9 de August de 2009 00:00

El diablo se adueña de las calles del Centro

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Pablo Fiallos,  Redacción Siete Días

El Diablo anda entre nosotros. Camina como uno más, confundiéndose entre los andantes del Centro Histórico. No lleva cachos ni cola ni está vestido de rojo. Tiene puesto un elegante traje negro y lleva chaleco, pañuelo y capa. Se pasea por las calles inclinadas de la ciudad, se pierde entre las sombras de los callejones y vuelve a aparecer bajo los templos, las iglesias y los conventos.

El Diablo -bueno, en realidad Javier Cevallos, el actor que lo encarna-, se prepara una hora antes de  recorrer  la ciudad e internarse, en una suerte de guía teatralizada, en los patios de los conventos, subir a   los techos de las iglesias o bajar hasta  las catacumbas.

Antes de empezar cada ruta, Cevallos ingresa a la oficina de Quito Eterno, una casa grande y antigua ubicada en las calles Junín y Flores. A cada paso suyo, la vieja madera del piso cruje sin cesar y el actor cruza los arcos que unen  las altas paredes amarillas del lugar. Cevallos ingresa tras la  puerta y deja tras de sí su rastro habitual sobre las grises calles empedradas e inicia el proceso para transformarse en el Diablo.

Se mete en la piel del personaje de a poco. Se despoja de su ropa y se viste de negro, elegante e impecable. El vestuario de  Diablo  aleja al personaje del estereotipo; está inspirado en una leyenda y en el antiguo uniforme de los estudiantes dominicos.

Para  darle vida a este mítico personaje, el guía hace una constante investigación de los hechos que relata en cada recorrido. La relación con los historiadores y la  lectura de las publicaciones del Fonsal integran su preparación histórica.  Pero además está la preparación del ser oscuro...

Cevallos no tiene problemas en encarnar al Diablo,  le dota de sus propios rasgos y lo convierte en un ser íntimo. Pues, el actor y el personaje comparten un objetivo claro, alejarse de la mitología para descubrir la historia. Y para ello es necesario desmitificar las leyendas  y  hablar del Quito oculto. 

Él es uno de los nueve guías con los que cuenta Quito Eterno para recorrer la ciudad en busca de su historia y recordar a la gente por qué la memoria patrimonial es tan vital e importante.
 
Sobre su personaje, Cevallos explica que el diablo que interpreta no es el Diablo que todos conocen, sino que es una mala traducción del quichua, cuando los españoles intentaban trasladar su religión a los conceptos  indígenas relacionados con la naturaleza.

“Así como relacionaron a Pachacamac con el concepto de Dios y a Viracocha con Jesucristo, para el diablo apuntaron hacia el Supay, que en algunas tradiciones indígenas es el dueño del Ukupacha, el mundo de abajo”.

Cevallos explica que el interés del diablo que él encarna no son las almas de la gente, sino mostrar a Quito. Pues ese es el concepto de los recorridos, hacer accesible a  la historia y acercar a la gente a los personajes y lugares donde sucedieron los hechos que cambiaron el presente de esta ciudad.

Cualquier día de la semana, un poco antes de las 19:00, cientos de personas caminan por las calles Chile y Flores de la capital, dibujando en el piso los múltiples caminos que conducen a los asombrosos destinos de Quito.

Allí, un hombre ciego se lamenta a través de un  triste pasillo que toca en su guitarra, acompañado de su mujer. Cevallos pasa de largo a la pareja, abre su capa, desafiando al viento y al frío que acechan implacables, y camina concentrado hacia su destino:  San Agustín.

El Centro contrasta con el personaje oscuro y  muestra su vida: flores en los balcones, locales abiertos, sonidos, luces y, sobre todo, personajes (niños, jóvenes y ancianos) que caminan indetenibles por las arterias de la urbe.

Ante el convento, las puertas del templo se abren, Cevallos -o más bien el Diablo- entra y espera frente a una de las paredes  que rodean al patio central, dando la espalda a la puerta de ingreso.

Un nuevo grupo deseoso de recorrer otra ruta histórica se acerca. El hombre bajo la capa espera tranquilo, pero ya no es más Jorge Cevallos, el actor, sino el mismísimo Supay,  ansioso por darle una vuelta más a su novia, la capital. “Bienvenidos a esta ciudad que yo amo con mi corazón”, condena.

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