
Miles de personas atraviesan diariamente el Centro Histórico de Cuenca. Caminan por la calle Bolívar, ingresan a la calle Santa Ana, recorren los establecimientos comerciales del sector y levantan la mirada hacia las cúpulas celestes de la Catedral de la Inmaculada Concepción.
Pocos imaginan que, bajo una parte de ese mismo espacio, todavía permanecen pisos, cimientos y restos humanos asociados con otra iglesia. No era una capilla secundaria ni una construcción marginal.
La iglesia de la Compañía de Jesús fue considerada una de las edificaciones religiosas más importantes de la Cuenca virreinal. Su presencia dominó durante décadas una manzana estratégica ubicada al occidente de la Plaza Mayor, en el actual corazón de la ciudad.
Hoy no queda una fachada que permita reconocerla. Tampoco existe una fotografía completa del edificio. Su imagen debe reconstruirse a partir de documentos coloniales, planos, excavaciones y comparaciones con otros templos de la época.
Esa ausencia resulta especialmente llamativa en una ciudad cuya identidad se encuentra profundamente vinculada con sus iglesias.
La Compañía de Jesús se estableció en Cuenca alrededor de 1638. La referencia más antigua conocida sobre la construcción de su iglesia corresponde a 1661, cuando el napolitano Marcos Guerra contrató a los canteros indígenas Bartolomé Cubaycango, Pablo y Juan Paraypuma para trabajar en el colegio y el templo jesuita.
El documento establecía que la edificación debía levantarse tomando como referencia la iglesia de Santa Teresa de Jesús de Quito, actualmente conocida como Carmen Alto. También indicaba que debía tener dos torres y que la piedra sería obtenida de una cantera cercana a Cuenca.
Juan Pablo Vargas Díaz, arqueólogo y uno de los autores de la investigación sobre el templo, sostiene que la iglesia fue probablemente el edificio religioso más importante de la ciudad virreinal.
“Diversas fuentes históricas la describen como la construcción más sobresaliente de Cuenca. Incluso el padre Juan de Velasco llegó a calificarla como la mejor de todas”, explica.
El templo no funcionaba de manera aislada. Formaba parte de un complejo religioso, educativo y cultural administrado por los jesuitas. Su arquitectura representaba no solo su poder espiritual, sino también la influencia intelectual y económica alcanzada por la orden en la Real Audiencia de Quito.
Un plano elaborado en 1729 por Manuel Núñez de la Cruz permite observar sus cúpulas y ubicar el complejo dentro de la manzana. La iglesia atravesaba el terreno en dirección norte-sur, con su acceso principal orientado hacia la actual calle Bolívar.
Las investigaciones calculan que pudo medir aproximadamente 45 metros de largo y algo más de 19 metros de ancho, con una superficie cercana a los 875 metros cuadrados.
Tenía una sola nave cubierta por una bóveda de cañón, varias cúpulas, altares laterales, un púlpito de madera, un órgano en una caja dorada, una pila bautismal de mármol y cuatro campanas en una de sus torres.
El altar mayor contenía imágenes religiosas y pinturas dedicadas, entre otras figuras, a la Inmaculada Concepción y a san Francisco Javier.
Los vestigios del templo comenzaron a adquirir una nueva dimensión durante los trabajos de recuperación de la calle Santa Ana.
En aquel momento existía una construcción que interrumpía parcialmente el paso. La intervención buscaba determinar si ese inmueble poseía valor patrimonial y si conservaba componentes antiguos.
Vargas recuerda que se realizaron estudios de arqueología de la arquitectura para conocer la antigüedad de las paredes y de sus materiales. Los análisis determinaron que parte de la edificación había sido levantada con elementos reutilizados procedentes de otros inmuebles.
Después de retirar esa construcción y ampliar las investigaciones, aparecieron evidencias relacionadas con ocupaciones anteriores de la manzana.
“Lo que se identificó fueron pisos de ladrillo colonial de gran formato y, debajo de ellos, restos humanos que permanecieron en el lugar porque no era necesario levantar todo el pavimento”, señala el arqueólogo.
Las excavaciones también identificaron canales asociados con la recolección y conducción de agua, restos óseos en otros puntos del terreno y el cimiento de una de las paredes del antiguo templo, construido con grandes cantos rodados unidos con argamasa de cal y arena.
Para Vargas, esos hallazgos confirman que la iglesia no desapareció completamente. “En el centro histórico todavía existe una iglesia enterrada. Permanecen pisos, paramentos y estructuras que no han sido investigados en su totalidad”.
Los restos humanos hallados bajo los pisos forman parte de las prácticas funerarias de la época.
Antes de la creación de los cementerios municipales, los templos y hospitales asumían buena parte de los entierros.
Las iglesias funcionaban como espacios de culto, pero también como lugares destinados al rito funerario.
La posición de las sepulturas podía reflejar la jerarquía social de los fallecidos. Las personas con mayores recursos o reconocimiento eran enterradas cerca del presbiterio o del altar. Quienes tenían menos poder económico ocupaban sectores más alejados, próximos a las entradas o a los atrios.
Los documentos históricos mencionan entierros específicos dentro de la iglesia jesuita. Las excavaciones, por su parte, localizaron restos humanos cerca de lo que habría sido el presbiterio y en áreas vinculadas con el antiguo atrio.
