18 de marzo de 2020 07:50

Para los peregrinos chiitas en Irak el virus no cambia nada

Los soldados iraquíes revisan los vehículos durante el toque de queda como parte de las medidas de precaución contra el nuevo brote de coronavirus en una calle de la ciudad sagrada de Karbala, en el sur de Bagdad, Iraq. Foto: EFE

Los soldados iraquíes revisan los vehículos durante el toque de queda como parte de las medidas de precaución contra el nuevo brote de coronavirus en una calle de la ciudad sagrada de Karbala, en el sur de Bagdad, Iraq. Foto: EFE

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Agencia AFP
Bagdad

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Decenas de hombres y mujeres de negro avanzan, intentando eludir las alambradas de púas tendidas por militares. En Bagdad, a pesar del toque de queda impuesto para evitar la propagación del coronavirus, peregrinos chiitas se movilizan “para visitar al imán Kazem”.

Según funcionarios de Sanidad, solo 13 personas murieron en Irak del nuevo coronavirus y 164 en total se infectaron.

Se realizaron al menos 2 000 pruebas de detección en un país que cuenta con 40 millones de habitantes.

En un intento por contener una posible epidemia, las autoridades de más de la mitad de las provincias impusieron un toque de queda de varios días, que entró en vigor en Bagdad, la segunda capital más poblada del mundo árabe con 10 millones de habitantes, el martes por la noche y que durará seis días.

Pero el sábado se conmemora el martirio del imán Kazem, una figura importante del islam chiita, cuyo mausoleo dorado se encuentra en Bagdad a orillas del Tigris.

Tradicionalmente, los peregrinos convergen a pie hacia este imponente complejo para rezar y marcar un duelo que dura varios días.

Este año, el gran ayatolá Alí Sistani, figura tutelar en Irak, ya anunció la prohibición de las oraciones colectivas y declaró que la lucha contra el coronavirus es un “deber sagrado”.

Las autoridades cerraron los mausoleos, incluido el del imán Kazem.

Sin embargo, todavía hay personas irreductibles en las calles de Bagdad, capital de un país que acaba de atravesar cuatro decenios de conflictos sucesivos.

El miércoles, los soldados intentaron hablar con ellos. “Hacemos esto por su salud”, explica uno de ellos a una anciana recalcitrante. “Nadie puede impedirnos visitar a nuestros imanes: ni el terrorismo, ni la guerra, ni el virus”, responde ésta, inflexible.

En otros lugares, una veintena de hombres con coloridas banderas también intentan avanzar en medio de militares que bloquean una calle.

En Nayaf, en cambio, una de las ciudades santas chiitas más importantes de Irak, se respeta el toque de queda.

El inmenso mausoleo del imán Alí cubierto de hojas de oro y su explanada estaban inusualmente vacíos. Los iraquíes temen en particular una epidemia incontrolable en su país, uno de los más ricos en petróleo del mundo pero en escasez crónica de médicos, medicamentos y hospitales.

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