
Las elecciones seccionales de noviembre aún no llegan, pero el escenario político ecuatoriano ya comenzó a moverse. Los partidos empiezan a presentar sus primeras precandidaturas, resurgen figuras conocidas y aparecen nuevos nombres que prometen representar el cambio que una parte importante de la ciudadanía reclama desde hace años. Sin embargo, detrás de cada anuncio parece repetirse la misma sensación: la impresión de que, una vez más, terminaremos eligiendo entre las mismas opciones de siempre.
Esta percepción no responde únicamente al desgaste de determinados actores políticos. Es el reflejo de una crisis mucho más profunda: la crisis del liderazgo político en el Ecuador. No porque el país carezca de personas capaces de gobernar, sino porque nuestro sistema político sigue mostrando enormes dificultades para descubrirlas, formarlas y convertirlas en verdaderas alternativas de poder.
Durante décadas, los partidos políticos fueron concebidos como espacios de formación ideológica, debate y construcción de liderazgos. Eran, al menos en teoría, escuelas donde se preparaban dirigentes comprometidos con un proyecto de país. Hoy, esa función parece haber quedado relegada. En demasiados casos, los partidos han pasado de formar líderes a buscar candidatos; de construir proyectos políticos a administrar estrategias electorales; de promover el mérito a privilegiar la conveniencia.
Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero problema.
Ecuador está lleno de jóvenes preparados, profesionales, académicos, emprendedores, dirigentes comunitarios y líderes sociales con auténtica vocación de servicio. Existen ciudadanos con capacidad técnica, sensibilidad social y visión de largo plazo para asumir responsabilidades públicas. Sin embargo, muy pocos logran atravesar las barreras que impone el propio sistema político.
Cuando finalmente emergen nuevos liderazgos, con frecuencia terminan enfrentándose a una decisión difícil: transformar la política o adaptarse a ella. En no pocas ocasiones, las viejas prácticas terminan imponiéndose sobre las nuevas ideas. Cambian los colores de campaña. Cambian los discursos. Cambian los rostros. Pero la forma de hacer política permanece prácticamente intacta.
Por eso, el problema deja de ser exclusivamente electoral y se convierte en una cuestión de cultura política.
Seguimos premiando la popularidad antes que la preparación; la confrontación antes que las propuestas; el cálculo político antes que el servicio público. Confundimos liderazgo con exposición mediática y renovación con juventud, cuando ninguna de las dos garantiza una mejor forma de gobernar.
El verdadero relevo generacional no ocurre simplemente cuando una persona más joven ocupa un cargo público. Ocurre cuando llegan nuevas formas de ejercer el liderazgo, cuando la ética pesa más que la conveniencia, cuando la preparación vale más que la improvisación y cuando el compromiso con el interés general supera la lógica de los grupos políticos o de las campañas electorales.
Las precandidaturas que hoy comienzan a aparecer representan una oportunidad para que los partidos demuestren si realmente aprendieron de los errores que han deteriorado la confianza ciudadana o si, por el contrario, seguirán administrando las mismas estructuras con distintos protagonistas. La renovación no puede reducirse a una estrategia de imagen; debe reflejar un cambio genuino en los mecanismos mediante los cuales se seleccionan, forman y respaldan a quienes aspiran a representar a la ciudadanía.
Pero esta responsabilidad no recae únicamente sobre los partidos políticos. También interpela a los ciudadanos. Cada proceso electoral es una oportunidad para preguntarnos qué tipo de liderazgo estamos premiando con nuestro voto. Si seguimos privilegiando el carisma sobre la capacidad, la confrontación sobre el diálogo y las promesas sobre las trayectorias, difícilmente podremos exigir resultados diferentes.
Las elecciones de noviembre pondrán a prueba mucho más que a los precandidatos. Pondrán a prueba nuestra capacidad, como sociedad, de exigir una política distinta. Porque el relevo generacional no ocurre cuando cambian las edades, los colores o los rostros. Ocurre cuando cambian los principios con los que se ejerce el poder.
Mientras los partidos sigan confundiendo renovación con sustitución, y los ciudadanos aceptemos esa ilusión como suficiente, continuaremos atrapados en un círculo donde cambian los nombres, pero nunca la manera de hacer política. Y un país que renuncia a construir nuevos liderazgos termina condenado a administrar, una y otra vez, las mismas crisis.
Fabrizio Andrés Reyes Decker