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Chapecoense: La promesa del último hombre rescatado de los restos del avión

Las secuelas derivadas del accidente del Chapecoense obligaron al brasileño a dejar las canchas. Foto: Cortesía: Helio Neto / Diario El Tiempo de Colombia

Tiene su rostro lleno de sangre. Hay heridas en su cuerpo. Helio Neto mira alrededor y ve que los demás pasajeros están muertos. Logra salir del avión, que quedó destrozado al caer a tierra. Entonces se despierta. Acaba de tener una pesadilla.

El mal sueño le impactó, por supuesto. Pero quiso dejarlo a un lado. Sobre todo porque poco después iba a tener que tomar un vuelo con destino a una gran ilusión: su equipo, el Chapecoense –en el que él jugaba como defensa central– disputaría por primera vez la final de la Copa Sudamericana frente al Atlético Nacional. Toda una hazaña para un equipo modesto como el suyo, que hasta ese momento no había logrado destacar en medio del palmarés del fútbol brasileño. La cita era en el estadio Atanasio Girardot de Medellín. Neto y sus compañeros se embarcaron el 28 de noviembre de 2016 en una nave de la aerolínea boliviana LaMia.

No quería viajar. Tenía mucho miedo –dice Neto, cinco años después de la tragedia–. Ese día me levanté y sentí que había algo diferente. Cuando iba para Bolivia a tomar el avión, le envié un mensaje a mi esposa pidiéndole que rezara porque el sueño había vuelto a mi cabeza y estaba muy nervioso. Pero tenía que calmarme. El partido por el campeonato estaba pendiente y no podía asustar a mis compañeros con lo que había soñado. Quería que estuvieran tranquilos. Fue muy duro porque después de la tragedia, cuando volví a Brasil y los detalles del accidente comenzaron a regresar a mi memoria, me di cuenta de que mi pesadilla fue lo que pasó. De principio a fin. Todo.

En el avión, Neto logró estar tranquilo. Iba sentado en las sillas del medio, rodeado de compañeros que no dejaban de reír y animarse por la victoria que buscaban conseguir. Viajaban setenta y siete personas. Nueve de tripulación, el resto pasajeros –futbolistas, dirigentes, periodistas– que un par de horas después de despegar se rindieron ante el sueño. Hasta el momento en que les anunciaron que estaban por aterrizar en el aeropuerto de Rionegro, en Antioquia. Se alistaron. Pero pasaron los minutos y el avión no llegaba a tierra. Las luces se apagaron. Neto sintió que la nave temblaba, que los motores habían dejado de sonar.

Mis últimas palabras, antes de la tragedia, fueron dirigidas a Dios: sé que estás presente. Te pido que nos ayudes. Si me mantienes con vida, si sobrevivo, voy a dedicarme a comunicarle al mundo que tú existes”.

El vuelo 2933 de LaMia se estrelló poco antes de las diez de la noche contra el Cerro Gordo, a diecisiete kilómetros de la pista de aterrizaje de Rionegro. Sobrevivieron seis personas. Una de ellas, Helio Hermito Zampier Neto, su nombre completo, que entonces tenía 31 años. Fue el último en ser rescatado. Seis horas después del accidente, cuando ya nadie pensaba que podía haber alguien más con vida, un policía oyó un gemido. Luego lo vio.

Helio Neto estuvo diez días en coma inducido con traumas de tórax y craneal y una grave infección. Foto: Tomada de la página del Aeropuerto Rionegro Medellín
Helio Neto estuvo diez días en coma inducido con traumas de tórax y craneal y una grave infección. Foto: Tomada de la página del Aeropuerto Rionegro Medellín

¿Usted recuerda ese momento?

No. Recuerdo bien el accidente, pero del rescate no me acuerdo de nada. Mi esposa fue la que me contó después. Me dijo: Dios fue generoso contigo, porque fuiste el último en ser encontrado. Imagínate gimiendo sin que nadie te alcanzara a escuchar, porque era algo muy débil. Yo estaba sufriendo mucho. Pero después de ese gemido, el dolor físico pasó. Y no recuerdo más.

