10 de February de 2011 00:00

Sangucho tiene su propio templo

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En el Café-taller Cantuña, de José Ricardo Sangucho no se venden ni colas ni cervezas. Allí, en el local E1-27, ubicado en la calle Junín, en San Marcos, solo se puede degustar jugos naturales, tostado, sándwiches y hasta humitas.

El artista latacungueño abrió, desde hace cuatro meses, lo que él llama su estudio. Está a pocos pasos de la calle Montúfar, en el Centro Histórico. En la parte de afuera están colgados dos carteles y se puede leer que Sangucho trabaja como escultor, tallador, pintor y dorador de finos acabados.

Dice que el complemento de la cafetería fue su iniciativa buscando más rentabilidad en su estudio-laboratorio que, según su propia investigación, es uno de los pocos que queda en el Centro Histórico de la capital.La decoración del lugar es llamativa. Hay esculturas, pinturas, artesanías y elementos propios de la serranía como el pondo, las cabuyas, las shigras, esteras, entre otros. “En el Colegio de Artes Plásticas me enseñaron que el arte es sublime, es la expresión del alma”, dice el artista, de 58 años.

Sentado en una silla de plástico y apoyado sobre una mesa de vidrio, durante una hora de entrevista cuenta que salió a los siete años de Cotopaxi. Llegó a vivir en Quito con José Manuel Sangucho, su padre, y sus 7 hermanos.

En su etapa infantil y de adolescente trabajó como ayudante de maestros albañiles en la construcción. Su educación primaria le dejó huellas en su memoria, que todavía no han cicatrizado.

Mientras relata su vivencia infantil mueve sus dos manos a cada instante. “No me arrepiento de haber sido peón. Estuve en algunas escuelas y no me enseñé. Era un ‘patallucha’ del campo en una ciudad jerarquizada. No tengo nada en contra de los profesores, pero ellos fueron los que trazaron una historia en mi vida”, manifiesta en su pausado relato.

Cuando llegó a la capital de nada le sirvieron las buenas calificaciones que tenía en su escuela, porque considera que su apellido (Sangucho) fue una “adversidad frente a niños de apellidos Jaramillo, Rosero, etc.”.

Muestra sus manos algo temblorosas y cuenta que en el aula de clases había un maestro que lo pegaba con un puntero todos los días y le tomaba la lección. En una ocasión, una profesora le amenazó que perdería el año por no tener mandil en clases.

Sin embargo, resulta curioso, con el paso de los años ahora se puede ver a un experimentado Sangucho caminando por las calles del centro o trabajando en su taller, pero vestido de blanco con un mandil manchado por pinturas de diferentes colores. Compara a su tarea de restaurar las obras con el oficio de médico.

Para llegar hasta esta meta luchó siempre. Con los ingresos de albañil logró terminar la primaria estudiando en una escuela nocturna. También obtuvo el ciclo básico del bachillerato.

Su vida tomó un giro. Dejó de madrugar a las obras de albañilería y se vinculó con la carpintería. Siendo aprendiz no le resultó rentable la carpintería clásica, que consistía en hacer muebles finos con acabados de lujo.

Todo lo que relata Sangucho tiene como evidencia un folleto con los títulos, certificados y documentos que muestran la experiencia en su oficio.

Luego, integró la Asociación de Carpinteros y fue nombrado secretario de la organización. Sus amigos carpinteros lo animaron a que estudie en el Secap y perfiló su habilidad de trabajar con madera. Le tomó por sorpresa y fue nombrado profesor y empezó a impartir clases. Por la necesidad de aprender a dibujar entró al Colegio de Artes Plásticas.

También se especializó en el Instituto Bernardo de Legarda y obtuvo una beca en Venecia, Italia. Su filosofía de vida ha sido la de no ser empleado, sino tener su propio taller. Por eso, abrió su negocio donde se dedica a pintar y terminar obras de arte.

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