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Hay cosas que tardan un tiempo en construirse y de eso pueden dar fe, sobre todo, los artesanos. Cristian Ávila lo sabe bien porque ha construido con sus manos su carrera musical, una vida en EE.UU., sus canciones, su ‘home studio’ y hasta la manera de contar sus emociones silenciadas por años. Hoy recibe a EL COMERCIO en su casa para contar si se puede vivir de la música.
Al entrar sientes música. Hay más de media docena de guitarras, un charango, un violín, un piano y un par de maracas. Todos los instrumentos tienen aquí su espacio. Este es su estudio y, a la vez, es la sala de su departamento en Burbank, California.
El olor a madera no solo viene de su colección de instrumentos sino también de los muebles. Algunos de ellos –y otros equipos electrónicos– han sido ensamblados por él. Lo de artesano parte de ahí, desde esa literalidad del concepto, hasta el proceso de intención y detalle que emplea en cada una de sus letras y canciones.
Esa creatividad y talento para él “es una bendición”, cuenta. Durante años, ha construido su carrera musical en la que se define como un ‘artesano de canciones’.
‘Artesano’ iba a ser, al principio, solamente el nombre de un álbum, dice. Pero él construye objetos, trabaja como productor, hace canciones y aún más: canta lo que él mismo escribe.
Aunque llegar a ese concepto no fue fácil. Primero debió crear una vida lejos de Ecuador y ese viaje de migrante, precisamente, influyó en esa reconstrucción.
En su escritorio, entre los equipos electrónicos, hay una placa: Alumni Berklee. Ávila salió de Ecuador cuando tenía 23 años para cumplir uno de sus sueños: estudiar en el Berklee College of Music, en Boston. Esto fue posible con becas y ayuda económica de “unos angelitos”, dice.
Después se mudó a Los Ángeles. Había llegado a la capital de la industria del entretenimiento, pero eso no significó que pudiera vivir inmediatamente de su talento. Primero había que entender cómo vivir aquí.
Empezar una vida migrante en Los Ángeles resulta un rompecabezas de logística y de lógicas nuevas por entender. Aquí tener un auto facilita y, a veces, hasta condiciona la movilización. Pero, financiar un vehículo (y también alquilar un departamento) requiere un historial crediticio en EE.UU. Para construir ese historial necesitas tarjetas de crédito y consumo. Y para pagar todo aquello hace falta un empleo, al que debes movilizarte en ese auto; la pieza con la que se inició ese primer golpe de realidad estadounidense.
Cuando mira hacia atrás, describe aquellos primeros meses como “muy traumáticos”. No tenía a nadie en California, debía resolver las piezas, “o aprendía o aprendía”, cuenta.
Una vez acomodadas algunas, su formación en ingeniería de audio le permitió trabajar en postproducción. Mezcló doblajes para proyectos de Netflix, Disney y Amazon, además de audiolibros y ‘voiceovers’.
Pero el sueño por el que había salido de Ecuador todavía ocupaba una parte pequeña de sus días. Para entonces, calcula, solo el 20% de su trabajo era música. Hasta que logró invertir la proporción y encontrar un camino para contar en sus canciones.
Sentado en el piso de su sala-estudio, su rostro muestra varias emociones mientras cuenta lo recorrido como artista migrante en EE.UU. “¿Para quién cantas?”, le pregunto. Piensa durante unos segundos, mientras golpea las yemas de los dedos contra el cuerpo de la que confiesa es su guitarra favorita, apoyada sobre sus piernas.
“Escribo canciones porque siempre fue mi terapia”, responde. “Escribo desde mis emociones para conectar con otras personas; para que puedan reconocerse”, continua.
Pero llegar a hablar de las propias no fue tan sencillo. Cristian aprendió que ser y mostrarse vulnerable, no es malo. Él había crecido bajo la idea de que ciertas emociones era mejor guardarlas, sobre todo, por ser hombre.
Sus canciones son hoy el lugar donde sí puede expresarlas y busca que esa experiencia individual tenga también una utilidad colectiva. Habla abiertamente de su intención de convertirse en un vocero de la salud mental, especialmente de los hombres. “Es algo con lo que yo batallé un montón”, confiesa. “De uno a uno nos vamos identificando y colectivamente también sanamos como sociedad”.
—”¿Y cómo suena ser vulnerable?”.
La respuesta necesita de esa guitarra favorita. Ávila acomoda sus manos sobre las cuerdas y canta:
“Qué difícil es ser vulnerable,
mostrarse al mundo frágil y real…”
Después de años de construir una vida lejos de casa, Ávila quiere que sus canciones hagan el viaje en sentido contrario. Que lleguen a Ecuador, que suenen allí, compartir escenarios con otros artistas ecuatorianos.
Ahora quiere que su música encuentre el camino de regreso a casa, a su país.
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