Lo que le pasa al cerebro de tu hijo cuando las pantallas llenan sus vacaciones

La ciencia explica qué ocurre en el cerebro de niños y adolescentes cuando las pantallas llenan el tiempo libre en vacaciones.

“Mensajes de voz para Isabelle” es una popular película original de Netflix que combina comedia, drama y romance.

Primer día de vacaciones escolares. Los niños de la Sierra y la Amazonía de Ecuador se despiertan sin la presión de la hora ni de las alarmas. Antes de ni siquiera desayunar, padres y madres cada vez más afrontan un pedido: dame el celular. Y si las reuniones del trabajo ejercen presión y no hay un plan previamente diseñado, ceden al aparato. Dos horas después, cuando quieren recuperar el dispositivo, la reacción suele ser desproporcionada: llanto, gritos, negativa. No es mal comportamiento. Es neurología.

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Las vacaciones escolares para más de seis mil menores de edad ya arrancaron. Y los próximos dos meses representan un desafío. ¿Cómo ocupar el tiempo libre de niños y adolescentes sin que las pantallas se conviertan en la única respuesta? Lo que pocos padres saben es que detrás de esa negociación cotidiana ocurre algo medible en el cerebro en desarrollo.

📊 Un problema que empieza antes de las vacaciones

El dato de partida ya era preocupante durante el año escolar. Según el estudio SENA-UIO 2025, de la Secretaría de Salud del Municipio de Quito, los menores de 5 a 19 años pasan en promedio cinco horas al día frente a pantallas con fin recreativo. Ese número, advierten los especialistas, se dispara en vacaciones. En esta época desaparece la estructura del horario escolar. Muchos padres siguen trabajando y el tiempo libre sin actividades planificadas convierte a los dispositivos en la opción más accesible.

“Durante el año escolar, la estructura de rutinas y horarios limita el tiempo total de pantallas y permite periodos de recuperación”. Así lo explica el neurólogo pediatra Nicolay Astudillo.

“En vacaciones, la ausencia de estructura facilita el uso prolongado e intensivo sin interrupciones, lo que amplifica la desregulación del sistema de recompensa, altera más el sueño y reduce oportunidades de estimulación variada“.

🧠 ¿Qué ocurre en el cerebro?

Cuando un niño pasa horas frente a una pantalla, su cerebro recibe una estimulación constante y rápida. Esto activa las vías visuales y de recompensa de forma repetida. Eso lleva, según Astudillo, a una disminución de las conexiones neuronales necesarias para el aprendizaje profundo. Las estructuras más afectadas: la corteza prefrontal, que controla la toma de decisiones e inhibición de impulsos. El sistema de recompensa, formado por el núcleo accumbens (el centro cerebral que procesa el placer y la motivación). Y las vías dopaminérgicas (los circuitos que transportan dopamina, el neurotransmisor del placer); y la sustancia blanca que conecta las áreas de lenguaje y atención.

El mecanismo central es la dopamina. “Las notificaciones, los ‘likes’ ‘y los progresos en los juegos generan picos de dopamina similares a las recompensas variables, como las tragamonedas, reforzando el comportamiento y creando adicción”, describe el especialista. Con el tiempo, ese ciclo produce desensibilización. El cerebro necesita cada vez más estimulación para obtener el mismo nivel de placer. Esto hace que las actividades sin pantalla resulten menos atractivas por comparación.

Este fenómeno tiene respaldo en neuroimagen. El estudio ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), financiado por el Instituto Nacional de Salud de EE.UU. y el más grande sobre desarrollo cerebral infantil, hizo seguimiento durante 10 años a más de 11 500 niños con resonancias magnéticas. Sus resultados muestran que un mayor tiempo frente a pantallas se asocia con menor grosor de la corteza cerebral. También se vincula a menor volumen de materia gris en áreas vinculadas a la memoria, las funciones ejecutivas y la atención.

