La Silla Vacía

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Monseñor Leonidas Proaño y su legado educativo, a los 26 años de su fallecimiento

Nunca olvido la figura del “obispo de los pobres” y sobre todo su palabra; también su poncho y sombrero, su actitud serena, abierta y sencilla. A los 26 años de su fallecimiento, monseñor Leonidas Proaño sigue siendo un referente, no solo para los indígenas sino para la comunidad nacional. Sus enseñanzas están vigentes, dice El Comercio. Y es cierto. Una crónica.

Mi niñez transcurrió en Riobamba. Los hermosos volcanes circundantes los tengo en mi memoria. El Chimborazo, el Tungurahua, el Altar, el Carihuairazo, el Cubillín… Y Cacha, una montañita cercana que dominaba el occidente, a la subida de Yaruquíes, una parroquia cruzada por el rio Chibunga. En ese contexto, los indios de poncho rojo conformaban el paisaje humano, especialmente los días de feria, cuando se visibilizaban. Eran los hijos predilectos de un monseñor de origen imbabureño, quien en la década de los sesenta llegó a Riobamba y se quedó para siembre: en el corazón de los riobambeños.

Calle de honor

Riobamba en esos años giraba alrededor del ferrocarril. Ubicada en la llanura de Tapi, su vida era relativamente tranquila. Destacaban el imponente colegio Pedro Vicente Maldonado, la cúpula de la catedral de los jesuitas, un estadio que casi nunca se llenaba, los parques Sucre y Maldonado, la catedral vieja, el barrio tipo europeo donde veraneaban los costeños, y el edificio neo clásico del Correo. Una colina a la entrada norte denominada “Loma de Quito”, era la vigía de la nueva ciudad española en la tierra de los Puruháes; la antigua, ubicada en Colta, había sido destruida por un terremoto. Allí existía una pirámide, un tanque de agua y una iglesia: san Antonio de Padua.

En la carrera 10 de Agosto -la principal- hice calle de honor junto con los compañeros de la escuela La Salle, con uniforme de parada, una tarde lluviosa, para recibir a un sacerdote con sombrero negro que desde un coche negro saludaba con la mano al viento a los circunstantes. Su sonrisa cautivó a la ciudadanía. Era el nuevo obispo nombrado por Roma.

Una caravana de vehículos recibió al prelado en “Las cuatro esquinas”. Allí estaban ubicadas las autoridades, los de siempre, los líderes de las comunidades religiosas, las cofradías y ciertos gamonales -nombre utilizado entonces para designar a personas adineradas, generalmente dueñas de haciendas y apellidos de sangre azul-. No sabían, a ciencia cierta, a quién daban la bienvenida. Proaño para todos era un desconocido.

Los indígenas o el rostro de la pobreza

Riobamba era empedrada en gran parte, con pisos de tierra en sus alrededores, y daba cobijo a gente que se dedicaba a la agricultura, el comercio y una burocracia incipiente. Su religiosidad se manifestaba en la solemne procesión del Señor del Buen Suceso, y las fiestas más sonadas eran las del 21 de abril de cada año, cuando los ciudadanos acudían para ver los desfiles y más tarde escuchar los discursos de Velasco Ibarra.

Pero también disfrutaba el público del hornado, en La Merced, con jugos rompe nucas y hielos del Chimborazo, y en las fiestas de Navidad, Año Nuevo y el famoso Corso de Flores. Y, desde luego, las famosas carreras de carros, con el “Loco” Larrea a la cabeza, y las corridas de toros en plazas arregladas para el efecto y más tarde en el “coso” Raúl Dávalos. Esa era la realidad aparente de Riobamba, porque el obispo comenzó a descubrir la verdadera realidad de la mayoría de la comarca: el indigenado.

En efecto, nada era tan visible como las ferias semanales cuando la ciudad se vestía de rojo -por los ponchos- de miles de indígenas que bajaban de los páramos a intercambiar productos y animales. Y los niños disfrutábamos en las plazas y parques un paisaje humano inigualable: la uña de la gran bestia, el mentol chino frotando alivia, el pajarito que adivinaba la suerte, la mujer sin cuerpo y… las películas de los charros mexicanos: Pedro Infante, Luis Aguilar, Miguel Aceves Mejia, y las estrellas del séptimo arte: Libertad Lamarque, Sofía Loren, Gina Llollobrigida y Brigitte Bardot.

Era el tiempo del interdiario “El País”, y de los teatros León, donde se escenificaban las “Estampas quiteñas” de Ernesto Albán; del cine Roxy y Maldonado. En esos ambientes, el obispo Proaño descubrió lo que para algunos era folclore o, simplemente, la vida diaria de la Sultana de los Andes”: el rostro de la pobreza extrema de miles de personas que vivían en situaciones de calamidad, exclusión, abandono e ignorancia.

Teología de la liberación

Esto es una ignominia, y clama al cielo”, decía el obispo en una de sus homilías. “Hay que ayudar a liberar a nuestros hermanos. Y el evangelio de Cristo es liberador”. La Teología de la Liberación fue su aliada, que estuvo articulada a las decisiones del Concilio Ecuménico II.

Y el primer paso de monseñor Proaño en 1962 fue la educación. Creó las Escuelas Radiofónicas Populares del Ecuador (ERPE), que todavía subsisten. Hoy trabajan 17 locutores, reporteros y directores de información, según la nota de El Comercio. La idea fue que los indígenas aprendan a leer, escribir y hacer cuentas. En otros términos, el objetivo central que Proaño alcanzó fue democratizar la palabra y visibilizar las demandas de las comunidades que habían sido excluidas por siglos. La pedagogía del brasileño Paulo Freire tuvo resonancias impresionantes.

Esta acción comprometida con los pobres constituyó, de hecho, un alineamiento político y pastoral, diferente de la línea tradicional de la Iglesia del Ecuador, que le deparó reconocimientos internacionales y muchos sufrimientos, llamadas de atención y persecuciones. Una de ellas -la más sonada- se produjo durante el gobierno de León Febres Cordero, quien ordenó la reclusión de varias personas, entre ellas la del obispo “comunista”, durante un seminario internacional en la localidad de Santa Cruz, cercana a Riobamba. “Es que el evangelio es vida y no meros enunciados”, afirmaba el pastor.

Profeta y escritor

El monseñor Leonidas Proaño tenía fuerzas para subir a los páramos, evangelizar a los indígenas, organizarlos y solidarizarse con los grupos y comunidades eclesiales de base, que surgían en el centro del país.

La Fundación “Desarrollo Social” nació para continuar la misión del profeta y sacerdote, y otros movimientos y cooperativas que se auto convocaron a través de la radio, en el primer levantamiento indígena ocurrido en 1990. Pero Proaño también se dio tiempo para escribir. Una de las obras más bellas salidas de su pluma fue “Rupito”, la historia de un niño que llegó a cumplir sus sueños.

Hace 26 años cerró sus ojos para siempre. No obstante, su legado sigue inmarcesible. La inclusión de los indígenas en la vida nacional, su acceso a la educación y el cambio de nivel de conciencia del indigenado, desde la conciencia mágica e ingenua hasta la conciencia crítica, es el resultado de la extraordinaria obra del “obispo de los indios”. El Ecuador profundo tiene una deuda con Proaño.