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Tres colonias de extranjeros encaran diferentes suertes

Allison Wambrad (der.) y Lindsay Namedahl, en la Feria de Productores de Cotacachi. Foto: Washington Benalcázar / EL COMERCIO

Se arrienda departamento, pero no para extranjeros. Más de una vez, Adianez Alarcón sintió esa frase, escrita en carteles, como un golpe, al buscar un sitio para vivir. Asume que esa leyenda está dirigida a los venezolanos y colombianos.

Esta ciudadana, nacida en Caracas, arribó hace cuatro años a Ibarra, en Imbabura. Como muchos de sus compatriotas abandonó su país empujada por la crisis socio-económica. Es una de los 451 093 venezolanos que hicieron de Ecuador su nuevo hogar.

Arquitecta de profesión, Alarcón ha tenido que ganarse la vida laborando como mesera, vendedora ambulante y recepcionista telefónica. Tiene 43 años y están bajo su cargo, su hijo de 7, y su madre de 63.

Conseguir empleo y departamento de alquiler ha sido lo más complicado que ha enfrentado en esta tierra. Es una situación parecida a la del colombiano David Taborda, nacido en Medellín hace 38 años. Lleva 11 años en Ecuador, los 9 últimos ha pasado en Ibarra.

Aquí se casó con una ecuatoriana y formó su hogar. Tiene dos hijos. “Todo va bien hasta que hablo. Escuchan mi dialecto paisa y cambian de actitud”.

A pesar de los inconvenientes, Alarcón y Taborda están a gusto en Ibarra. Resaltan su tranquilidad, la amabilidad de la mayoría, el clima primaveral y la variedad de alimentos.

David Taborda abandonó su país cuando tenía 27 años. Tomó esa decisión tras ver morir asesinados a varios amigos de su barrio. Había grupos que se enfrentaban, disputándose el territorio. Dejó su casa cuando intentaron reclutarle en una de esas pandillas.

David Taborda, nació en Medellín hace 38 años. Se casó acá y tiene dos hijos. Foto: Washington Benalcázar / EL COMERCIO

Ahora labora en la construcción. La primera vez que le contrataron, la dueña de una casa que intervenían le dijo que se regrese a Colombia. Que por qué les quita el trabajo a los ecuatorianos.

Otros colombianos cruzan las fronteras ante amenazas de grupos armados. Eso le sucedió a Manuel (nombre protegido), quien llegó junto a su esposa y tres niños. Abandonaron el municipio de Miranda, en el Cauca, luego de que un grupo guerrillero los amenazara de muerte, tras acusarles de ser informantes de paramilitares. Han pasado 13 años.

Manuel no piensa regresar a Colombia. Prefiere Ecuador, aunque al inicio sus hijos fueron víctimas de discriminación en el colegio. Incluso un profesor agredió al más pequeño. El caso ingresó a la Fiscalía. Pero retiró la acusación ante el pedido del docente que estaba próximo a jubilarse.

Las colonias de ciudadanos de Colombia, Estados Unidos y Venezuela son las más numerosas en Imbabura, explica Cristina Acosta, técnica en Movilidad Humana del Patronato Provincial.

Comenta que, aunque siempre hubo migrantes, el número de colombianos comenzó a crecer hace una década. La mayoría son personas que han llegado huyendo del conflicto armado. Prueba de esto es que, según datos de Acnur, entre los años 2000 y 2020 los colombianos presentaron ante Ecuador 240 901 solicitudes de protección internacional.

Los venezolanos, en cambio, comenzaron a llegar masivamente hace cuatro años. Primero vinieron profesionales y personas con recursos económicos, que instalaron negocios. Ese primer grupo arribó en vuelos internacionales. Luego, otros grupos, en buses.

Pero, desde hace dos años, la gente llega caminando. No tienen dinero, viven de la caridad y pernoctan en la calle, explica.

Alarcón vino en el primer grupo. Hace cuatro años había empatía hacia los venezolanos, recuerda. Pero, a medida que venía más gente, creció un sentimiento de xenofobia, que se desbordó el 19 de enero del 2019. Ese día un extranjero protagonizó un femicidio en una calle de Ibarra, que generó conmoción. Ese fue el preámbulo de desalojos y ataques a familias venezolanas.

Para Cristina Acosta, más que discriminación al extranjero en el país hay aporofobia (rechazo a las personas pobres). Eso explica, por ejemplo, que no haya rechazo hacia los ciudadanos de Estados Unidos y europeos, que residen en Cotacachi.

Según datos del municipio, hay 1 800 extranjeros. La mayoría jubilados. Lindsay Namedahl, que vive 10 años en este cantón, explica que, entre las razones por las que prefieren Cotacachi, están la tranquilidad, buen clima, aire y agua puros y los precios de productos más bajos que en su país. Con USD 800, ingreso promedio mensual de los jubilados, acá se puede vivir bien, asegura.

Namedahl es fundadora de Cotacachi Feria de Productores, que cada jueves reúne a 60 personas que ofrecen artículos orgánicos. Es un espacio en donde se realizan transacciones en español e inglés.

“Los gringos ayudan a dinamizar la economía porque compran y consumen productos locales”. Así comenta María Arotingo, quien vende moras. Flor María Vaca, funcionaria del cabildo, dice que con la llegada de los nuevos vecinos el precio de las casas se incrementó. En Cotacachi hay conjuntos habitacionales para extranjeros, cuyas casas bordean los USD 200 000.

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