Paralelamente, una revisión publicada en la revista científica Advanced Science en 2024 encontró que el uso de TV y videojuegos se asocia con menor volumen cerebral en 32 regiones. Mientras que la lectura se asocia con mayor volumen en 85 regiones.

🔍 Los adolescentes, los más vulnerables

No todos los cerebros responden igual. Astudillo identifica dos ventanas de vulnerabilidad crítica: los primeros tres a cinco años de vida. En estos años ocurre la mielinización y la formación de redes sensoriales y de lenguaje. Agrega la adolescencia temprana, cuando el cerebro experimenta la poda sináptica (el proceso natural en que el cerebro elimina conexiones neuronales poco usadas para volver más eficientes las que sí se usan) y la maduración de la corteza prefrontal.

En el caso de los adolescentes, la vulnerabilidad tiene una explicación estructural. “Su sistema límbico -el de la recompensa- madura antes que el prefrontal -el del control-, lo que genera mayor búsqueda de novedad y riesgo, con menor capacidad para detenerse”, señala el neurólogo. Esa brecha entre ambos sistemas explica por qué un adolescente de 15 años puede saber que debería apagar el teléfono y aun así no lograrlo.

La psicóloga del desarrollo Gabriela Romo, docente de la USFQ, confirma esa diferencia desde la conducta. En un niño de 5 años, el desarrollo ocurre principalmente a través del juego, el movimiento y la interacción con los adultos. Si la pantalla reemplaza esas experiencias durante muchas horas al día puede afectar el desarrollo del lenguaje, la atención y la regulación emocional. En un niño de 10 años, lo que se ve afectado son oportunidades de practicar habilidades sociales. Estas solo se desarrollan en la interacción con otros.

Y para el adolescente, el riesgo más inmediato está en el sueño, la actividad física y el bienestar emocional. “En los adolescentes también es frecuente que se inviertan los horarios de sueño”, advierte Romo. “En la consulta, varios adolescentes me han contado que se hacen los dormidos y luego se quedan en el celular hasta la madrugada.”

🏥 Lo que llega a la consulta tras vacaciones

La psicóloga clínica Marlene Santillán, del Hospital Baca Ortiz de Quito, atiende con frecuencia a familias que regresan de las vacaciones con señales de alarma. Los síntomas físicos más comunes son:

  • Alteraciones del sueño y dificultad para conciliar el sueño
  • Cansancio visual y sequedad ocular
  • Cefaleas tensionales
  • Contracturas musculares derivadas del sedentarismo y la mala postura del cuello

Pero el daño más profundo ocurre durante las noches. “El impacto del uso de dispositivos durante la noche es muy fuerte, porque afecta el desarrollo cognitivo, emocional y conductual”, describe Santillán. “Se bloquea la producción de neurotransmisores fundamentales como la hormona del crecimiento, la serotonina, la dopamina y la melatonina, que se activan durante el sueño temprano y son los encargados de propiciar la estabilidad emocional”. La consecuencia clínica de esa alteración incluye:

  • Déficit de atención y concentración
  • Problemas de memoria
  • Somnolencia diurna
  • Irritabilidad, impulsividad y baja tolerancia a la frustración
  • Mayor riesgo de desarrollar sintomatología ansiosa o depresiva

Santillán también distingue entre dos niveles de problema. El uso problemático es un comportamiento inadecuado pero modificable con pautas familiares. El uso patológico, en cambio, altera la neurobiología del cerebro y requiere un abordaje médico y psicoterapéutico profesional.

Las señales que ameritan consulta especializada:

  • Somnolencia inusual
  • Desinterés absoluto por actividades que antes entusiasmaban al niño
  • Irritabilidad inconsolable que no cede con métodos habituales
  • Cambios drásticos en la alimentación
  • Regresiones conductuales, como que un niño que ya no se orinaba en la cama vuelva a hacerlo
  • Ansiedad de separación extrema-que pueden ser señal de estrés ante el cambio de rutina.

La especialista califica la situación actual como una “epidemia silenciosa” de sedentarismo digital que está transformando el perfil emocional de niños y adolescentes.

