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Cada vez que se aproxima un nuevo proceso electoral reaparece una frase que parece haberse convertido en una aspiración colectiva: “necesitamos un relevo generacional”.
La expresión tiene sentido. Durante años se ha reclamado mayor apertura para nuevos liderazgos y oportunidades para generaciones que muchas veces han observado la política desde fuera de los espacios donde realmente se toman las decisiones.
En Ecuador, incluso la normativa electoral reconoce la importancia de esa participación: las listas pluripersonales deben incorporar al menos un 25% de jóvenes. Es un avance relevante para ampliar oportunidades de representación. Pero existe una pregunta que merece acompañar esa discusión: ¿qué entendemos realmente por relevo generacional?
Porque si únicamente significa reemplazar a una persona de mayor edad por otra más joven, probablemente estemos simplificando un problema mucho más profundo.
Ser joven no garantiza representar una nueva manera de hacer política. De la misma forma, acumular años de experiencia tampoco significa necesariamente estar desconectado de las transformaciones de la sociedad. La edad puede aportar perspectivas distintas, pero difícilmente puede convertirse, por sí sola, en una credencial de liderazgo.
La discusión tampoco es menor en una región donde existe una evidente distancia entre juventud y representación política. Según datos difundidos por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, aproximadamente una cuarta parte de la población de América Latina y el Caribe tiene entre 15 y 29 años, mientras que los menores de 30 siguen teniendo una presencia reducida en los parlamentos de la región.
Necesitamos, por tanto, más oportunidades para que las nuevas generaciones
participen. Pero también necesitamos preguntarnos qué clase de renovación queremos producir con esas oportunidades.
Una democracia necesita jóvenes preparados para participar, proponer, competir y asumir responsabilidades. Lo que debería evitar es convertir la juventud en una categoría política que automáticamente asociemos con renovación, honestidad o capacidad.
Porque también es posible encontrar rostros nuevos reproduciendo prácticas antiguas.
El relevo generacional debería significar mucho más que un cambio en las fechas de nacimiento de quienes ocupan espacios de poder. Debería representar una renovación de ideas, comportamientos y prioridades.
Una nueva generación política tendría que demostrar su diferencia en la manera de comprender el servicio público, relacionarse con las instituciones, administrar los recursos, construir consensos y responder ante la ciudadanía.
Cambiar los nombres sin cambiar las prácticas difícilmente puede llamarse renovación.
Por eso, quizá deberíamos dejar de plantear esta conversación como una disputa entre jóvenes y mayores. Una sociedad necesita tanto la innovación que pueden aportar nuevas generaciones como la experiencia acumulada por quienes han recorrido durante años distintos espacios profesionales, sociales e institucionales.
Ambas pueden complementarse.
El desafío está en otra parte: en la calidad del liderazgo que promovemos. Necesitamos liderazgos preparados para comprender problemas cada vez más complejos. Personas capaces de escuchar antes de responder, construir antes que dividir y comprender que ocupar un cargo público no convierte automáticamente a nadie en líder.
También necesitamos integridad.
Porque ninguna renovación será verdaderamente generacional si las nuevas figuras terminan adoptando las mismas prácticas que anteriormente cuestionaban. El cambio pierde sentido cuando quienes llegan prometiendo hacer las cosas de manera diferente terminan descubriendo las comodidades de hacerlas exactamente igual.
Ahí los principios dejan de ser parte de un discurso y comienzan a convertirse en una prueba cotidiana.
La preparación también importa. Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de presentar experiencia y renovación como conceptos incompatibles. No deberían serlo.
Una nueva generación política puede —y debería— prepararse, adquirir experiencia, conocer el territorio, comprender las instituciones y desarrollar capacidades antes de asumir responsabilidades mayores.
La política necesita oportunidades para los jóvenes, pero esas oportunidades también deben estar acompañadas de responsabilidad.
No basta con pedir espacios. Hay que estar preparados para ocuparlos.
Quizá esa sea una de las conversaciones que deberíamos tener cuando hablamos del futuro de nuestra democracia. El relevo generacional no debería consistir en desplazar una generación para instalar otra, sino en construir condiciones para que nuevos y mejores liderazgos puedan surgir, independientemente de su edad.
Liderazgos con ideas, preparación, integridad y vocación de servicio. Personas capaces de comprender que representar a otros significa colocar el interés colectivo por encima del interés personal.
Porque cambiar una generación puede modificar los nombres que aparecen en una papeleta.
Cambiar la forma de liderar puede transformar una sociedad. Las generaciones inevitablemente cambian con el tiempo. Los principios, en cambio, se eligen todos los días.
Fabrizio Andrés Reyes Decker