28 de September de 2011 00:01

En el mundo no todos hablan de golpe

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La asonada del 30-S marcó un giro en el rumbo de la diplomacia ecuatoriana, que se dedicó a difundir la tesis de que ese día se fraguó un intento de golpe de Estado.

Aunque en el corto plazo esa denuncia fue asumida por gobiernos y organismos multilaterales, con el tiempo no ha terminado de consolidarse.

En un primer momento, la comunidad internacional calificó a la sublevación policial como un intento por sacar del poder al presidente Rafael Correa.

Organismos como la OEA y la Unasur se reunieron de forma urgente. En esencia condenaron los hechos del 30-S, por considerar que eran un intento de quebrar el orden institucional.

“Claramente asumieron la tesis del intento de golpe de Estado”, afirma el vicecanciller Kintto Lucas, que ese día fue uno de los funcionarios que se encargaron de denunciar el “golpe de Estado”.

Desde ese momento, las embajadas y representantes ecuatorianos recibieron la instrucción de enfocar su trabajo en combatir “al golpismo”. Por ello, en cada cumbre a la que el país ha asistido siempre ha solicitado que se incluyan puntos en que se condenen esas prácticas desestabilizadoras.

Esa fijación llevó incluso a Ecuador, en junio, a convertirse en el único país de la OEA que se negó al reingreso de Honduras, por considerar que no se había castigado a los responsables del golpe a Manuel Zelaya (junio 2009).

Sin embargo, a la vuelta de un año, una nube de inquietudes y sospechas se ha posado sobre la teoría oficial de que el 30-S fue un intento de derrocar a Correa.

En Colombia, que con Perú cerró el comercio bilateral el 30-S como medida de presión, hay la percepción de que los hechos de ese día más bien se dieron en el marco de una insubordinación.

Hassan Nassar, productor del programa ‘Zoom a la noticia’ del canal de noticias NTN24, asegura que la versión del derrocamiento no calza con los sucesos registrados hace un año en Quito.

“Es un tema que divide a la opinión pública. La gran mayoría, creo, tiene la percepción de que fue una sublevación. El presidente Correa toma ventaja y desea hacerla pasar como un golpe, que yo no lo veo así”. Ese es el análisis de Nassar, cuyo espacio informativo ha colocado sus reflectores sobre el escenario político ecuatoriano, al que ha dedicado una serie de emisiones por este caso.

Se trató de una revuelta en filas de la Policía ecuatoriana, “que no se configuró” en una intentona golpista. Esa es la lectura que hace la analista Socorro Ramírez, quien prefiere destacar el acompañamiento de la comunidad internacional para salvaguardar a la democracia ecuatoriana, reconocida por su fragilidad.

Sus palabras se refieren, por ejemplo, a la cita presidencial de la Unasur, que se instaló el mismo 30 de septiembre en Argentina.

En ese país una sublevación uniformada, como la del 30-S, difícilmente es bien recibida. Su cultura política está marcada por una sucesión de levantamientos militares, que en ocasiones han sido sangrientos. Por eso, el 30 de septiembre fue inmediata la desaprobación de la Casa Rosada.

De ahí que realizara la convocatoria al encuentro de mandatarios de la Unasur, que condenó los hechos en Ecuador.

No obstante, después de 12 meses, no todos en Argentina giran un cheque en blanco a favor de la tesis del golpe de Estado. Así lo sostiene el ex diplomático y analista Jorge Castro. “Los acontecimientos que se caracterizaron como intento de golpe de Estado carecen de toda relevancia. Lo que se produjo fue un nítido proceso de ingobernabilidad con la insurrección de la Policía”.

Pedro Brieger, columnista internacional de varios medios, hace una lectura más pausada del desencadenamiento de los hechos, aunque reconoce que hubo intenciones de desestabilización.

Frente a las dos posiciones sobre el 30-S (sublevación o golpe), diplomáticamente el Gobierno ecuatoriano salió triunfante, concluye Castro. “La intención de los protagonistas es lo que menos importa en el análisis . Es la naturaleza misma de lo ocurrido. Creo que es un error de información y de concepto hablar de golpe de Estado, sino que se debiera hablar de crisis de gobernabilidad”.

