el deporte en una doble carrera, primero como atleta de élite y luego como árbitra internacional.
Aunque el nombre de Mónica Amboya (43 años) está asociado a torneos FIFA y partidos de alto nivel en el fútbol sudamericano y ecuatoriano, su recorrido no fue fácil desde su adolescencia, donde por falta de recursos dejó el atletismo antes de dedicarse al arbitraje.
Mónica Amboya comenzó como atleta desde los 12 años, se destacó como campeona sudamericana y panamericana en 3 000 metros con obstáculos, e incluso estuvo en el proceso para representar al país en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Sin embargo, la falta de apoyo económico la llevó a tomar una decisión de abandonar su carrera, le detalló a EL COMERCIO en una extensa entrevista.
Amboya comenzó su camino arbitral a los 15 años, en paralelo a su carrera como atleta. En ese entonces, hacía arbitraje en torneos barriales y de formativas, mientras se entrenaba en el Estadio Olímpico de Riobamba. Allí conoció al grupo de árbitros de su provincia y, poco a poco, fue encontrando en el arbitraje una nueva vocación.
“Nos tocaba hacer cuatro o cinco partidos en un solo domingo. En el amateur llegabas a sacar 30 o 35 dólares, dependiendo de si eras árbitro o asistente”, recuerda.
En los inicios de su carrera tuvo referentes femeninos que le mostraron que sí era posible soñar en grande dentro del arbitraje. Recuerda con especial admiración a Vilma Proaño y a Rosita Canales, esta última ya fallecida, quienes fueron pioneras en el arbitraje femenino ecuatoriano. “Eran las que más renombre tenían en ese tiempo y prácticamente parte del grupo de pioneras”, señala.
A pesar de las condiciones precarias, su determinación nunca flaqueó. En 2001 tuvo su primera gran oportunidad luego de faltar un asistente en un partido de primera división entre Olmedo y Deportivo Quito; siendo aún de cuarta categoría, le tocó entrar como asistente.
Desde ese momento, su crecimiento fue constante. En 2010 inició su carrera internacional, tras ser habilitada como árbitra FIFA mientras aún dirigía en segunda categoría del fútbol nacional. Este proceso inverso al de los árbitros varones la obligó a forjarse un camino propio, primero consolidándose en torneos sudamericanos y mundiales antes de ser considerada en la Serie A ecuatoriana.
A lo largo de su carrera internacional, ha estado en torneos sub-15, sub-17, sub-20, Copas Libertadores Femeninas y fue convocada por FIFA para campeonatos premundiales.
En 2016 dirigió en el Mundial sub-20 en Papúa Nueva Guinea. En 2019 dirigió el Mundial sub-17 en Brasil y ese mismo año formó parte de la terna arbitral del partido inaugural de la Copa Mundial Femenina en el Parque de los Príncipes, en París, frente a 60 000 espectadores, entre Francia y Corea del Sur.
“Me tocó estar con una terna uruguaya, sola representando al país. Es una de las anécdotas más bonitas; ese sentimiento de llevar la bandera de Ecuador es único, al igual que el de todas las mujeres que sueñan con hacer una carrera en el arbitraje o en otras áreas”, enfatiza.
En el 2023 nuevamente fue seleccionada para el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. En el 2025 para la Copa América Femenina que se jugó en Ecuador. Fue la cuarta vez que representó al país en esta competencia, tras Colombia 2022, Chile 2018 y otra vez en Ecuador 2014.
Su extensa carrera se complementa con otras históricas participaciones. En el 2020 fue la primera árbitra ecuatoriana en formar parte de una terna arbitral de la Copa Sudamericana en el juego entre Millonarios y Deportivo Cali.
En el 2021 fue escogida los Juegos Olímpicos de Tokio y en el 2022 consiguió la inédita certificación como árbitro VAR-FIFA.
El reconocimiento internacional fue clave para que, en Ecuador, finalmente recibiera la oportunidad que había buscado durante más de 17 años de debutar oficialmente en partidos de la Serie B en 2017 y en la Serie A un año después.
Pero no todo ha sido sencillo. A los 16 años, recién iniciada en el arbitraje, fue agredida por los jugadores de un equipo amateur en una cancha de la comunidad de Cunduana, en Chimborazo. Junto a sus compañeros, terminó en el hospital. Esa experiencia marcó su carrera: “Éramos tres frente al mundo. En ese momento debí decidir si seguir o abandonar”.
Amboya ha enfrentado retos y desigualdades a lo largo del camino. Recuerda que debía pagar de su bolsillo los viajes para rendir pruebas físicas con árbitros varones y cumplir con todos los requisitos para ser considerada.
Además del arbitraje, nunca dejó de lado su formación académica. Estudió en la Unidad Educativa Jefferson, donde más tarde fue contratada como docente. Es licenciada en Educación Físico-Matemática y tiene una maestría en Enseñanza de la Matemática. Ha trabajado como profesora durante más de 20 años, compatibilizando su labor educativa con el arbitraje profesional.
Es madre de dos hijas. Katia, la mayor, vive en Estados Unidos. Carmen, la menor, sigue sus pasos en el arbitraje. “Siempre les dije que hagan lo que les gusta, y yo estaré para apoyarlas”, cuenta.
Amboya ha sido testigo del machismo en el arbitraje y en el fútbol. Sin embargo, destaca que la situación ha mejorado en los últimos años, con más mujeres accediendo a torneos internacionales, aunque los retos siguen presentes.
Lamenta, por ejemplo, que después de 28 años en la profesión, para las movilizaciones (transporte) en el fútbol femenino profesional se sigan pagando 80 dólares, como sucede en la Superliga Femenina.
Otra de las decepciones personales fue no haber recibido el apoyo prometido durante su etapa como atleta. Pese a sus títulos sudamericanos y panamericanos, nunca accedió a la beca vitalicia ni a los beneficios ofrecidos por el Estado. Aun así, asegura que no se arrepiente y “si volviera a nacer, sería atleta y sería árbitra otra vez”.
La historia de Mónica Amboya es la de una pionera. Su presencia en los escenarios más destacados del fútbol femenino y su perseverancia abrieron el camino para nuevas generaciones de árbitras ecuatorianas, tal como antes de ella lo hicieron Shirley Vintimilla, primer mujer titulada como árbitra en 1968; Wilma Proaño, primera árbitra FIFA de Ecuador en 1995; y Rosa Canales (+), primera árbitra ecuatoriana en la Copa Libertadores masculina en 2002 y en 2004 en el Mundial Femenino sub-19 en Tailandia.