Neto fue llevado de madrugada al hospital y estuvo en coma inducido durante diez días en busca de salvarle la vida. Con ventilación mecánica, no solo intentaban rescatarlo de un trauma de tórax y de una herida craneal, sino de una grave infección derivada de una bacteria. Entre los sobrevivientes, era él quien se encontraba en estado más crítico. Las horas que había tenido que soportar su cuerpo antes de ser rescatado complicaron más su situación. Cuando logró respirar por su cuenta, no sabía dónde estaba.

Me desperté y vi a mi esposa, a mi papá, a mi hermano, a un gran amigo, un pastor de una iglesia de Brasil. Oí a personas hablando en español. Y entonces me pregunté: ¿estoy en otro país? ¿Por qué mi familia está aquí? En ese momento, lo único que quería era contarle a mi esposa un sueño que había tenido. Porque para mí, durante el coma, yo me encontraba con Dios, fuera del planeta. Si miraba para abajo, veía la Tierra; si miraba para arriba, veía a un ser infinito que me observaba y me hablaba, pero no tenía boca ni ojos. Una forma no humana que me decía que estuviera tranquilo. Eso quería contarle a mi esposa tan pronto me desperté”.

¿No tenía en su mente la tragedia?

Nada. Trataba de encontrar respuestas a todas mis lesiones. No entendía cómo podía estar en un hospital en un estado tan grave.

Los psicólogos recomendaron hablarle de lo sucedido cuando estuviera más estable. Un médico fue quien al final le explicó las razones por las que estaba allí. Neto lloró. 71 personas habían muerto, 19 de ellas eran parte de su vida, compañeros de equipo. Poco a poco empezó a aceptar que por algo estaba vivo, y que debía enfocar las escasas fuerzas que tenía en su recuperación. Llegó a casa, en Chapecó, al sur de Brasil, con los ligamentos de su rodilla derecha destrozados, con una lesión en la columna que le producía dolores terribles, con secuelas del daño pulmonar, con una herida en la cabeza que le dejó una cicatriz profunda. Hoy Neto recorre esa cicatriz con sus dedos, la muestra, como una señal de la muerte que le pasó muy cerca, y también de la vida, que persiste.

¿Qué sintió cuando le dijeron que, por todas estas secuelas físicas, no podía volver a jugar fútbol?

Durante tres años y ocho meses intenté jugar. Cuando tuve un poco más de fuerza y me sentí más preparado para volver, mi columna vertebral  no me lo permitió. Incluso tenía que usar una pequeña bomba para respirar. En un entrenamiento ni siquiera logré quitarme los botines. Sentía mucho dolor. Me hicieron exámenes y vieron inflamación ósea. Había la opción de cirugía, pero era un riesgo muy alto. Los médicos me dijeron: Neto, no hay cómo volver a jugar. Sentí alivio. Yo estaba intentando hacer lo que más amaba, lo que había sido mi pasión desde niño. Pero cuando me dijeron que no tenía más condiciones fue como si me quitaran un peso de encima. Porque no podía pedir más. ¡Estoy vivo! ¿Qué más voy a pedirle a Dios? Si no voy a jugar, podré hacer otras cosas que él tiene planeadas para mí. Dios no me dejó vivo para jugar fútbol.

Aunque no está en las canchas como jugador, Helio Neto sigue conectado con el equipo Chapecoense. Entre otras funciones ha tenido a su cargo las divisiones de menores, en las que está su hijo Helam, de 14 años, uno de los gemelos que tiene con su esposa Simone. Verlo en el campo lo alegra. Incluso dice que su hijo tiene más talento que él. Sin embargo, no quiere presionarlo para que sea jugador porque tiene claro que es una profesión muy difícil.

Sus hijos tenían nueve años cuando usted sufrió el accidente. ¿Cómo afrontaron lo que pasó?

Para ellos fue muy duro. Primero, porque se dieron cuenta de que por poco no consigo estar vivo. Después, al salir del coma, los llamé al celular. Estaban felices porque había sobrevivido. Pero cuando les pasé un video de cómo me encontraba, fue otra tragedia. Notaron mi situación y no quisieron hablar más conmigo. Vieron que estaba muy mal. Al volver a Brasil casi no querían abrazarme. Les daba miedo, por lo magullado que estaba. Tuvieron que ir al psicólogo. Para ellos fue difícil también porque muchos de sus amigos son hijos de los jugadores que murieron en el accidente. Trato de explicarles que la muerte es la ley para todos. Sea en un avión, sea con Covid, sea con cáncer. La muerte no escoge clase social, color, religión. Está para todos y lo importante es tener fe. Creer en Dios cuando todo va bien es muy fácil, creer cuando todo va mal es más difícil. Entender el porqué de las cosas no es sencillo. Yo no quiero comprender, quiero vivir lo que Dios pone en mi corazón.

