
Cada mañana, un médico revisa su correo electrónico con la esperanza de encontrar una respuesta que casi nunca llega. Después de más de una década de formación —entre la universidad, el internado, el año rural y, para muchos, una especialización financiada con recursos propios— descubre que el mayor desafío ya no es diagnosticar una enfermedad, sino encontrar un lugar donde ejercer la profesión para la que se preparó. Ese mismo día, en otro punto del país, una madre espera desde hace semanas la consulta para su hijo y un adulto mayor aguarda la cirugía que ha sido postergada una vez más. Parecen historias distintas. En realidad, son dos caras del mismo problema. La pregunta es inevitable: ¿cómo puede un país tener médicos disponibles y, al mismo tiempo, pacientes que siguen esperando atención?
La explicación más sencilla es que Ecuador está formando más médicos de los que necesita. Es una idea que se repite con frecuencia y que muchos profesionales han terminado aceptando como una explicación inevitable. Sin embargo, cuando se revisan los datos, esa explicación comienza a desmoronarse.
Si realmente sobraran médicos, Ecuador debería figurar entre los países con mayor disponibilidad de profesionales de la región. Los datos muestran exactamente lo contrario. El país registra alrededor de 1,88 médicos por cada 1.000 habitantes, una cifra inferior a la observada en Uruguay, Argentina, México, Chile, Brasil y Colombia. Si la disponibilidad de médicos sigue siendo relativamente baja y las necesidades de atención persisten, entonces el desafío parece encontrarse menos en la formación de profesionales y más en la forma en que el sistema responde a esa realidad.
De hecho, el propio Estado parece haber llegado a esa misma conclusión. En 2025 aprobó el Plan de Necesidades de Recursos Humanos en Salud 2025–2030, un instrumento que proyecta las necesidades de talento humano para fortalecer la capacidad del sistema sanitario. En otras palabras, el propio Estado reconoce que contar con el personal suficiente constituye una condición indispensable para mejorar la
atención sanitaria. Precisamente ahí surge la gran pregunta: si el país reconoce que necesita más médicos para fortalecer sus servicios, ¿por qué miles de profesionales encuentran cada vez más difícil incorporarse al sistema de salud?
Cuando el Estado reduce su capacidad de contratación, los hospitales incorporan menos médicos. Cuando además deja de pagar oportunamente a la red privada complementaria, las clínicas también frenan nuevas contrataciones. Así se instala un círculo difícil de romper: disminuye el empleo médico y, al mismo tiempo, disminuye la capacidad del sistema para atender pacientes. Las consecuencias alcanzan a ambos extremos del sistema: quien busca ejercer y quien espera ser atendido.
El problema nunca fue formar médicos.
El problema ha sido dejar de incorporarlos.
Cada médico que queda fuera del sistema representa una consulta que nunca ocurre, una lista de espera que no disminuye o una comunidad que continúa enfrentando barreras para acceder a una atención oportuna. Después de once o doce años de formación, ningún médico espera que el sistema le garantice privilegios. Espera, simplemente, la oportunidad de ejercer la profesión para la que dedicó buena parte de su vida. Cuando el sistema no ofrece esa oportunidad, la pérdida no es solo para ese profesional; también lo es para cada paciente que deja de recibir una atención que pudo haberse brindado.
Ronald Jonathan Cañarte Siguencia, Médico