✅ ¿Qué hacer? lo que la ciencia recomienda

La buena noticia, subraya Astudillo, es que el cerebro infantil tiene plasticidad. “La plasticidad permite reversibilidad, especialmente si se actúa pronto”. La mejora en atención y comportamiento puede notarse en días o semanas al reducir el uso intensivo de pantallas y reemplazarlo con actividad enriquecedora.

Los especialistas coinciden en que la solución no es la prohibición sino el equilibrio con estructura. Santillán propone un orden claro para el día de vacaciones:

  • Actividad física de al menos 60 minutos -preferiblemente en las primeras horas de la mañana con luz solar. Esto busca sincronizar el reloj biológico y favorecer la síntesis de vitamina D
  • Cinco comidas regulares para evitar el picoteo por aburrimiento o ansiedad
  • Pantallas como último eslabón del día, solo cuando las necesidades básicas estén cubiertas.

Advierte además sobre el “desfase horario social”. Aunque en vacaciones es válido dormir un poco más, el horario de acostarse no debería variar más de 60 a 90 minutos respecto al período escolar. De esta forma se evita que el regreso a clases sea un choque para el organismo.

Los límites de tiempo por edad que recomienda Santillán son:

  • Cero pantallas para menores de 2 años
  • Máximo una hora diaria para niños de 2 a 5 años
  • Hora y media máximo para niños de 6 a 10 años; y máximo dos horas de uso recreativo para adolescentes.

Romo recomienda establecer desde el inicio de las vacaciones cuándo y cuánto tiempo se usarán las pantallas. Y anticipar el final: “Puedes jugar media hora y después vamos a salir al parque”. Cuando llega el momento, la clave es validar la emoción sin ceder al límite. “Sé que te da pena apagar el juego porque la estabas pasando muy bien, pero ahora es momento de hacer otra actividad”. Devolver el dispositivo ante cada rabieta, advierte, enseña al niño que esa estrategia funciona.

Ojo con la tecnointerferencia

Un aspecto que pocas veces se discute: las pantallas también afectan a los adultos. Romo señala que existe un fenómeno llamado tecnointerferencia, en el que el celular del padre o la madre interrumpe la interacción con sus hijos. Su recomendación es concreta: establecer momentos en los que nadie use pantallas. Esto puede ser durante las comidas, mientras cocinan, cuando salen a caminar, al jugar un juego de mesa. Y recuperar una práctica sencilla que fortalece el vínculo.

“Algo que a mí me gusta mucho hacer con mis hijos es conversar un ratito antes de dormir. Les pregunto cómo estuvo su día, qué fue lo que más les gustó, si hubo algo que les preocupó”.

El aburrimiento es una oportunidad

Los especialistas defienden también el aburrimiento. “Cuando un niño se aburre, su cerebro empieza a buscar alternativas: inventa juegos, crea historias, explora, construye, resuelve problemas”, explica Romo. “Si cada momento de aburrimiento se resuelve entregando una pantalla, el niño tiene menos oportunidades de desarrollar esa capacidad de crear y regularse por sí mismo”.

El objetivo final de unas vacaciones bien gestionadas no requiere actividades costosas ni agenda llena. “Si al terminar las vacaciones un niño jugó, se movió, descansó, se sintió querido, tuvo momentos de conexión con las personas importantes para él y también disfrutó de la tecnología de forma equilibrada, probablemente habrá tenido unas vacaciones emocionalmente saludables”, enfatiza Romo.

“Las vacaciones no deberían ser solo una pausa del colegio, sino una oportunidad para fortalecer aquello que más protege la salud mental de los niños: el juego, el vínculo con quienes quieren y el tiempo para simplemente ser niños”.


Cinco preguntas sobre vacaciones escolares y pantallas

❓ ¿Qué le pasa al cerebro de un niño cuando pasa mucho tiempo frente a pantallas en vacaciones?