Y aunque hasta ahora el Gobierno ecuatoriano no logra probar por completo su tesis del golpe, los miembros de la Unasur prefirieron evitar contratiempos contra cualquier otro de sus 12 países miembros.

Por ello, en noviembre, el bloque aprobó un protocolo adicional, que fija procedimientos para impedir vulneraciones políticas similares (ver breves).

Pero más allá de esas reformas en la Unasur, en otras latitudes del hemisferio se piensa que Correa y sus colaboradores sacaron provecho político de la situación.

“Una cosa es cierta: el señor Correa no va a permitir que la crisis se desperdicie”. Con esa frase la periodista del Wall Street Journal, Mary O’Grady, iniciaba el párrafo final de su artículo sobre la crisis del 30 de septiembre.

Ella afirma que el Presidente ha implicado a sus opositores políticos en lo que “cada vez se parece a un golpe de Estado que nunca sucedió”. Por eso allí hay quienes piensan que Correa ha sacado ventaja para imponer sus tesis.

Sobre todo a raíz de que el 30-S el Gobierno tomó el control de la información que circulaba en los medios de comunicación. “Los ecuatorianos nunca han sido objeto de dicho control extremo de la información”, señala Gabriela Calderón, del Instituto Cato.

En este marco, Ray Walser, de The Heritage Foundation, afirma que hay dos elementos a tener en cuenta para analizar lo que realmente sucedió el 30-S.

Estos son las miradas ideológicas que se hacen a las protestas, dependiendo de sus protagonistas. Walser cuestiona que la izquierda justifique acciones contra gobiernos aliados a EE.UU. bajo el membrete buscar “justicia social”. “Sin embargo, cuando hay protesta por excesos de los gobiernos de izquierda inmediatamente se convierten en un golpe o conspiración”.

Visiones externas

Fernando Gualdoni / España/ El País
Si fue un golpe,   fue una pésima planificación  
Ese 30 de septiembre había mucha confusión:  ¿Era una intentona golpista o una protesta policial? Cuando llegué a Quito algunas cosas no cuadraban. Lo único que podía hacer creer que se tratara de una intentona fue la toma de la base aérea por parte de militares, pero no vi  ni apoyo del pueblo, ni del Ejército. Nunca se demostró  una planificación.  Si de verdad fue un intento de golpe, fue la planificación más chapucera (mal hecha) que he visto.

Venezuela/ El Nacional
Lo que ocurrió en Ecuador fue extraño
Los episodios del 30 de septiembre en Ecuador los vimos con preocupación  en las primeras horas. Sin embargo,   al pasar el tiempo y comprobar que las Fuerzas Armadas permanecían leales a la Constitución, comenzamos a ver aquello como un episodio extraño, sin posibilidades de derrocar al Presidente, como en efecto sucedió. A nosotros nos resultaba absurdo que unos policías pudieran poner contra las cuerdas a un Presidente de la República.  

Argentina/ La Nación
Desde el poder también se afecta la democracia
La gravedad de los violentos sucesos ecuatorianos debería hacer reaccionar a los responsables de defender la democracia con acciones que incluyan todos los peligros que la acechan. Tanto los alzamientos de sectores  antidemocráticos, como las actitudes de los propios gobernantes. Ellos  entienden equivocadamente que el acceso al poder mediante el voto les confiere un cheque en blanco para avasallar las instituciones y la división de poderes.

Brasil/ O Globo
Fue una protesta que se salió de las manos
La inestabilidad  de la política ecuatoriana, junto con el temperamento  y las políticas autoritarias de Rafael Correa, planteó  una serie de dudas sobre el hecho. ¿Era una manifestación social que salió del control de las autoridades y se volvió violenta   o   un movimiento más articulado para sacar a   Correa del poder?
Después de la cobertura de nuestros enviados a   Quito, en los reportajes se reflejó que  la población misma  no creía que fue un   golpe de Estado.

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