15 de June de 2009 00:00

Los festejos del Septenario se viven en Cuenca

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Redacción Cuenca

Las luces multicolores que se desprenden de los juegos pirotécnicos parecen adivinar el camino al cielo. En estos días, las noches están más iluminadas y alegres en Cuenca. Es que mucha gente participa en la fiesta del Corpus Christi o Septenario.

Como en todo el país, durante siete días, los cuencanos rinden culto al Santísimo Sacramento. En Cuenca empezó la mañana del jueves último con un pregón festivo, en la tarde la Hora Santa y en la noche una ceremonia religiosa con una procesión que lleva la imagen del Santísimo. 

Se trata de una de las más  antiguas expresiones de fe del calendario católico que reúne a gente de toda edad y condición social. Es un pretexto para pasarlo en familia,  la fiesta se enciende en la noche, con el  ruido de los juegos pirotécnicos y bandas de pueblo.

Cada día financia la fiesta un prioste que con un derroche de pirotecnia  encanta a los presentes por la noche. La fiesta se complementa con la venta de los tradicionales dulces de Corpus.

Este año hay 82 puestos y pertenecen a las mismas familias que salieron el año anterior, pues la idea es mantener la tradición heredada. Las carpas se levantaron en las aceras de las calles Sucre (junto a la Catedral), Benigno Malo y Luis Cordero, alrededor del céntrico parque Calderón.

En estos días, el Centro Histórico cobra vida, color y aroma con la presencia de los exquisitos manjares presentados sobre amplios manteles blancos.   Al pasar por los puestos el olor de dulces frescos atrae hasta las abejas que celosamente extraen la miel.

Zoila Luzuriaga, de 49 años, es una de las mujeres que heredó de su madre  elaboración y venta de dulces en ésta época. Sabe preparar una infinidad de bocaditos de harina, miel, leche, coco...

En estos días, a Luzuriaga quien ubicó su puesto en el portal que da a la calle Luis Cordero le ayuda su hija, Catalina Liger (31 años). Cuenta que en estos días su madre vive un intenso ajetreo, pues distribuye el tiempo entre preparar las golosinas y la venta.

Recién la tarde del jueves regresó de hornear panes de viento, alfajores, roscas de yema, arepas y quesadillas. En cambio, Rosa Elena Toral, de 87, solo se dedica a la venta de las golosinas que elaboran otras  artesanas cuencanas.

A los vendedores de los 82 puestos se les impusieron algunas normas para el manejo y la venta de los dulces como usar delantal, gorro, guantes y pinzas para manipular las golosinas. No deberán tener bisutería en las manos y deberán cubrir los dulces con fundas plásticas para evitar el polvo.

Asimismo, disponer de recipientes con tapa para guardar la basura, no vender bebidas alcohólicas y tampoco podrán dormir en los puestos, precisó Sonia Arévalo, del Centro Histórico. Según ella, de esta forma se preserva la salud de los  consumidores.

En las noches, el episodio más importante son las luces artificiales que se desprenden de la pirotecnia. Con la quema del último castillo, cerca de  las 22:00,
termina un día más de celebración. Poco a poco la gente se retira a sus hogares con la esperanza de participar en la siguiente noche.

Fervor religioso

Cada día   la celebración se inicia con una misa en honor al Santísimo, en la Catedral de la Inmaculada. La gente llena la iglesia para rendir culto a la imagen.

Los precios   son iguales al año pasado. Desde USD 0,10 hasta USD 0,60 las quesadillas y cocadas. También hay dulces  como  caramelos, gomitas, chicles...

Entre los  priostes calificados están el Municipio, la Universidad Católica, organizaciones de comerciantes, industriales y profesionales de la capital azuaya.

En la víspera   hubo problemas con las comerciantes de flores, que  hace un año fueron ubicadas junto a la Catedral. La Comisión de Centro Histórico las ubicó
en la plazoleta de Las Flores.

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