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Sobre una polémica

Sobre la carta publicada  el 24 de abril y suscrita por el licenciado Francisco Salazar Alvarado, le recuerdo estos hechos, que también debe conocer el país: 1. Que él era el Secretario de la Academia y conocía todo lo que pasaba en ella. 2. Que él fue jefe de campaña del otro candidato, al que buscó favorecer por todos los medios, pese a que su condición de Secretario lo obligaba a actuar con imparcialidad. 3. Que él no abandonó la sesión junto con los otros seis, sino que lo hizo al final de la sesión, tras participar en la elección y comprobar que yo había ganado por amplia mayoría. 4. Que él abandonó la sala para no firmar el acta y tratar de anular los resultados, ante lo cual el Director, respaldado por los presentes, designó a un Secretario Ad Hoc. 5. Que este Secretario elaboró y firmó el acta, que luego fue notariada y ratificada por la Junta General.

Nota: Omitimos el primer párrafo de la carta que lo consideramos descomedido con Francisco Salazar Alvarado.

La ‘polémica’

Lamentable, por decir lo menos, el nivel al que ha llegado la polémica. Penosa la índole de los correos electrónicos y otros mensajes que se escriben como respuesta a las ideas que se proponen en una columna de opinión, e incluso con relación a una noticia. Las “discrepancias” que por allí se plantean oscilan entre la ridiculez y la cursilería, eso cuando no llegan a la vulgaridad. La pobreza idiomática y cultural es testimonio elocuente de por dónde andan las cosas en la república Barataria, de cuál es el nivel de comprensión, habilidad crítica, tolerancia e ilustración de algunos de los feligreses que se toman la molestia de replicar.

Si no fuese porque el tema pone de manifiesto la pésima calidad del “civismo” que tenemos, y la contaminación de las conductas por los prejuicios y los dogmas, esto no debería ser más que un episodio insustancial, de esos que provocan el disparate y la tontería cuando invaden todos los ámbitos. Lo grave es la videncia de que se ha degradado la vida en comunidad, y de que aquello de la cortesía y el respeto mutuo quedaron en el nivel de la nostalgia. No existen más. Y sin esos detalles, sin esas generosidades, la gente pierde. Pierde la cultura.

Perdemos todos. Aunque, es verdad lo que alguien decía: ¿de qué cultura se puede hablar, qué juicio ponderado puede uno esperar si la exasperación es la regla, el grito es la respuesta, el desplante es el estilo? Basta salir a la calle y conducir un auto o cruzar la calzada o escuchar algunas radios y mirar algunas entrevistas, para constatar que la ínsula va por el camino de la guerra civil mental; que está planteada una lucha de resentimientos y de clases, de sectas o de tribus, pero lucha sin cuartel al fin, en que el “otro” ya no es el vecino, ni es quien opina distinto, ni es quien cree en algo diferente, y al que hay que respetar. Ahora, el “otro” es el infiel, el enemigo radical, el blanco al que hay que disparar ya sea con dardos verbales o con pedradas, cuando no con otros proyectiles.

El debate, la contienda de ideas perdieron sentido y gracia, perdieron habilidad dialéctica. Perdieron nivel. Hoy, salvo excepciones, prevalece, incluso en la academia, el radicalismo combativo inspirado en la tesis de que el militante -porque todos lo son, cual más irascible e intolerante- va dispuesto a imponer sin piedad, y nunca a ceder, a arruinar al oponente, a liquidar al que no comparte el catecismo ideológico correspondiente.

Penoso este declive del debate.

Lamentable que el dogmatismo, la exasperación y los sentimientos primarios hayan invadido los espacios más insospechados, y que las discrepancias inteligentes, que las había, ahora sean diálogos de sordos acompañados del estruendo propio de un estadio.

Grave síntoma esto de que las barras bravas hayan trasladado sus costumbres y sus estilos a Internet, a los medios e, incluso, a otros escenarios más respetables.