
Una lucha de territorio y poder entre bandas del crimen organizado terminó en el femicidio de Juana (nombre protegido), en Guayaquil. Ella no es la única víctima de la violencia en Ecuador.
El integrante de un grupo delictivo es el presunto autor. Él se interesó en ella, madre de tres hijos. La joven tenía una pareja, quien, hasta donde se conoce, era parte de una organización rival de la del implicado en el crimen. El hecho ocurrió en 2023.
Juana fue desaparecida y asesinada. Además, uno de los tres retoños también se habría involucrado en la venta de sustancias sujetas a fiscalización. La familia, por temor, prefirió no seguir con el caso.
No es el único suceso. En este 2025, hasta mayo, en Manta ya sumaban 16 mujeres acribilladas. Todas fueron asesinadas por encargo.
Yennifer fue una de ellas, cuya vida se apagó al estilo sicariato, en el barrio Altamira de Manta. El presunto autor fue el esposo, quien contaba con antecedentes penales.
En 2024, ONU Mujeres recogió que, actualmente, los femicidios en el sistema criminal superan a los ocurridos en entornos íntimos. La mayoría se realiza, justamente, baja la modalidad de sicariato, con extrema saña y violencia hacia los cuerpos de las víctimas.
Entre el 1 de enero y el 22 de agosto de 2025, la Fiscalía General del Estado registró 484 muertes de mujeres en contextos delictivos. De este grupo, 37 están en la categoría de femicidios. Desde las organizaciones sociales remarcan que las cifras son aún mayores.
Los grupos de delincuencia organizada son una palestra para el delito que apaga vida de mujeres y determina roles por género que implican violencia y pugnas.
El femicidio, justamente, se refiere a cuando una persona, como resultado de relaciones de poder manifestadas en cualquier tipo de violencia, da muerte a una mujer por el hecho de serlo.
En Ecuador, la pena establecida en el Código Orgánico Integral Penal (COIP) va de 22 a 26 años de privación de la libertad, más posibles agravantes.
La Fundación Aldea recogió que, entre el 1 de enero y el 15 de marzo de 2025, las mujeres y niñas víctimas de femicidios fueron, al menos, 82.
De esos casos, unos 50 hechos ocurrieron en sistemas criminales, como pandillas y grupos delictivos organizados. En cambio, 31 fueron en entornos íntimos, familiares o sexuales.
De los sucesos registrados por la organización en ese periodo, 12 corresponden a niñas o adolescentes. A la par, ocho mujeres fueron reportadas como desaparecidas antes de ser encontradas sin vida.
En el informe Estudio cualitativo sobre el impacto del crimen organizado en mujeres, niñas y adolescentes que recoge ONU Mujeres hay testimonios como el de una lideresa de Manabí, recabado en julio de 2024, quien alerta sobre la problemática.
“Nos dimos cuenta de que había muertes de mujeres en sistemas criminales. Entonces ya no eran solo femicidios o transfemicidios. Sino que eran muertes en sistemas criminales porque ‘se enamoró del jefe de la banda’ o porque sirvió de comunicación y la identificaron o participó en tráfico de drogas porque la utilizaron”.
El análisis, además, refiere que, según los testimonios levantados, la violencia del crimen organizado ha generado cambios en la cotidianidad de las mujeres, quienes viven con miedo a ser víctimas.
Sin dejar fuera que las mujeres vinculadas de alguna forma a los grupos criminales, ya sea por vivir en una zona de bandas, tener relación con algún miembro o ser parte, también afrontan violencia sexual, psicológica y amenazas. Por el temor, como en el caso de Juana, no acuden a la justicia.
2022: 29 años
2023: 22 años
2025: 19 años
2024: 73% de feminicidios
2023: 62%
Guayas: 332
Manabí: 132
Los Ríos: 103
Sin políticas eficaces para frenar el crecimiento de la violencia.
Fuente: Aldea
En la Fundación Aldea, además, identificaron que los cuerpos de las mujeres se han convertido en botines entre bandas. Sirven para enviar mensajes aleccionadores y amenazas.
En Ecuador, ese panorama se registra, sobre todo, en provincias de la Costa, donde prima el uso de armas de fuego.
Desde 2022, en un acuerdo con la Red Latinoamericana Contra la Violencia de Género, los casos pasaron a denominarse femicidios en sistemas criminales.
Martín Domínguez, catedrático de la Escuela de Derecho de la UIDE, explica que el rol de las mujeres es predominantemente subordinado y de alta victimización:
Víctimas: mueren a manos de sus parejas o exparejas, pero también son asesinadas por sicarios en el marco de disputas entre bandas, como una forma de ataque indirecto a sus novios, esposos, convivientes, padres o hermanos vinculados a actividades delictivas.
Chivos expiatorios: en muchos casos, son utilizadas por las redes criminales para asumir la culpa de delitos, aprovechando estereotipos de género que las podrían hacer parecer menos sospechosas o más
fáciles de coaccionar.
El analista desarrolla algunos ejes que remarcan la violencia femicida en torno a las bandas:
Cultura machista arraigada: el crimen organizado opera bajo códigos de honor y poder machista. La mujer es vista como un objeto que pertenece al hombre, y cualquier acto de autonomía o “deslealtad” (incluso si solo es una percepción) se castiga con la muerte.
Normalización de la violencia: los femicidios, aunque brutales, corren el riesgo de convertirse en una estadística más dentro de una crisis de seguridad más amplia, perdiendo su especificidad como violencia de género.
Control social y territorial: asesinar a las mujeres de una banda rival es una forma de demostrar control total sobre los lugares. No solo se elimina a un enemigo, sino que se ataca su estructura familiar
y afectiva, causando un daño moral y simbólico.
Aldea, además, refiere que la Amazonía es la región ecuatoriana con la más alta incidencia de femicidios en relación con su población.
Las víctimas son particularmente jóvenes. La edad más frecuente es de 24 años, mientras que a escala nacional es de 35. Aunque, cada vez son más niñas y adolescentes.