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Wilmer Piedra: ‘Lo más duro de trabajar en el cementerio es ver el dolor ajeno’

Entre las tareas de Wilmer están enterrar cuerpos y dar mantenimiento a las tumbas del cementerio de San Diego. Foto: Julio Estrella /EL COMERCIO

Entre las tareas de Wilmer están enterrar cuerpos y dar mantenimiento a las tumbas del cementerio de San Diego. Foto: Julio Estrella /EL COMERCIO

Entre las tareas de Wilmer están enterrar cuerpos y dar mantenimiento a las tumbas del cementerio de San Diego. Foto: Julio Estrella /EL COMERCIO

Wilmer Piedra, de 38 años, labora en el cementerio de San Diego, en el sur de Quito. Es una de las personas que se encargan de enterrar  los cuerpos de personas que fallecieron a causa de covid-19. Es el sepulturero a quien trabajar en el panteón lo llena de vida.

“Yo no quería ser sepulturero de niño. ¿Se imagina? quien va a querer pasar todo el día rodeado de muertos. Yo quería ser policía o militar, pero no siempre es lo que uno quiere.

A veces pienso que toda la vida me preparé para esto. Mis papás son de Imbabura, pero vinieron jovencitos a la capital.

Yo nací en Quito, un 25 de septiembre de 1982; cuando tenía 11 años mi papá murió, así que desde guagüito tuve que salir a la calle a ayudar a mi mamá, quien limpiaba una casa para darnos de comer.

A esa edad aprendí de cerrajería. También he sido plomero, albañil, carpintero, mecánico, pintor, ayudante de bus, chofer, mensajero, vendedor de ropa y ahora auxiliar de cementerio, con espíritu de forense, doctor y psicólogo.

Gracias a Dios, soy de esas personas que solo viendo aprenden. Eso me enseñaron en la Escuela 23 de Mayo, en Chillogallo. ‘Mientras más preguntes, más vas a saber’, me decía una profesora.

Hace casi nueve años soy sepulturero. En ese entonces estaba desempleado, con una hija y sin dinero para los pañales. Un día, mi amigo Bolívar Guachamín, quien ya lleva 35 años en este oficio, me preguntó si quería trabajar dando mantenimiento en el cementerio y enterrando
a los muertitos en San Diego; y yo sin miedo y sin pensarlo mucho respondí que sí. Eso fue un sábado. El lunes empecé.

El primer día que llegué, a las 08:30, me presentaron a la administradora, me indicaron en qué consistiría mi trabajo, y a las 09:00 me mandaron a desenterrar el primer muertito. Fue una exhumación.

Me dieron guantes, mascarilla, botas, mandil y fuimos a un mausoleo solo de choferes. Abrimos la tumba y sacamos el cuerpo. No estaba preparado mentalmente. Fue algo sorprendente. Comencé a ver cómo era un cadáver, y nació la curiosidad por el cuerpo humano.

El cementerio no es un lugar oscuro, pesado, que da miedo, como la gente piensa. Aquí hay paz y silencio. Antes de la pandemia había quienes venían a sentarse en las bancas o en el césped a leer o a estudiar, porque en ningún otro lado de la ciudad hay tanta calma como aquí.

Para mí, además, el cementerio ha sido una escuela. Cada día uno aprende muchas cosas. Me lleno de ganas de vivir, y tomo conciencia de que salgo de mi casa pero no sé si volveré. Eso hace que viva con más ganas, que abrace a mis hijos y a mi esposa todos los días con amor.

Aquí hago de todo: coloco lápidas, entierro, exhumo, hago albañilería, podo árboles, doy mantenimiento a la jardinería y todo lo que haya que hacer.

Con la pandemia, el trabajo cambió mucho en los cementerios. Por ejemplo, ahora todo es más limitado. Hacemos un perímetro marcando un solo camino de entrada y salida para todos los traslados.

La mayoría de personas que han muerto con coronavirus ha sido cremada y se coloca en nichos; unos pocos se entierran. Aquí se los coloca del lado izquierdo de la capilla, solo en el área señalizada.

En el momento, por cada cuatro cuerpos en nichos hay dos en piso. En el suelo debe haber unos 170 cadáveres solo de coronavirus, y hay unos 250 nichos donde reposan las cenizas de los cremados.

La protección aquí es super importante. Sabemos que estaremos cerca de personas que murieron con el virus, y de sus familiares, por eso usamos equipo de protección: overol, mascarilla, respirador con filtros, protector facial, guantes y botas; y hay un protocolo estricto.

Apenas ingresa el cuerpo, se lo fumiga. Se lo sube al campus y cuando sale de la carroza se vuelve a fumigar una vez más.

Nosotros nunca tocamos el féretro. Lo movemos con sogas y sin estar en contacto con la caja, lo bajamos a la fosa y lo cubrimos de tierra. Todo el proceso dura máximo 10 minutos. Los muertos por otras causas toman el doble del tiempo.

Los familiares de quienes fallecieron por covid no pueden acercarse. Deben estar a unos 20 metros de la sepultura, debajo de una carpa azul. Pero a veces no obedecen y corren adonde nosotros a querer abrazar el cuerpo. Es bien duro. A uno se le van las lágrimas.

Desde el primer día, hasta hoy, lo más difícil de todo mi trabajo ha sido ver el dolor ajeno, ver conmocionados a los familiares de los fallecidos. Cómo lloran, hasta se desmayan. He visto a jóvenes lanzarse sobre el ataúd de sus padres, abrazar las cajas y no querer soltarlas.

Luego de cada entierro, un compañero nos . Vamos a un cuarto, nos sacamos todos los implementos y nos desinfectamos. La bioseguridad aquí es tan importante, que ninguno de los nueve trabajadores nos hemos contagiado.

En mi casita, en la Mena 2, en el sur, me construí un lugar para sacarme y dejar ahí la ropa. Me ducho y hago gárgaras con limón antes de entrar. Así no tenga síntomas me cuido. Siempre pienso, ¿y si soy asintomático?

 No podría vivir con el cago de conciencia de haber contagiado a un familiar. Por eso, no entiendo a las personas que hacen fiestas y no se cuidan. Deberían ver el dolor de los hijos que entierran a sus padres, a ver si aprenden”.