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Janneth Mendoza no ha podido dormir tranquila desde hace 17 días. Aunque vive en Conocoto (Quito), ella siente en carne propia la guerra entre Ucrania y Rusia. Su hijo, Diego Moncayo, a quien no ve desde hace tres años cuando él viajó a Kiev para realizar estudiar Filología, es una de las tantas víctimas de un conflicto que ha obligado a miles de personas a dejar sus hogares para resguardarse de las balas.
Por desgracia, en su intento de huir del conflicto, un tren que debía alejarlo de la batalla lo acercó más a la frontera entre ambos países. Con suerte, logró huir hasta Shostka, un pueblo ucraniano ubicado a unos 160 kilómetros del campo de guerra. Allí espera a que alguna misión logre sacarlo. Mientras tanto, todas las mañanas, a las 5:30, Janneth abre sus ojos para hablar con su hijo y tener noticias sobre él y el avance avanzado de las tropas rusas. Este es su testimonio:
“Lamentablemente, nunca pensamos que la guerra iba a llegar a nuestra familia. El 24 de febrero, a las 22:00, empezaron a llegar mensajes a mi celular de grupos de padres de familia con hijos en Ucrania cuando se escuchaba que llegaba la guerra. Mi amiga también me escribió y me dijo que había habido una detonación en el aeropuerto de Kiev.
Mi hijo vivía cerca de este lugar, pero no había escuchado nada. Pero luego, muy temprano en la mañana, le llamé y le dije: ‘Diego, hay toque de queda’. No me creía porque las autoridades les dijeron que todo era falso, que no pasaba ninguna guerra. Entonces, mi hijo se comunicó con tres compañeros que habían salido a trabajar; le dijeron que coja una maleta, salga enseguida y que lo esperaban en el metro porque había bombardeos en Kiev.
Salió hacia allá, estuvieron unas horas escuchando el ataque, y luego decidieron comprar un pasaje hacia Lviv (frontera con Polonia). Lamentablemente, tomaron un tren que los acercó a la frontera con Rusia. Al llegar, buscaron un refugio en una escuela donde estaban 250 personas. A las 6:00 salieron a tratar de retomar el camino hacia Polonia, pero nadie los llevó.
Mientras esperaban los buses humanitarios, vieron unos carros grandes. Mi hijo pensó que eran ucranianos, pero vio que el rostro de su amigo estaba desencajado y se dio cuenta que eran rusos. Lograron escapar de ahí en medio de un cruce de balas entre los soldados.
Un señor los ayudó para llevarlos a la casa de una de las amigas que están ahora con él. Está a solo dos horas y media de Rusia y a 16 de Polonia. Siempre que hablamos con las autoridades, nos dicen que lógicamente sería mejor cruzar hacia Rusia, pero tenemos entendido que Ucrania no permite la salida de gente.
La verdad, no sabemos qué va a suceder en las próximas horas. Entiendo que la ubicación geográfica, como me dijo un embajador, es una zona muy roja.
Para Diego esto es difícil porque, a la final, está resguardado en una casa donde nadie es su familia. Él está abasteciendo la comida en este momento para quienes lo acogen; son gente pobre en un pueblo donde no hay una buena economía. Y la comida escasea cada vez más. Por ejemplo, hace falta carne desde hace rato.
Entiendo que, para las autoridades, no es lo mismo traer de vuelta a 700 estudiantes que a uno solo. La mayoría está aquí. Pero tengo fe en que puedan ahora concentrarse solo en Diego.
Él ha intentado salir de ahí ya por tres veces, pero los caminos están dañados y el peligro es constante. Diego, la verdad, está muy fuerte, nunca se quebró, nunca se ha quejado; él nos hace fuertes a su padre y a mí.
Nosotros hablamos bastante, jugamos, tratamos de entretenerlo por internet. Pero los días pasan y la situación se complica más. Diego dice que, por una persona, no van a hacer un plan de contingencia en un pueblo donde es el único extranjero”.