Personajes del Centro Histórico cuentan los cambios de Quito y sus fiestas

Quito celebra 490 años de fundación y muchas personas que frecuentan el Centro Histórico a diario han sido testigos de su evolución a lo largo del tiempo.

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El Centro Histórico de Quito, con sus calles empedradas y su título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, no solo es un espacio de tradición y cultura, sino también un lugar donde se cuentan historias de vida únicas.

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Entre lustrabotas, vendedores de espumillas, artistas callejeros y comerciantes, cada personaje aporta una pieza al mosaico de la identidad quiteña.

Humberto Vega, el lustrabotas de la Plaza Grande

Humberto Vega lleva más de tres décadas en la Plaza Grande ofreciendo su servicio como lustrabotas.

Durante su jornada, que empieza a las 06:30 y termina a las 17:00, ha atendido a personajes, reconocidos como José Francisco Cevallos y varios políticos locales. Sus clientes suelen conversar con él sobre la economía, política y seguridad.

“En estos años observé cómo el pueblo se organizó para defender sus derechos”, comenta Humberto, quien asegura que las fiestas de Quito son una oportunidad para que el comercio prospere.

“Durante las fiestas de Quito, viene bastante gente hasta el Centro Histórico y ahí tengo la oportunidad de lustrar más zapatos”, detalló.  

De su oficio dependen sus tres hijas y su pareja. Cobra 0,60 centavos por cada lustrada, que realiza con destreza y rapidez.

Alicia Guevara, guardiana del sabor tradicional

Debajo de la Catedral Metropolitana, el local de sánduche de pernil de Alicia Guevara es un punto infaltable del recorrido gastronómico.

Este negocio, iniciado por su madre y tía, se mantuvo durante 79 años en el mismo lugar, 35 de ellos bajo la administración de Alicia.

“Las fiestas de Quito ya no son como antes. Antes había bandas de pueblo y una radio que ponía música para bailar”, recuerda.

Entre las bandas que asistían, según cuenta, estaban la de la FAE y la Metropolitana. También señala que antes había muchos desfiles de colegios y comparsas, pero ahora son menos frecuentes.

Comenta que la situación actual del Ecuador, sumada al hecho de que junto a su local está el Palacio de Carondelet, mantiene todo cercado, lo que aleja a la gente.

A pesar de los cambios, su local recibe a estudiantes, turistas y autoridades, quienes encuentran en su espacio un rincón lleno de historia y sabor.

Recuerda con entusiasmo que en una ocasión el personal del Ministerio de Turismo visitó su local e incluso la llevó al Palacio de Carondelet, donde fue premiada y felicitada por su aporte al turismo local.

La familia de Alicia Guevara tiene un negocio desde hace más de 70 años en el Centro Histórico de Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.

Norma Gualli, dulzura en las calles

Con solo 26 años, Norma Gualli recorre las calles del Centro Histórico para vender espumilla. Su jornada empieza a las cinco de la mañana, cuando prepara este dulce tradicional para ofrecerlo desde las 07:00 hasta las 11:00 a 0.50 centavos.

Madre de dos pequeños, divide su tiempo entre el trabajo y las necesidades de su hogar. Hace tres años comenzó a trabajar en el Centro Histórico de Quito.

“El Metro de Quito trajo más movimiento, pero las fiestas de Quito son los días en los que más vendo”, afirma.

Durante las fiestas de Quito dice que es difícil caminar entre la multitud que visita el Centro Histórico mientras carga a su bebé en la espalda. Considera los eventos festivos de la ciudad una oportunidad para generar más ingresos para su hogar.

Para Norma, estos días representan una oportunidad de generar ingresos adicionales para su familia.

Norma Gualli trabaja desde hae tres años en las calles del Centro Histórico de Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.

Luis Caizatoa, el artista que llena Quito de boleros

Luis Caizatoa, músico con discapacidad visual, lleva 16 años alegrando las calles del Centro Histórico con su acordeón.

Su repertorio, compuesto por boleros, resuena entre la Plaza Grande y la Catedral Metropolitana. Aunque su jornada es breve, de 09:00 a 11:00, su música deja una huella en los transeúntes.

En su puesto, siempre sentado sobre un taburete, toca sus boleros en el acordeón mientras las personas que aprecian su música dejan monedas en un plato de metal.

Aunque prefiere esta ubicación, menciona que se desplaza por varios puntos del Centro Histórico, como la Plaza de San Francisco.

Para él, las horas no son lentas, ya que las amistades que formó a lo largo del tiempo en el Centro Histórico suelen pasar a saludarlo con frecuencia.

Caizatoa también forma parte de un grupo musical integrado por personas con discapacidad visual. Este colectivo se reúne todas las semanas para ensayar canciones, perfeccionar su técnica y compartir su pasión por la música.

Quito cambia constantemente, pero las obras y proyectos suelen quedar a la mitad”, lamenta Luis, quien, a pesar de las dificultades, encuentra en su música una forma de conectar con la ciudad y su gente.

Estos personajes representan la esencia del Centro Histórico: un lugar donde tradición, esfuerzo y vida cotidiana se unen para crear un espacio único que evoluciona junto a sus protagonistas.

Luis Caizatoa toca su música en el Centro Histórico de Quito desde hace 16 años. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.
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