Esta fe que acompaña a Neto, y que recalca en cada una de sus palabras, no nació en el momento del accidente. Tampoco por el hecho de haber sobrevivido. Está con él desde niño y en especial a partir de su adolescencia, cuando salió de casa para ir tras su sueño de ser futbolista. Se interesó no solo en creer, sino en estudiar a fondo las Escrituras. A su lado siempre está una Biblia. De hecho, entre las ruinas del accidente en el Cerro Gordo, con las hojas rotas y sus esquinas quemadas, encontraron una Biblia que tenía su nombre. Había sido un regalo de su esposa.

¿Todavía la conserva?

Esa Biblia la encontró un periodista brasileño, en la zona de la tragedia, mientras hacía un reportaje. Cuando la abrió, vio que decía: “De Simone, para mi marido, Helio Neto”. Entonces pensó que debía llevársela a mi esposa. En ese momento yo estaba en coma. El periodista –que es muy conocido, se llama Roberto Cabrini– la buscó en el hospital y se la entregó. Pero ella después me decía que le dio temor recibirla. Tenía miedo de quedarse solo con la Biblia. Porque lo que ella quería era regresar conmigo vivo. Por supuesto, hoy tengo esa biblia en mi casa, en Chapecó, muy bien guardada. Para mí es una evidencia de que en todos esos instantes Dios estuvo en control de mi vida.

Hoy Helio Neto comparte su trabajo en el club con otras actividades, como las conferencias que da en diferentes partes del mundo. Volver a subirse a un avión no resultó sencillo al principio: recordaba cada detalle de la tragedia y entraba en angustia. Pero su vida no podía detenerse y logró superar ese temor. Ha hecho cosas que nunca pensaba hacer, como el libro que escribió sobre su vida y que tituló Posso crer no amanhã (Puedo creer en el mañana). Y ahora está en medio de un proyecto que también lo entusiasma: la película que se llamara El último sobreviviente,inspirada en su historia, y que estará dirigida por el cineasta colombiano Gustavo Nieto Roa y producida por Camilo Vidales. El rodaje comenzará a mediados del año entrante y la idea es que un porcentaje de sus ingresos sea destinado a los familiares de las víctimas. Porque, si bien se conocen las causas que llevaron al accidente –principalmente la falta de combustible– muchas cosas quedan por ser aclaradas y, sobre todo, muchas familias siguen pendientes de indemnizaciones que no han llegado.

¿Qué siente al pensar en los culpables del accidente? ¿Hay rencor, hay rabia?

Cuando se habla del accidente se piensa mucho en el piloto. En la gasolina. Pero creo que el piloto y la falta de gasolina fueron los últimos eslabones que llevaron a la tragedia. También estuvo la falta del seguro del avión, las irregularidades en Bolivia. Muchas otras cosas pasaron para que el piloto no pusiera la gasolina. No tengo rencor, no tengo rabia. Pero sí quiero justicia. Que las familias de los que se fueron estén aliviadas. Muchos de mis amigos murieron, sin embargo, sus familiares siguen vivos y algunos están pasando una situación muy difícil. La aseguradora dice que la culpa fue del piloto y no responde. Persiste la impunidad. El Chapecoense terminó por cargar con todas las consecuencias. Quiero que haya justicia. Pero la justicia no existe en nuestro país, ni en América, ni en el mundo.

Usted vio la muerte de frente. ¿A qué le tiene miedo hoy?

A nada. Hoy no hago planes, por ejemplo. Antes de la tragedia tenía planes para dentro de cinco años, dentro de diez. Hoy vivo la vida cada día, sabiendo que se va a acabar. Y que tengo que aprovechar más a mi familia. Los hijos crecen, mi esposa y yo vamos envejeciendo. Las oportunidades se presentan y a veces uno se queda muy quieto, creyendo que esta vida es para siempre. Muchas veces pensamos solo en trabajo y trabajo, en éxito y más éxito. No en la familia. Antes me daba miedo la muerte, ya no. Dios me dio la oportunidad de seguir con vida, pero hoy no vivo para mí: vivo para los demás.

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