27 de September de 2009 00:00

Tres rostros de la espiritualidad de los ecuatorianos

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Redacciones
Siete Días y Guayaquil

Un ruido de campanillas precede al Puyari. Son las 15:30. Entra por una puerta a la izquierda del altar. Vestido con una túnica azafrán pálido, agitando con su mano izquierda una campanita, da una vuelta alrededor del altar y luego cierra las pesadas cortinas rojas. El Puyari es el sacerdote que hace las ofrendas -flores, frutas, agua-. Se llama Berijat Slock,  y aunque nació en Ecuador, su cuerpo y mente viven a la manera hindú.



El vegetarianismo hace que, después de almorzar, me sienta   nada pesada, con ánimos para seguir.   
Gabriela Merino, hinduista.Estamos en un yoga monasterio, en el Centro Histórico de Quito, donde viven 25 personas -15 hombres y 10 mujeres- dedicadas a la búsqueda espiritual, un camino de  yoga, meditación, cánticos, música, baile… Cuando las cortinas del altar se cierran, Achuyutananda retoma la conversación. Cuenta que se levanta a las 04:00. Se da un baño con agua fría  y a las 05:00  la comunidad  ora, medita, hay mantras, cánticos… Él mismo toca un instrumento llamado mrdarigan, un  tambor.    

Achuyutananda tiene 35 años, pero desde hace 20 está involucrado con la cultura védica o hindú.  Antes se llamaba Edwin Montaluisa y fue un niño católico y creyente, educado en la escuela San Pedro Pascual, cerca del templo donde vive ahora.  En el colegio pasó al Mejía, donde muchos profesores eran ateos. El cambio lo chocó. Luego comenzó una búsqueda por la espiritualidad que lo llevó a la India. 

Achuyutananda tiene un mechón de cabello muy negro y largo en la nuca. El resto de su cabello está cortado a ras del cráneo. Viste ‘jeans’ y

Quiero seguir toda la vida en el templo. Con tanto  viaje, uno ya conoce   lo que es el mundo material...  
Achuyutananda, monje.una camisa de tonos verdes y azules, de estilo hindú. Esta es su ropa para salir… en la mañana, viste la túnica azafrán que distingue a los monjes y que indica su condición de célibe. Para vivir en el templo, los aspirantes deben cumplir cuatro principios, los pilares de la religiosidad: no comer carne, ni huevos, ni pescado, no intoxicar el cuerpo con drogas, alcohol ni nada por el estilo, ser célibe y no participar en juegos de azar.

“En India hay cuatro líneas filosóficas. Yo profeso el conocimiento Vaisnava, al cual me involucré con la práctica del Bhakti yoga, donde recibí mi nombre hindú, espiritual...”. 

Tenía 15 años cuando comenzó a investigar sobre yoga y meditación. Hoy bromea y dice que si hubiera tenido Internet entonces, no se habría demorado tanto. A los 16 ya tenía maestro espiritual, Srila Prabupad. Él lo guió en el conocimiento y lo ha mandado en varios viajes por América del Sur y también a la India, donde por cinco meses practicó y estudió en un  monasterio Vaisnava, a tres horas de Nueva Delhi.



La mente está
 mediando en todo: nuestras percepciones, nuestra manera de ver las cosas.  
Bolívar Jibaja, musulmánAchuyutananda calcula que  hay unos 100 ecuatorianos que profesan su fe, tanto dentro como fuera de los monasterios de Quito, Puembo, Yaruquí, Río Negro, Guayaquil, Manta, Ambato, Riobamba, Guaranda… ¿Por qué se convirtió? “La  gente sufre mucho. El mundo material es muy fuerte. Yo llegué al yoga en busca de paz”.

Achuyutananda  dice que la alegría que vive hizo que sus padres, católicos, hicieran a un lado sus cuestionamientos. “El templo es muy alegre, hay muchos bailes, muchas fiestas, mucha música, muchas convenciones… aparte, es mi vocación”.

En la planta baja del templo queda el restaurante Govindas, que significa el que da placer a los sentidos y a las vacas. Gabriela Merino, de 17 años, es la hija de la administradora y la segunda generación de una familia hinduista. Gabriela nunca ha probado carne o pescado. “Mis papás se conocieron aquí, en este templo”, cuenta sonriente.



Peregrinar a La Meca es muy fuerte. Es estar en el lugar al que a diario te diriges en la oración.   
Bolívar Jibaja, musulmánEn el norte de Quito, Bolívar Jibaja cuenta su historia de fe.  Era un niño cuando tomó la decisión de hacerse musulmán. Una prima se había relacionado con musulmanes árabes y lo encaminó al Centro Islámico.

Visitó la mezquita por primera vez a los 12 años y a los  14  manifestó su testificación de fe y se revirtió al Islam. “Tratamos de no decir conversión, sino reversión, porque creemos que todos los seres humanos nacimos sometidos a la voluntad de Dios”.  Ya pasaron 15 años. Hoy, tiene 27. Habla de forma vehemente y con pausa. Sus padres, católicos, nunca se opusieron a su decisión. “Al contrario, al ver la práctica que tenía, una vida normal, encaminada, pacífica, disciplinada, honesta… ellos respetan y valoran mucho nuestra cercanía con Dios”.

