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El migrante que llega pernocta en la calle en Santo Domingo de los Tsáchilas

Grupos de personas se ubican en los alrededores de la terminal terrestre de Santo Domingo de los Tsáchilas. Foto: Bolívar Velasco / EL COMERCIO

En grupos de hasta seis y abrazados unos a otros en medio de mochilas y sábanas, aparecen los migrantes recién llegados a tierra Tsáchila, tanto en calles como en redondeles.

Lo hacen en horas de la noche y con el amanecer se los observa sentados en esos espacios públicos. Los ciudadanos de Venezuela, que no tienen dónde pernoctar en esta provincia, cada vez más recurren a las calles aledañas a la terminal terrestre, un obelisco y a una antigua gasolinera para aguardar hasta que su situación económica mejore.

Estos casos repuntaron en los últimos cinco meses, luego de que se registrara una baja considerable el año pasado, debido al inicio de la pandemia por el covid-19.

La emergencia sanitaria significó un éxodo obligado a otras zonas del país ante la falta de oportunidades, sobre todo, de empleo, en la provincia Tsáchila, que tomó medidas para contener el avance del virus. El cierre de la frontera con Colombia, en Ipiales, en marzo del año pasado, también incidió en el flujo de ingresos.

En los registros de la Asociación de Venezolanos en Santo Domingo constaban 8 000 ciudadanos hasta el 2019. En marzo pasado, tras un sondeo que se hizo, se obtuvieron datos de entre 400 y 500, asegura la vicepresidenta de la organización, Maribel Díaz.

Ella trabaja de manera directa con las oenegés Hias, Acnur y el Consejo Noruego, para levantar un nuevo diagnóstico actual con el fin de conocer el número de migrantes existentes y cómo está su estatus de permanencia en el país y situación económica.

De las informaciones iniciales se encontró que hay un retorno progresivo, pero hacen una estancia temporal.
Según Díaz, sus compatriotas no buscan quedarse, sino reunir dinero para continuar su viaje con destino a Perú y alquilar un cuarto mientras están de paso por Ecuador.

En el redondel Sueño de Bolívar, en el ingreso a Santo Domingo, la espera por un trabajo se vuelve angustiante para ellos, en especial en estos días de mucho frío y niebla.

Ayer, por ejemplo, una persona llegó con su camioneta con el fin de contratar a cinco trabajadores para construir un conjunto de pozos sépticos.

El llamado del hombre se expandió rápidamente en el lugar e hizo que al menos 10 personas rodearan el vehículo para ser seleccionados.

René Torrado no logró ser contratado. Él ha trabajado en varias labores eventuales desde hace 15 días, cuando llegó a la provincia, por las cuales le pagan USD 8 al día.

No todos los días llega alguien que le dé empleo y por eso no ha podido reunir dinero para alquilar el cuarto que desea con prisa, para alojarse con sus cuatro amigos que lo acompañan desde su natal ciudad de Barquisimeto.

Detrás de Torrado estaba Daniel Pérez, quien lleva dos días sin salir a un jornal. “Chamo, aquí estoy como rezándole al Libertador para que me salga un trabajo”, contaba mientras apuntaba a la efigie en honor a Simón Bolívar, que está en el centro del redondel.

Este punto se ha convertido en su dormitorio improvisado, pero también es como una vitrina para la oferta de mano de obra, exclusiva para ellos.

La avenida Abraham Calazacón, que cruza por la terminal terrestre, en cambio, la emplean para descansar. Ahí se los observa en el acceso a las instalaciones con niños y mujeres, que cuando despiertan, recurren a la solicitud de dinero a otros viajeros.

Otro lugar está en el kilómetro 4 de la vía Santo Domingo-Quevedo, dentro de una gasolinera abandonada.
Ahí los migrantes se organizan cada noche para dormir y se ocultan de la luz de la calle con sábanas que cubren los fierros oxidados de las viejas ventanas de unas oficinas.

Daniel Regalado, presidente de la Asociación de Venezolanos en Ecuador, explica que la situación de sus compatriotas se mantiene precaria.

La pandemia por el covid-19 y la falta de regulación los llevó a exponerse aún más a la vulneración de sus derechos, que se refleja en una baja compensación salarial.

Regalado pone como ejemplo una frase que escucha repetidamente. “Que le estamos robando la plaza de trabajo al ecuatoriano. No es así, sino que el empleador es el que ofrece pagos irrisorios, y con la necesidad que tienen nuestros hermanos, terminan aceptándolo”, comenta.

La crisis migratoria ya venía desde antes para los extranjeros, pero se profundizó con el refuerzo de los controles en las fronteras y el cierre del acceso. Eso provocó una reducción en los movimientos migratorios.

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