Cartas a Quito / 17 de septiembre de 2026

Estas son las cartas a Quito de este jueves 17 de septiembre de 2026

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Cuando la infancia se pierde en el camino

Hay noticias que duelen como sociedad, pero algunas además nos obligan a detenernos y preguntarnos qué estamos haciendo mal.

El asesinato de un adolescente en Jaramijó, Manabí, en circunstancias de extrema violencia, no puede ser visto únicamente como un hecho criminal. También debe llevarnos a mirar hacia atrás y preguntarnos dónde comenzó a perderse aquella infancia que debió estar marcada por los estudios, los juegos, la familia y los sueños.

Desde mi punto de vista como padre, abuelo, educador de formación, profesional del Derecho, criminalista y Magíster en Derecho Procesal, considero que este tipo de tragedias deben analizarse desde una perspectiva mucho más amplia que la estrictamente penal.

La información conocida señala que el adolescente habría estado relacionado con hechos de alta peligrosidad y que meses antes había sido detenido con armas y explosivos. Sin embargo, más allá de las responsabilidades individuales que correspondan determinar a las autoridades competentes, existe una pregunta que como sociedad no podemos evadir: ¿por qué nuestros niños y adolescentes están llegando hasta esos extremos?

El Derecho tiene la obligación de investigar, juzgar y sancionar cuando corresponde. La Policía debe combatir al crimen organizado. El Estado debe garantizar seguridad y protección. Pero hay una tarea anterior, silenciosa y fundamental: la formación en el hogar.

Un niño no nace siendo delincuente. Nace con la necesidad de sentirse amado, protegido y orientado. Es el entorno familiar, social y cultural el que puede influir profundamente en la construcción de su personalidad y en las decisiones que tomará durante su vida.

Hay hogares fragmentados, padres ausentes, familias desorganizadas y niños que crecen prácticamente solos. Y algunas familias esperan que los profesores enseñen a sus hijos aquello que debió comenzar en casa: respeto, disciplina, solidaridad, responsabilidad, honestidad y amor al prójimo.

La escuela educa, pero la primera escuela es el hogar.

Desde una mirada cristiana, debemos recordar que nuestros hijos no son una carga: son una responsabilidad y un regalo de Dios. Necesitan tiempo, escucha, acompañamiento, ejemplo y límites.

No basta con preguntarnos qué pena merece quien delinque. También debemos preguntarnos qué hicimos —o qué dejamos de hacer— cuando ese niño todavía estaba a tiempo de ser rescatado por el amor, la educación y la familia.

Educar a un niño con principios puede evitar que mañana tengamos que sancionar a un adulto.

No esperemos la tragedia para reaccionar.

Salvemos a nuestros niños antes de tener que llorarlos.

Elio Roberto Ortega Icaza