14 de August de 2009 00:00

Ranti, ranti

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María Cárdenas R.

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La minga es efectiva desde hace más de 500 años. Herencia de un pueblo organizado no contaminado por la oferta y demanda de los politiqueros. En tiempos ancestrales, el minguero se ofrecía  para trabajar alcanzando obras para el bien común. Asunto de liderazgo, no trueque por votos. Líderes porque participaban con sus manos, sin convertirse en pedigüeños. La comunidad sí era de todos y esa dignidad queda en quienes mantienen viva la tradición cotidiana.

Llegué a una minga, invitación de la Junta Parroquial de Cumbayá, para la readecuación de su casa comunal. Líderes y ciudadanos, sin distinción, dividieron el trabajo y luego, a conversar con cerveza y rica comida, reviviendo otra tradición ancestral.

Blanquita, de 23 años, es la luchadora y valiente vicepresidenta del gobierno parroquial, mientras su madre, Blanca María habitante de Lumbisí y ejemplo de la joven, es el empuje de todos. Pequeña de tamaño pero grande de espíritu, luego de haber servido a todos, compartió sus vivencias, costumbre de antaño que, de boca en boca, ha traído al presente aleccionadoras leyendas que  compartimos como parte de nuestra memoria colectiva.

Su esperanza está en manos del alcalde Barrera tras un futuro en el que los problemas de la comunidad se solucionen con el trabajo de todos.

La lección-leyenda que escuchamos aquellos allí presentes, bien vale compartir con quienes se creen políticos y sobre todo aquellos que aspiran ser llamados líderes. “En época de elecciones, el monstruo publicitario de campaña, adelantado para clavar banderas y acomodar gigantes equipos de sonido, anticipó al confiado candidato que, en su inexperiencia de juventud y exceso de autoestima, no entendió que el pueblo es inmensamente digno y, en este sentido, invencible. Venía por nuestro voto, regalando abrazos y llaveros, asegurándome que solo así obtendríamos obras. Incrédula, lo miré. ¿Qué pensarán de nosotros? Por ser pueblo, confiados… Por tener menos, más fáciles de convencer… Viéndole a los ojos, le respondí: ¿Compañero, ranti, ranti, o en español, dando y recibiendo. Denos obras, después le daremos el voto”.

Es lógico pretender recibir, cuando el voto ya se ha regalado en el pasado y sin resultados, pero pocos acuden dignamente a su derecho de manera tan lógica y sencilla. Ya no es fácil “comerse vivo al pueblo”, al votante, con ofertas y nada más. La palabra y acción de la minga, no deben conformar parte del vocabulario populista. La minga es digna herramienta de nuestra cultura.

Lección para quien se atreva y utilice la palabra minga en discursos, abusando y aprovechándose de nuestra valiosa multietnicidad y aún crea haber convencido. Atención, servidores electos, que el pueblo ya no perdonará más.

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