
Gabriela Espinoza llegó de Quito a Estados Unidos hace cinco años y medio y terminó pidiendo trabajo como bartender en el establecimiento de Washington Espinoza, un ecuatoriano de Cariamanga, Loja, que llevaba más de una década en ese país.
Ese encuentro laboral se convirtió en una relación de pareja y en dos negocios que encontraron su mercado entre migrantes: Mamazzita, desde la gastronomía, y Baru Entertainment, desde los espectáculos.
Su historia ocurre dentro de una conexión económica y migratoria que continúa uniendo a Ecuador con Estados Unidos. Solo entre enero y marzo de 2026, los migrantes enviaron desde ese país 1 441 millones de dólares en remesas hacia Ecuador, equivalentes al 77,6% de todas las remesas recibidas durante ese período, según el Banco Central del Ecuador (BCE).
Mientras miles de familias reciben dinero desde el exterior, Gabriela y Washington construyeron en Estados Unidos un negocio alrededor de algo que también cruza fronteras: la necesidad de los ecuatorianos de volver, aunque sea durante una comida o una canción, al país que dejaron atrás.
La dimensión económica de la migración ecuatoriana se refleja en las remesas. Ecuador recibió 1 856,7 millones de dólares entre enero y marzo de 2026, un crecimiento de 7,7% frente al mismo trimestre de 2025, cuando ingresaron 1 724,3 millones, según el BCE.
Estados Unidos fue, por amplio margen, el principal origen. Desde ese país llegaron 1 441 millones de dólares, 9,3% más que durante el mismo período de 2025. España ocupó el segundo lugar, con 264,8 millones de dólares.
En total, Estados Unidos representó el 77,6% de las remesas que recibió Ecuador durante los primeros tres meses de 2026. El valor promedio de cada giro procedente de ese país fue de 377 dólares, de acuerdo con el BCE.
Washington llegó mucho antes de esas estadísticas. Lleva alrededor de 17 años en Estados Unidos. Gabriela, cinco años y medio. Sus trayectorias comenzaron por separado hasta que una búsqueda de empleo las cruzó.
La historia empresarial de Washington comenzó antes de conocer a Gabriela. Llegó al establecimiento como promotor y posteriormente se convirtió en mánager. Trabajó en esa función aproximadamente entre 2013 y 2015, hasta que los propietarios portugueses le ofrecieron rentar el local con opción de compra.
Aceptar significaba conseguir capital cuando todavía llevaba pocos años como migrante.
Washington calcula que la operación inicial representó alrededor de 300 000 dólares. No tenía todo el dinero. Su familia lo ayudó a completar el capital necesario para realizar el depósito.
Después llegó otra inversión. Washington estima que destinó cerca de 500 000 dólares a remodelar el establecimiento y transformar su modelo de negocio. El espacio pasó a funcionar como discoteca y escenario para espectáculos, con capacidad aproximada para entre 350 y 400 personas.
A esa inversión se sumó otro costo que Washington identifica como una de las barreras para operar un establecimiento de este tipo en Nueva Jersey: la licencia para vender bebidas alcohólicas. Según el empresario, los permisos de licor en Nueva Jersey rondan los 180 000 dólares. El valor no constituye una tarifa única estatal y puede variar según el municipio, el tipo de licencia y su precio en el mercado de reventa.
El dinero invertido no garantizó clientes.
Entre 2015 y 2016 decidió apostar por un espectáculo para impulsar el establecimiento. Contrató al bachatero dominicano Luis Vargas por 6 500 dólares para la inauguración.
Washington recuerda que la cifra le parecía tan alta que pasó días preocupado antes del evento. La noche fue un éxito. Aproximadamente el 80% de quienes llegaron eran ecuatorianos, según su estimación.
Una semana después, el lugar estaba prácticamente vacío.
Los siguientes meses obligaron a Washington a cambiar la estrategia.
Diseñaba los flyers, promocionaba los eventos, gestionaba la producción y administraba el establecimiento. También vivía en el segundo piso. “Solo subía a dormir”, recuerda.
Durante esa etapa, el negocio abrió sus puertas los siete días y Washington prácticamente vivía dentro del establecimiento. La necesidad de mantenerlo funcionando lo llevó a probar diferentes públicos y formatos.
Organizó fiestas brasileñas, noches de hip hop y música house, eventos dirigidos a diferentes comunidades y jornadas latinas. Después de cuatro, cinco o seis meses comenzó a alcanzar cierta estabilidad, según recuerda.
Pero había un dato que se repetía.
Cuando organizaba espectáculos de reguetón, bachata o merengue, alrededor del 80% de los asistentes seguían siendo ecuatorianos, según Washington.
En lugar de continuar peleando contra ese comportamiento, decidió convertirlo en parte de la estrategia.
Los espectáculos comenzaron a concentrarse progresivamente en el mercado latino y, especialmente, en la comunidad ecuatoriana.
Washington entendió que quienes habían salido de Ecuador no buscaban únicamente entretenimiento. También querían escuchar artistas, ritmos y canciones que los conectaran con aquello que habían dejado.
Esa experiencia terminó fortaleciendo Baru Entertainment, su negocio dedicado a la producción de espectáculos y eventos. La estrategia fue evolucionando. Durante una etapa también organizaron eventos dirigidos a la comunidad brasileña y trabajaron con promotores de ese país. Posteriormente concentraron mayores esfuerzos en el mercado latino.
La respuesta de los ecuatorianos terminó definiendo buena parte de la programación.