Esta dimensión convierte al sitio en algo más que los restos de un edificio. Bajo el suelo también se conservan fragmentos de la organización social, religiosa y funeraria de la Cuenca colonial.
El declive comenzó en 1767, cuando la monarquía española expulsó a los jesuitas de sus territorios americanos. Sus propiedades quedaron abandonadas o pasaron a otras administraciones.
Dos años después, Cuenca fue designada sede episcopal y surgió la necesidad de contar con una catedral. Durante un tiempo se consideró adaptar el antiguo templo jesuita para esa función. La posibilidad no prosperó. A finales del siglo XVIII, los informes describían grietas en las bóvedas, daños en los muros y el colapso de parte de la sacristía. Las reparaciones resultaban costosas y la construcción continuó deteriorándose.
Sin embargo, el edificio no permaneció totalmente inutilizado. Hubo reparaciones y volvió a utilizarse en determinados períodos. En 1815, incluso se advirtió que resultaría cuestionable derribarlo debido a su “conocido mérito”.
Durante el siglo XIX, los daños se agravaron. Un terremoto ocurrido en 1887 afectó a numerosas construcciones de la ciudad. Una comisión técnica encontró problemas en las cúpulas, los arcos y las paredes del presbiterio, aunque señaló que no existía un peligro inmediato de colapso.
Aquella conclusión abrió una disputa que fue mucho más allá de la ingeniería.
A finales de la década de 1880, el destino del templo enfrentó al obispo Miguel León y al gobernador Antonio Borrero.
León impulsaba la construcción de una nueva catedral monumental. La antigua iglesia jesuita ocupaba parte del espacio requerido para desarrollar el presbiterio del nuevo proyecto.
Borrero, en cambio, defendía su conservación. En su correspondencia la describió como un monumento artístico y religioso que debía mantener viva la memoria de la presencia de la Compañía de Jesús en Cuenca.
Según María Tómmerbakk Sorensen, investigadora independiente, los documentos analizados muestran que Borrero insistió en que la iglesia podía ser reparada. También advirtió que, una vez demolida, el terreno podía terminar destinado a cafés, clubes y otros usos alejados de su función original.
El debate se resolvió a favor de la demolición. En 1889 desapareció el templo que había sido considerado uno de los mejores de Cuenca.
La Catedral Nueva comenzó entonces a ocupar progresivamente el centro visual y simbólico de la ciudad. Sus cúpulas se convirtieron en la imagen más reconocible de Cuenca, mientras el antiguo templo jesuita desaparecía no solo del paisaje urbano, sino también de la memoria cotidiana.
Aunque no existe una fotografía completa del templo, los documentos permiten aproximarse a su posible apariencia.
El historiador Esteban Herrera González encontró la relación de 1661 que vinculaba su construcción con la iglesia de Santa Teresa de Jesús de Quito. El documento menciona a Marcos Guerra y a los canteros indígenas contratados para trabajar en Cuenca.
La presencia del mismo maestro constructor y la orden de edificar el templo siguiendo aquel modelo permiten plantear que la fachada cuencana pudo compartir varias características con la actual iglesia del Carmen Alto: una composición sobria, dos torres y una sola nave.
No se trata de una reproducción exacta. Es una hipótesis construida a partir de fuentes documentales, referencias arquitectónicas y el plano de 1729.
Las cúpulas que aparecen en aquel dibujo completan parcialmente la imagen de un templo que debió sobresalir entre las casas bajas, las cubiertas de teja y las estrechas calles de la ciudad colonial.
Ubicar la iglesia en la Cuenca actual no es sencillo porque la manzana fue transformada varias veces.
Según Vargas, una parte del antiguo atrio se encontraba en el sector donde funcionó el establecimiento de almacén de ropa y donde actualmente se ubica un restaurante.
La nave avanzaba desde la actual calle Bolívar hacia el interior de la manzana, ocupando sectores utilizados posteriormente como parqueaderos y llegando hasta un área vinculada con la actual Catedral Nueva.
Después de la demolición, parte del atrio permaneció como una pequeña plazoleta empedrada. Más tarde se levantó una construcción vernácula y, durante el siglo XX, apareció el edificio racionalista que todavía ocupa una parte del terreno.
Las investigaciones realizadas hasta ahora no han agotado las posibilidades del sitio.
Vargas considera que Cuenca necesita un programa permanente de arqueología urbana e histórica. Buena parte de la ciudad se encuentra construida sobre ocupaciones anteriores que solo aparecen cuando una obra obliga a intervenir el subsuelo.
El arqueólogo plantea que el antiguo predio de la iglesia podría convertirse en un laboratorio vivo, con investigaciones progresivas, visitas educativas y recorridos que permitan observar el trabajo arqueológico.
También podrían emplearse tecnologías no invasivas, como el georradar, la prospección geofísica y los modelos tridimensionales, para identificar anomalías y estructuras sin necesidad de excavar inmediatamente.
La iniciativa requeriría acuerdos entre investigadores, autoridades patrimoniales, propietarios y administradores del espacio.
“Lo más importante sería devolver esta historia a la ciudadanía”, sostiene Vargas. “Recuperar la memoria de la iglesia no significa únicamente conocer un edificio desaparecido. También permite comprender cómo las decisiones sobre el patrimonio transforman la identidad y la memoria colectiva”.
Mientras tanto, la iglesia permanece bajo la ciudad.