Según el neurólogo pediatra Nicolay Astudillo y estudios internacionales, el uso excesivo de pantallas genera una estimulación constante de las vías de recompensa del cerebro que activa picos repetidos de dopamina -el neurotransmisor del placer- creando un ciclo similar al de las sustancias adictivas. El estudio ABCD, financiado por el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y el más grande sobre desarrollo cerebral infantil con más de 11 500 niños seguidos durante 10 años, encontró mediante resonancias magnéticas que un mayor tiempo de pantalla se asocia con menor grosor cortical en áreas vinculadas a la memoria, la atención y las funciones ejecutivas.

❓¿Cuánto tiempo de pantalla pueden tener los niños en vacaciones según su edad?

La psicóloga clínica Marlene Santillán, del Hospital Baca Ortiz de Quito, establece los siguientes límites: cero pantallas para menores de 2 años, ya que aumentan el riesgo de retrasos en el desarrollo psicomotor y el lenguaje; máximo una hora diaria para niños de 2 a 5 años; máximo hora y media para niños de 6 a 10 años; y máximo dos horas de uso recreativo para adolescentes. El ocio digital, recomienda la especialista, debe ser el último elemento del día, una vez cubiertas las necesidades básicas y las actividades.

❓¿Por qué los niños se portan peor cuando les quitan el celular en vacaciones?

Según la psicóloga del desarrollo Gabriela Romo, de la USFQ, esa reacción no es necesariamente una señal de dependencia sino de dificultad para regular la frustración ante el fin de una actividad placentera. La clave está en anticipar el cambio: avisar con tiempo y explicar qué actividad viene después. Romo recomienda decir, por ejemplo: “Puedes jugar media hora y después vamos a salir al parque”. Cuando llega el momento, propone validar la emoción sin ceder al límite: “Sé que te da pena apagar el juego porque la estabas pasando muy bien, pero ahora es momento de hacer otra actividad”.

❓¿Son más peligrosas las pantallas en vacaciones que durante el año escolar?

Sí, según los especialistas consultados por El Comercio. El neurólogo pediatra Nicolay Astudillo explica que durante el año escolar la estructura de rutinas y horarios limita el tiempo total de pantallas y permite períodos de recuperación. En vacaciones, la ausencia de esa estructura facilita el uso prolongado e intensivo sin interrupciones, lo que amplifica la desregulación del sistema de recompensa, altera más el sueño y reduce las oportunidades de estimulación variada. A eso se suma que muchos padres siguen trabajando y el tiempo libre sin actividades planificadas convierte a los dispositivos en la opción más accesible.

❓¿Qué actividades recomienda la psicología para equilibrar las pantallas en vacaciones?

Los especialistas no hablan de eliminar las pantallas sino de equilibrarlas con estructura. La psicóloga Gabriela Romo recomienda permitir momentos de aburrimiento —que activan la creatividad y la capacidad de regulación emocional—, establecer horarios predecibles sin rigidez escolar, y priorizar juego libre, actividad física, lectura y tiempo en familia sin dispositivos. La psicóloga clínica Marlene Santillán agrega que la actividad física de al menos 60 minutos diarios, preferiblemente en las primeras horas de la mañana con luz solar, es “el antídoto natural contra la dopamina artificial de las pantallas”, y que el ocio digital debe reservarse para el final del día.

❓¿Cuáles son las señales de alerta para llevar a un niño al especialista durante las vacaciones?

Según Marlene Santillán, del Hospital Baca Ortiz, más allá del uso de pantallas hay señales que ameritan consulta: somnolencia inusual o desinterés absoluto por actividades que antes entusiasmaban al niño, irritabilidad inconsolable que no cede con los métodos habituales, cambios drásticos en el patrón alimentario, y regresiones conductuales como volver a orinarse en la cama o presentar ansiedad de separación extrema. Santillán distingue además entre uso problemático —modificable con pautas familiares— y uso patológico, que altera la neurobiología del cerebro y requiere abordaje médico y psicoterapéutico profesional.


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