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Cuando el reloj marca las 3:00, el riesgo se dispara. En Ecuador, la gravedad de un siniestro de tránsito no depende solo del pie en el acelerador: está atravesada por la hora, el territorio y la capacidad -o ausencia- del Estado para prevenir y responder. Un estudio reciente de la Escuela Politécnica Nacional (EPN) lo pone en números: la madrugada, los fines de semana y las zonas rurales y amazónicas concentran los accidentes con peores desenlaces.
Los datos analizados por la EPN muestran que fuera de los horarios laborales y de los centros urbanos, los siniestros tienden a ser más severos. Eso interpela directamente a la presencia estatal en las carreteras cuando más se la necesita y ayuda a enfocar las políticas para salvar vidas.
Un bus interprovincial toma una recta oscura a la salida de una parroquia amazónica. El tráfico es casi nulo; la velocidad, alta. Un motociclista aparece fugazmente en sentido contrario. El impacto ocurre en minutos en los que la ayuda tardará decenas. En estos contextos -madrugada, vía rural, región amazónica- la probabilidad de lesiones graves o muerte se eleva: menos control, menor iluminación, mayores velocidades y respuesta prehospitalaria más lenta. Eso es exactamente lo que el análisis de más de 29 mil registros oficiales de la Agencia Nacional de Tránsito (ANT) (2021–2022) confirma.
El estudio de la EPN emplea un modelo logit ordenado generalizado para capturar la severidad de lesiones (sin heridos, heridos, fallecidos) y separar el efecto del comportamiento individual del conductor de las condiciones ambientales e institucionales. El resultado es claro: el dónde y el cuándo cuentan tanto como el cómo. La Amazonía muestra una severidad mayor que la Costa (categoría de referencia), las áreas rurales son más peligrosas que las urbanas, y la madrugada es el tramo horario más asociado a desenlaces graves.
Cuando los investigadores Josselin Murillo y Juan Pablo Díaz revisaron los datos oficiales de la ANT, notaron un punto de partida clave: 2021 y 2022. Estos son años en que el país volvió a moverse con normalidad después del parón del 2020. Esa ‘vuelta a la calle’, dicen, no solo devolvió el tráfico a sus niveles habituales, sino que dejó rastros: velocidades más altas, controles menos constantes y hábitos de conducción que cambiaron con la pandemia.
Su análisis arrancó con 31 275 reportes. Tras depuración -eliminación de duplicados, partes incompletos y registros inconsistentes- quedaron 29 044 casos válidos, suficientes para observar patrones nacionales claros. Y esos patrones cuentan una historia incómoda: los accidentes se vuelven más graves justo donde el Estado tiene menos presencia, en carreteras rurales, en la madrugada o durante los fines de semana. Allí, explican los investigadores, “la capacidad de prevenir y responder se reduce”, y eso se refleja directamente en las lesiones más severas.
Los investigadores insisten en algo decisivo: la gravedad no es solo cuestión de imprudencia individual. Su modelo estadístico -que cruza edad, sexo, tipo de vehículo, causa probable, región, zona urbana/rural, hora del día, día de la semana y tipo de choque- permite ver el sistema completo.
Por eso, cuando concluyen que la madrugada, los fines de semana, las zonas rurales y la Amazonía elevan el riesgo de muerte o lesiones graves, no se basan en percepciones ni en promedios sueltos. Se trata de tendencias que persisten incluso cuando se controlan todos los demás factores del siniestro.
Dicho de otro modo: no es solo quién maneja o qué hizo antes del choque, sino el lugar, la hora y las condiciones institucionales que rodean el siniestro. Como resume Díaz: “Un mismo siniestro puede ser leve a las 15:00 en una avenida urbana y fatal a las 03:00 en una vía rural”. Ese contraste -sistémico, no individual- es el corazón del hallazgo.
Detrás de los choques más graves aparece un patrón claro en los datos analizados por la EPN: la severidad aumenta en la madrugada, los fines de semana, las zonas rurales y la Amazonía.
El estudio no mide directamente presencia del Estado, pero sí identifica condiciones asociadas a mayor gravedad en esos contextos. A partir de esos hallazgos, los autores plantean que existen tres ámbitos donde la política pública podría reforzarse: control de velocidad y fiscalización, infraestructura vial (iluminación, señalización y diseño) y capacidad de respuesta ante emergencias.
Esa combinación de factores coincide con siniestros en la madrugada, en fines de semana y fuera de centros urbanos. Allí, según el análisis econométrico, la probabilidad de lesiones graves o muerte es mayor incluso controlando variables como edad, sexo, tipo de auto o causa probable de choque.
Como explican Murillo y Díaz, el hallazgo central es que la gravedad no depende solo del comportamiento individual del conductor: el contexto -hora, territorio y entorno del siniestro- también influye de forma significativa en el desenlace.
EL COMERCIO solicitó información al ECU-911 y a la ANT, pero no respondieron hasta el cierre de esta publicación.
Los feriados no muestran diferencias significativas de severidad frente a días no festivos en el período estudiado. La explicación sugerida: aunque el número de accidentes pueda subir por mayor movilidad, la congestión reduce velocidades y, con ello, la severidad de las lesiones.
