7 de September de 2009 00:00

Desazón

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Benjamín Rosales

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El viernes 28,  el presidente Correa tuvo que dirigir la controversial reunión en la que los miembros de Unasur analizaron la presencia de fuerzas estadounidenses en bases colombianas, y conociendo las actitudes estridentes con las que el Mandatario  suele actuar, nos preocupaba que esto pudiera ocurrir en ese escenario sudamericano.  Sin embargo,   a pesar de una mala broma sobre los piropos de Correa para la anfitriona Cristina Kirchner hecha por el presidente peruano y la llamada de atención por el manejo de la extendida cita del presidente Lula, Correa guardó una razonable compostura.

Los resultados  de la cumbre fueron adversos al propósito del presidente Chávez, el cual era que la Unasur rechace la presencia de tropas extranjeras en la región, puesto que tácitamente las aceptó cuando reafirmó que esa presencia no puede amenazar la soberanía e integridad de cualquier nación sudamericana ni la paz y seguridad de la región.  La diplomacia colombiana obtuvo un mayor triunfo al lograr que se incluya una resolución que dispone que los cancilleres y ministros de Defensa diseñen medidas que fomenten la seguridad, el combate al tráfico de armas, al narcotráfico y al terrorismo.

Pensamos que luego de demostrar cierta tolerancia, al aceptar con pragmatismo resultados distintos a los aspirados, el presidente Correa al regresar a Ecuador pudiera ejercer más prudencia en sus declaraciones sabatinas, ¡pero qué equivocados estuvimos!
No acostumbro ver las presentaciones semanales del Presidente, pero han llamado tanto la atención de los medios las declaraciones presidenciales del día siguiente de la cumbre internacional, que no he podido dejar de ver en televisión y leer en la prensa, lo expresado por Correa el sábado 29 de agosto.  Penosamente vi una persona iracunda lanzando destempladas diatribas contra adversarios políticos y  periodistas por osar ponerlo en entredicho o criticar sus actuaciones, que dispuso inconstitucionalmente el cierre de un canal de televisión.  ¿Qué pasó? El propio Presidente, que reclama respeto y debería enseñar tolerancia, atenta contra la majestad de su cargo con una burda cantaleta de insultos. 

Es difícil entender esta actuación,  que ha dado lugar incluso a que sus subalternos deban corregirlo públicamente, disculpando el exabrupto a la falta de conocimiento jurídico del  Mandatario. 

Es posible que el Presidente haya regresado disgustado de Bariloche, pero eso no justifica el espectáculo de odio y pasión destructiva del día siguiente.  

A pesar de mi cristiana fe y optimismo en el futuro patrio, esas histriónicas manifestaciones presidenciales me causan desesperanza y desazón.  Nada bueno le espera a Ecuador si continúan discursos de odio y desprecio como el que comentamos.

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