Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Si hay algo que caracteriza a esta Copa del Mundo es la gran presencia de latinos. Sin contar con México, los dos países sede restantes acogen a una vasta comunidad migrante a la que hoy este torneo les toca la puerta de casa, de distintas maneras.
EL COMERCIO visitó una comunidad de migrantes latinos unidos por el fútbol y los niños, en el marco de la cobertura en Nueva York, Filadelfia y Nueva Jersey para este Mundial 2026.
Estos días del torneo coinciden con el final del ciclo lectivo y las actividades extracurriculares, antes del verano en Estados Unidos. En Newark, un grupo de niños, sus padres y entrenadores se preparan para celebrar el cierre de un periodo en la Escuela de Fútbol Alma Fuerte.
La cita es a las 18:00 horas y en este lado del hemisferio el atardecer se demora en llegar. Más de 30 estudiantes, con el uniforme amarillo de la escuela, escuchan atentamente las directrices del entrenador en una cancha del parque Weequahic, ubicado en el condado de Essex.
El profe’, que aquí es ‘el coach’; antes fue ‘El Capi’. Todos apodos o ‘chapas’, como dice él, puestas con cariño entre la camaradería que da el fútbol.
Holger Ángel González Campoverde, conocido como ‘El Capi’, fue preparador físico de selecciones nacionales. Integró el equipo técnico del exdirector técnico de la Selección de Ecuador, Sixto Vizuete. Su trabajo se desarrolló por alrededor de 15 años en la Federación Ecuatoriana de Fútbol, de la que guarda gratos recuerdos, señala.
González organiza a los niños para un último partido de la temporada y reconoce que como migrante le ha ido mejor que a otros.
EE. UU. recibe a mano de obra que se emplea en distintos oficios. Muchas veces alejados de sus profesiones o experiencias laborales de sus países de origen. Y en ese camino se cambian los planes, pero nunca los sueños.
González ha corrido con suerte, dice. En la escuela de fútbol ha encontrado una comunidad que cree en sus técnicas, que confía a sus hijos y trabajan juntos en hacerlos realidad.
“He tenido la dicha y oportunidad de trabajar en lo que me gusta, de hacer lo que me gusta. Mejor dicho, esto para mí no es un trabajo”, reflexiona. Su realidad es muy distinta a la de tantos migrantes que deben “trabajar muy duro en cosas que ni se imaginan”.
También fue parte del Ejército en Ecuador, donde empezó sus estudios para desenvolverse en lo que hoy hace.
‘El Capi’ González, junto con Alexis Soto, los niños y padres de familia han levantado la Escuela de Fútbol Alma Fuerte. Basta pasar un par de horas en este lugar para entender que aquí se enseña mucho más que técnica y táctica. El fútbol se vive como un sentimiento, una herramienta para formar comunidad y mantener vivas las raíces lejos del país de origen.
Para González, el fútbol representa alegría, unión, familia y pasión. Y esto último se nota.
El día de esta entrevista, el clima de New Jersey pasó en cuestión de minutos de un sol anaranjado a una de esas lluvias que cubren el cielo de gris y luces de relámpagos; las mismas que suspenden partidos de fútbol y complican a la FIFA estos días.
Pero en ‘Alma Fuerte’, la pasión manda y son los niños los que no quieren parar el juego. Aquí nadie abandona la cancha, ni padres ni entrenadores.
La cantidad de agua que cae es tanta como para limpiarse la cara cada minuto y no perder visibilidad del balón; pero también como para gritar más, correr y ensuciarse. Y si imaginan esa escena en cámara lenta: ¿eso no es el fútbol de una clásica cantera latinoamericana?
Ni los niños ni los entrenadores abandonaron el lugar. El terreno dista mucho de las instalaciones de un complejo deportivo profesional, pero eso parece importar poco. “Esto es un potrero en comparación con la infraestructura que existe en otros lugares, pero los niños tienen aquí un gran sentido de pertenencia y de lucha por este deporte”, dice González.
Quizás por eso aquí se siente más que fútbol. Es un espacio donde la migración encuentra refugio y los sueños se hacen realidad.
En estas canchas no solo se juega; se cultivan sueños; se forman a los futuros talentos del fútbol. Y para algunos niños, esas metas ya empiezan a tomar forma.
Uno de ellos es Iván Castro. Mientras termina el entrenamiento, su abuela se acerca para compartir una noticia que la llena de orgullo: su nieto ha sido seleccionado para jugar en el Espanyol de España.
La emoción le gana las palabras a él y toda su familia. “Estoy emocionado de aquí hasta que me muera”, dice entre sonrisas nerviosas por la cámara y el micrófono. “Me siento orgulloso de mí”, añade en otra respuesta corta.
Iván tiene apenas 10 años. Cuando habla de este sueño que ha conseguido, parece hacerlo desde una historia mucho más larga: “Este era mi sueño desde pequeño”, confiesa. Como si su pasado fuese largo y lejano. Y puede que eso no, pero sí su esfuerzo. Iván entrena todos los días y cree que esa disciplina le abrió las puertas de una experiencia que lo llevará hasta Barcelona.
Su historia resume el espíritu de todas esas almas fuertes, que conforman esta escuela de fútbol. Son hijos y nietos de raíces latinoamericanas que emprenderán viajes a camerinos profesionales. Vivirán otras culturas, escucharán otros idiomas, pero para ellos las fronteras ya no les resultan extrañas. Nacieron y crecieron en familias que aprendieron las lecciones más duras de la migración.
Hoy sus sueños también vuelan por ese camino que otros recorrieron antes.
