¡No café, cafecito! Como el de Thiago Navarro

Tomarse un cafecito, mirar las estrellas, disfrutar del sol, de la luz...

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¡Hasta eso estuvieron! Berrearon tanto el Cafecito riquito, riquito de Thiago Navarro que ahora me dicen “¿Café, Pao?” y yo automáticamente me pongo a tararear: “Un cafecito riquito, riquito”. Y no, no me apena. Bueno, un poquito. 

Los melómanos, de los tantos que nos rodean (estoy siendo irónica), dicen que antes de este ‘cafecito’ la palabra tenía algo de poesía: evocaba aromas, recuerdos, conversaciones, mañanas tranquilas. Ahora la escuchan y, al parecer, solo encuentran ruido. Eso dicen.

A mí, personalmente, me agrada el tema viral. Hasta hubo un momento en que me alegró las mañanas. Creo que su letra recoge algo que muchos queremos y que a veces se nos olvida: la sencillez.

Tomarse un cafecito en paz, mirar las estrellas, disfrutar del sol, de la luz y de las buenas compañías. ¿Qué tiene de malo? Explíquenme ustedes, porque estoy segura de que por aquí hay unos cuantos detractores de la canción.

Que es básica, sí. Que repite frases, también. Pero hemos convertido en canciones del año a otras con letras igual de sencillas, incluso algunas que denigran a las mujeres, hablan de sexo y repiten historias que ya conocemos. Entonces, ¿por qué tanta molestia con ese ‘cafecito’?

Yo creo que, detrás de esa letra, hay un canto a las cosas simples. A esas que no necesitan demasiado para hacernos felices y que, en medio de tanta banalidad, a veces dejamos de disfrutar.

Pero, como todo, hay imperfecciones. Descubrí que Thiago Navarro no es una persona real, sino un artista creado con Inteligencia Artificial. Y ahí sí, adiós a mi canción favorita. La saqué de mi lista.

Soy de la vieja escuela. Así como prefiero los libros impresos y escritos por seres humanos, me quedo con las canciones interpretadas por gente de carne y hueso.

Me gusta pensar que detrás de una voz hay alguien que siente, que tiene una historia, que ha vivido algo y que, de alguna manera, deja un pedacito de sí en lo que canta.

Y ojo, no estoy diciendo que debamos darle la espalda a la Inteligencia Artificial. Está en nuestras conversaciones, en el trabajo, en las imágenes, en las voces y hasta en la música que escuchamos. Pero hay un terreno en el que todavía tengo mis reparos: el de las emociones y los vínculos.

¿Recuerdan la película ‘Her’? Se estrenó hace más de 10 años y sigue siendo una de mis favoritas. Su protagonista se enamora de una voz, de alguien que no tiene cuerpo, pero que logra acompañarlo y despertar sentimientos muy reales. La historia me encanta, aunque no quisiera estar en sus zapatos ni terminar extrañando a alguien que, en realidad, no existe como persona.

Y no lo digo porque las relaciones humanas sean perfectas. ¡Para nada! También decepcionan, duelen, se rompen y nos dejan con un montón de preguntas.

Pero tienen algo que ninguna voz artificial puede ofrecerme: una persona al otro lado, con sus propias emociones, contradicciones, recuerdos y ganas de compartir la vida.

Así que sí, pueden seguir diciéndome “¿Café, Pao?“. Seguramente volveré a tararear el famoso Cafecito riquito, riquito.