Tal fue su influencia que su hermana también pasó a ser musulmana, se casó, es madre de dos hijos  y hoy vive en México.
Son las 08:00 en el Centro Islámico, en las calles 18 de Septiembre y Plaza. Varias mujeres con hijabs cubriéndoles el cabello, se afanan haciendo la limpieza. El 19 de septiembre fue la celebración del fin  del Ramadán, el mes de ayuno, uno de los cinco pilares del Islam.

Los otros son la testificación de fe, la oración, la contribución económica que una vez al año se distribuye entre los pobres y necesitados y la peregrinación a La Meca. El ramadán es el noveno mes del calendario islámico (es un calendario lunar, de 360 días) y fue del 22 de agosto hasta el 19 de septiembre. “Algunos adelgazamos, porque desde la madrugada hasta la puesta de sol nos abstuvimos de comer, de beber, de relaciones conyugales, de pelear… el ramadán devuelve a la persona un estado mayor de pureza, tranquilidad, sosiego.  Es una manera de disciplinarse, una ofrenda a Alá”.


El origen de las tres  formas
El Islam tiene su corazón en Arabia Saudita, donde está La Meca. Islam significa  la sumisión de la humanidad a la voluntad de Dios. Los musulmanes creen en un Dios único.   

El budismo tibetano es la religión predominante de los pueblos mongoles y tibetanos, todos los cuales reconocen al Dalái Lama como su líder espiritual.

En la India nació el credo vaisnava. En él  está la rama gaudiya  basada  en el bhakti (devoción a Krishna), un amor tan fuerte que supera la  discriminación entre castas.

Él ya peregrinó a La Meca, en febrero de 2001, a los 18 años. Los ojos le brillan cuando recuerda esa experiencia y parece el único momento de la conversación en la cual  las palabras le quedan escasas.

A las 05:00, Jibaja se despierta para hacer la oración del alba, antes de la salida del Sol. Al mediodía, en la tarde, después de la puesta del Sol y en la noche también reza, sobre una alfombra, dirigiéndose a La Meca. ¿Y cómo se orienta? En Quito es fácil. Ya que el Pichincha está en el Occidente, hay que dirigirse hacia el noreste. Cuando sale de su casa, lleva una alfombra pequeña para el momento de la oración.

El amor también llegó con la fe. Hace cuatro años se casó con una ecuatoriana musulmana. No fue un flechazo, dice él. Fue, más bien, una conexión interesante, de dos personas que salían acompañadas por un tercero, conversaron y vieron que tenían varios puntos de encuentro…

“Aquí no hay noviazgo, si existe la intención se hace la propuesta de manera formal, lo más rápido posible.  El enamoramiento viene después”, dice mientras  sonríe al pensar en su esposa.

Diego Falconí tiene otra historia marcada por la espiritualidad. Su tono de voz es pasivo. Habla pausadamente. Aunque no lo usa a diario, un traje lo identifica. Es un namjar, la vestimenta típica de los budistas.  El rojo concho de vino y el azafrán intenso del hábito son más que simples colores. Tienen y reflejan su propia energía.

Esa energía es el refugio de  Falconí, un aprendiz de monje que encontró en el budismo una práctica para entrenar la mente.

“Si no tenemos control sobre la mente  sería imposible cualquier motivación o intención”.  Su curiosidad por el budismo empezó a los 13 años. “A esa edad leía algunos textos sobre la vida de Buda”. Pero desde 1996 se internó en la práctica. Así aprendió de la impermanencia. “Todo  cambia, las cosas no se quedan estancadas”. Y sobre la interdependencia. “Las cosas no existen por sí mismas, todo depende de todo lo demás que lo rodea”, dice. 

Ese conocimiento también lo aplica en su profesión: es fotógrafo y cineasta. Esa vida se liga con las distintas vidas que puede tener una forma de conciencia. Este concepto de budismo, similar a una reencarnación, vincula toda una red compleja de conexiones de la conciencia.  “Así como la tierra se transforma en árbol, el árbol en fruta, el fruto es consumido por una persona.... Así como la materia se va transformando, la energía, que es la conciencia, también se va transformando”.

En  2002, Falconí hizo cinco votos para convertirse en monje: No mentir, no matar, no robar, no consumir sustancias que alteren su conciencia y el celibato.

La meditación es parte de su experiencia en el budismo. Aunque no está rodeado por los amplios paisajes del Tíbet ni los solitarios monasterios de la India, aplica el método Sánscrito, de la tradición tibetana. 

La visualización de los aspectos de la conciencia, a través de la concentración, es el primer paso. “Si la mente está inquieta, está saltando de un pensamiento a otro, de una sensación a otra, de un recuerdo a otro, es difícil profundizar en ella. Es como un río que tiene el agua revuelta y no podemos ver el fondo”.

Es cuando la mente crea una imagen de ese reflejo de la conciencia. “Puede ser nuestra compasión, nuestro poder de sanación, nuestra sabiduría....”. Esa imagen toma la forma de un ser de luz, un espejo del yo vestido de deidad. “Nos podemos ver como ese ser de luz de compasión o como un ser de luz de sabiduría”.  En estos días, el monje ecuatoriano se nutre con las enseñanzas de Lama Tenzin Rimpoche, un maestro budista de Ladakh, una zona de la India muy parecida al Tíbet.

Con paciencia, traduce     sus palabras. Detrás, una imagen de Buda parece contemplarlo.  Sus manos se juntan como en una plegaria. Su traje es similar al de Lama Tenzin. Solo un reloj plateado en su muñeca lo asocia con el mundo occidental. 

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