Washington recuerda que en una ocasión llegaron a organizar cuatro espectáculos durante una misma semana de San Valentín: jueves, viernes, sábado y domingo.
El crecimiento también permitió modificar sus funciones. Dejó progresivamente el diseño y la producción directa de ciertas piezas para concentrarse en la administración, promoción y desarrollo del negocio.
La misma lógica que transformó los espectáculos comenzó a operar en la cocina.
El establecimiento había funcionado inicialmente con una propuesta portuguesa. Pero los ecuatorianos que llegaban pedían otra cosa: ceviche, encebollado y platos conocidos.
Washington descubrió que la nostalgia también tenía menú. “En realidad, el ecuatoriano come comida ecuatoriana entre semana y el fin de semana sale a comer más comida ecuatoriana”, sostiene al recordar el comportamiento de sus clientes.
La demanda llevó al negocio a modificar progresivamente la cocina. Buscaron asesoría de chefs y tuvieron que experimentar con los ingredientes disponibles en Estados Unidos para conseguir sabores similares a los de Ecuador.
Uno de los profesionales que, según Gabriela, marcó un antes y un después fue el chef ecuatoriano Dimitri Hidalgo. Su asesoría permitió mejorar recetas, presentaciones, procesos y herramientas utilizadas en la producción.
Inicialmente incluso estudiaron desarrollar una propuesta de cocina ecuatoriana gourmet.
La descartaron.
Según Gabriela, el análisis del mercado mostró que el público de la zona buscaba comida tradicional: platos abundantes y preparaciones que se parecieran a las que conocían en Ecuador. Así comenzó a consolidarse la identidad de Mamazzita.
Reproducir un plato ecuatoriano en Estados Unidos también significa enfrentarse a otra estructura de costos. Productos como albacora, verde y camarón cuestan más que en Ecuador, explican los propietarios.
El encebollado muestra la diferencia. Según las estimaciones proporcionadas durante la entrevista, producir un encebollado en Ecuador podría costar entre 1,50 y 2 dólares en determinados escenarios.
En Mamazzita, aseguran, el costo de producción se acerca a 10 dólares. El plato se vende alrededor de 20 dólares.
La guatita es otro ejemplo. El plato cuesta alrededor de 18 dólares, pero Gabriela explica que su margen es menor debido al costo de los ingredientes.
Por eso, no todos los platos generan la misma rentabilidad. Algunos permiten márgenes mayores y otros deben mantener precios que el consumidor esté dispuesto a pagar. La estrategia, explican, consiste en equilibrar esos productos dentro del menú.
Cuando Gabriela apareció buscando empleo, Washington ya llevaba años aprendiendo a sostener el negocio.
Gabriela había trabajado en Ecuador en actividades relacionadas con espectáculos y encontró coincidencias inmediatas con lo que Washington desarrollaba.
“Desde el día número uno que él me entrevistó, sentimos una conexión”, recuerda Gabriela. Aclara que entonces no habla de amor, sino de trabajo.
Comenzaron a colaborar en espectáculos, eventos y posteriormente en la transformación del restaurante. Gabriela aportó conocimientos que había adquirido en Ecuador y Washington le abrió espacio para involucrarse en las decisiones.
La relación laboral avanzó antes que la sentimental. Con el tiempo llegaron a otra cifra que reforzó el rumbo del negocio: estimaban que alrededor del 90% de sus clientes eran ecuatorianos.
Mamazzita y Baru Entertainment terminaron respondiendo a necesidades distintas de una misma comunidad.
Uno lo hace desde la mesa. El otro, desde el escenario.
El primero recuperó platos que los clientes pedían porque los conocían desde Ecuador. El segundo identificó que, sin importar si inicialmente programaban bachata, reguetón o merengue, una parte predominante del público seguía siendo ecuatoriana.
Esa combinación permite entender también otra dimensión de las remesas y la migración.
Los 1 441 millones de dólares enviados desde Estados Unidos hacia Ecuador entre enero y marzo de 2026 muestran el peso económico de quienes viven fuera. Pero la relación con el país de origen no circula únicamente a través del dinero.
También viaja en sentido contrario.
Son recetas, música, costumbres y formas de reunirse que los migrantes reproducen en las ciudades donde construyen una nueva vida.
Gabriela asegura que, si pudiera regresar cinco años, no eliminaría las dificultades que atravesaron. “Todo lo que pasó y lo que ha pasado ha sido para que lleguemos al punto en el que estamos”, sostiene. Con la experiencia actual perfeccionaría algunas decisiones, pero no cambiaría el recorrido.
Su mensaje para quienes piensan migrar tampoco presenta el proceso como sencillo.
“Hay que ser fuerte, muy fuerte”, dice. Estar lejos de la familia, comenzar nuevamente y adaptarse a otras costumbres son parte de las dificultades que identifica en su propia experiencia. Al mismo tiempo, considera que salir de la zona de confort puede abrir oportunidades para quien esté dispuesto a asumir el proceso.
Washington lleva alrededor de 17 años en Estados Unidos. Gabriela, cinco años y medio. Uno salió de Cariamanga y la otra de Quito. Se encontraron cuando Gabriela llegó buscando empleo.
Ahora, mientras las remesas mantienen a Estados Unidos como el principal origen del dinero enviado por migrantes hacia Ecuador, ellos construyeron su vínculo con el país en la otra dirección: Mamazzita sirve los sabores que dejaron atrás y Baru Entertainment pone nuevamente a sonar la música que los acompaña lejos de casa.

