23 de septiembre de 2018 00:00

Sus hijos aprenden sin ir a ningún plantel

Rodrigo Larco y su hijo José (foto superior izq.), en la biblioteca Pablo Palacio.

Rodrigo Larco y su hijo José, en la biblioteca Pablo Palacio. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

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Mariela Rosero
Editora (I)

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María Cristina Hernández es diseñadora gráfica, al igual que su esposo Rodrigo Larco. Desde hace tres años, ambos son los profesores de sus hijos José Daniel y Anaís, de 10 y 12 años. Los padres no somos médicos pero si se enferman -defiende- los atendemos. “El amor nos hace hallar las herramientas”.

En Ecuador no hay un registro del número de homeschoolers (niños y adolescentes que se educan en casa, fuera del sistema escolarizado). La modalidad está reconocida desde el 2009. Hubo un ajuste en el acuerdo ministerial 067-13-A, de abril del 2013, que rige.

Pero según la normativa, a esta oferta diferente a la educación a distancia, solo pudieran acceder chicos que hagan actividades extracurriculares, por las que representen al país; o con enfermedades comprobadas; migrantes; y quienes vivan lejos de escuelas.

Ninguno de esos puntos impulsó a familias como la de José Daniel y Anaís a pasar de la educación formal, a la de casa.

Al niño, su maestra le repetía que se calle y que era molestoso. Sin malicia adelantaba a sus compañeros contenidos de la clase del día. Los conocía por Anaís, a quien oía estudiar. Esa hostilidad le causó estrés y resistencia a ir a la escuela.

Los test psicoeducativos dijeron que solo tenía otra forma de aprender. Probaron en otro plantel y no mejoró. La madre buscó alternativas y dio con la modalidad de Homeschooling. Fue al Ministerio de Educación y supo que era legal, que había forma de vincularlos a una escuela, para evaluaciones y obtener pases de año, sin que asistan a ella.

Así conoció a otros padres como Alexandra Torres, quien formó a sus hijos hasta el bachillerato en su hogar, en Tumbaco, sin ser pedagoga. En la secundaria, un tutor le ayudó con Física, Química y Matemáticas. Aprenden con proyectos y por intereses, por ejemplo visitan a las ballenas y conocen de los mamíferos; experimentan; José Daniel siguió el crecimiento de un renacuajo, lo cuidó y escribió sobre él.

Rosana Ríos y Timoteo en casa de A. Torres. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Rosana Ríos y Timoteo en casa de A. Torres. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO


El sistema escolar -anota Torres- no ve las particularidades del niño, su madurez emocional, ritmo, si otro lo pisotea o si está preparado para pasar sentado dos o tres horas.

Ese punto ha sido investigado por Danilo Rodríguez, PhD y experto en cronobiología humana. Los horarios escolares, dice, no ven ritmos biológicos. “El 69% de alumnos de Quito no duerme lo necesario”.

Los hijos de Torres, Raquel y Benjamín, de 23 y 21, llegaron a la universidad. Estos chicos sortean exámenes de graduación, como los demás, pero en fechas establecidas y tomados individualmente. Ella se graduó de nutricionista y lejos de sentirse criada en una burbuja, dice que le pareció que sus compañeros actuaban descontrolados, “como si hubieran vivido encerrados. Socializar para ellos era no asistir a clases, copiar y beber”.

A esa familia la mueve además la fe religiosa. Los adventistas llevan más de 20 años, en Ecuador, con esta modalidad de educación. Y son sus planteles en donde más apertura tienen estas familias. Aunque en todos los centros es posible matricularse como homeschooler. Hasta fines de mes, el Ministerio actualizará la norma. Y dará más guía en distritos y ampliar las posibilidades, ya que los argumentos de los padres han rebasado los motivos para elegir esta opción.

Los hijos de Paulina Bravo se juntan con los de Adrián y Alexandra en el parque. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Los hijos de Paulina Bravo se juntan con los de Adrián y Alexandra en el parque. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO


Andrea Egas es coordinadora pedagógica de la Red de Colegios Adventistas. Acá suman 14, pero los de Quito, Guayaquil y Ambato son ‘anclas’ de homeschoolers del país.

El ciclo pasado tenían 30 matriculados, que pagan -precisó- la mitad de la pensión al mes. Les dan el currículo, les hacen seguimiento y evaluaciones.

La Cartera no sabe cuántos alumnos hay educándose en casa. Ajustan -dicen- el sistema de inscripción para identificarlos. Además, hay quienes se ligan a centros como West River Academy, de EE.UU. Otros aprovechan que el Ministerio no los tiene identificados y legalizan su situación como un alumno más.

Es el caso de Paulina Bravo; dejó de ser docente de inglés, para educar en casa a Lucas y Elisabeth, de 10 y 5, desde el ciclo pasado. Pagan USD 330 al año. La escuela, creada en 1993, respalda legalmente a homeshoolers, otorgándoles los pases de año. No es la única, usada por ecuatorianos.

Bravo está en contacto con 15 familias de Quito y más en Imbabura y Manabí. Con sus hijos visitan museos y se juntan para jugar, almorzar, etc.

“El interés por la alternativa crece”, afirma la francesa Anne Charvet, aunque no tiene cifras. La buscan padres pidiéndole orientación desde Ibarra, Machala, Lago Agrio. Ha educado en casa a sus hijos, de 24, 20 y 14. La primera y el segundo cursan Medicina y Finanzas, en Argentina y EE.UU.

En universidades de ese último país, los homeschoolers -apunta- son prioridad. Es una ventaja que se pregona sobre este tipo de educación personalizada. Su hija -dice- dio el examen en una ‘U’ local y sacó el puesto 14 entre 1 400 chicos.

“El sistema encajona”, señala. Coincide con Egas. La oferta, creen, debe difundirse para evitar deserción y rezago escolar. En el ciclo 2016- 2017 hubo 106 915 alumnos desertores, 57% de básica. La Cartera señala que lo hacen por falta de dinero, trabajo, desmotivación, embarazo, ubicación geográfica y autodefinición étnica.

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