Iván Cruz: ‘No hay museo que recoja el arte del siglo XX’

El coleccionista Iván Cruz, en su casa del Centro Histórico de Quito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

El coleccionista Iván Cruz, en su casa del Centro Histórico de Quito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

El coleccionista Iván Cruz, en su casa del Centro Histórico de Quito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Iván Cruz es uno de los coleccionistas de arte más importantes del país. Empezó con esta actividad en sus años de colegial. Con el paso del tiempo armó una colección de arte colonial, que luego vendió al Banco Central y otra de arqueología, que ahora está en el Museo del Alabado. En su casa, ubicada en el Centro Histórico, todavía conserva decenas de piezas, que dan cuenta de su manía por coleccionar. 

¿Cómo es vivir en el Centro Histórico? Hay el imaginario de que es un lugar caótico.

Quito es una ciudad caótica, pero quizás su parte más frágil sea el Centro Histórico. Con la pandemia y el abandono de sus autoridades evidentemente se ha vuelto peor. La pauperización sigue siendo el leitmotiv de esta urbe, que también ha sido abandonada por sus habitantes de forma reiterada. La mayoría de casas de este sector se convirtieron en bodegas.

Pero la suya parece más un museo, o una galería de arte.

Siempre he rechazado la idea de que vivo en un museo, porque son espacios restrictivos. Mi casa es un lugar que tiene las cosas que a mí me gustan. Aquí todo se puede ver y tocar. Para mí el coleccionismo es una obsesión, una manía.

¿De dónde le viene ese impulso por coleccionar?

Creo que la obra de arte tiene como característica principal sintetizar un momento de la historia. En una obra, el artista pone su sensibilidad, pero además la sensibilidad de su época. Si logra plasmar esa universalidad su pieza va a ser leída después de 500 o 5 000 años. Tengo una necesidad absoluta de dialogar con objetos que me transmiten formas de vida similares a las que vivimos ahora.

¿En qué momento aflora en usted esa necesidad?

Mis primeras compras las realicé cuando estaba en quinto curso del colegio. Compré dos bancas, cuatro sillas de esterilla y una lámpara. Luego me casé con Luce DePeron, que era un gran coleccionista y que además tenía una galería de arte y eso me estimuló la afición. Más que coleccionista me considero un comerciante de arte. He vivido toda mi vida de esto. Ahora, tengo que decir que soy un muy mal comerciante de arte, porque uno no se puede enamorar de su ‘stock’ y yo soy de los que se enamoran y me quedo con las cosas.

Walter Benjamin decía que toda pasión linda con el caos, pero la de un coleccionista linda con el caos del recuerdo.

Seguramente es así, porque en este mundo son mucho más las preguntas que las soluciones a las que uno llega. Estas preguntas nos conducen a un lugar desconocido. Comencé a coleccionar arqueología precisamente por el desconocimiento total que tenía de ese mundo. Cuando estaba en el colegio, nos enseñaban que los Incas vinieron a civilizar a una serie de tribus bárbaras; y luego me encontré con culturas que son anteriores al incario y que tenían unos conocimientos y una sofisticación increíble.

¿Cuál es la diferencia entre acumular y coleccionar?

Creo que las dos son obsesiones. Cuando uno colecciona tiene que tener claro lo que quiere. Si colecciona tapas de cerveza y todas son iguales, seguro lo que le interesará es la cantidad, tener cinco millones de tapas. Si su colección es de obras de arte de un periodo específico, a lo mejor con cinco o seis piezas usted tiene una colección extraordinaria. Lamentablemente en Quito no se ha dado este fenómeno. Decir que haya coleccionistas no, más bien lo que hay es acumuladores, una cosa más parecida a la numismática y a la filatelia.

Dicen que un coleccionista nunca se arrepiente de lo que compra sino de lo que no adquiere.

No es verdad. Las colecciones más bien tienden a moverse y uno evidentemente va creciendo con la colección. Todos los días me da una enorme pena de ser pobre. El otro día, me trajeron un cuadro que cuesta USD 15 mil y no lo puedo comprar. El problema es que yo no tengo un banco o una fortuna atrás.

¿Para ser coleccionista se necesita tener un banco o una fortuna atrás que lo respalde?

No, pero ayuda mucho. Creo haber sido un buen coleccionista. Como se dice, del mismo cuero han salido las correas. Creo que mi cualidad es la capacidad de distinguir lo excepcional de lo muy bueno. El negocio sería vender la cosa excepcional a un precio excepcional y ese paso es el que no doy. La obra de arte se distingue de la no obra de arte en que la segunda se integra fácilmente al lugar en el que está. Mientras la obra de arte cada día te dice algo nuevo. Tiene niveles a los que uno puede ir entrando al infinito.

¿Por qué el coleccionismo de arte es escaso en el país?

Benedetto Croce habla de que hay momentos que son históricos y otros que son ahistóricos. Creo que ahora vivimos uno ahistórico. Todo el movimiento artístico del siglo XX está desaparecido y no tenemos una colección o un museo que lo rescate. 

¿Cuál es la obra de su colección con la que más interactúa?

Todas son mis guaguas, pero tengo una pieza que conocí en la casa de Manuel Jijón y me enamoré de ella. Cada que iba la veía con codicia y después de unos años la compré. Es una imagen profana. Un joven bello, guapo, lindo que mira al mundo con una displicencia enorme, pero que no tiene para comer y está vestido en harapos. Encuentro que es la imagen del chulla quiteño y que esa imagen nos define muy bien. 

Ha puesto sobre la mesa el libro ‘Buscadores de belleza’, ¿los coleccionistas son eso?

Verá, a mí no me interesa mucho el pasado, sino el presente. Mire esa pieza (señala una figura precolombina). La verdad es que su sistema religioso, económico y social ha desaparecido, sin embargo, está absolutamente cargada de elementos que pueden dialogar conmigo, que ahora me enseñan cosas. Ellos, como nosotros, tenían pandemias, crisis, malos y buenos gobiernos. Si logro hacer un juego de sensibilidades se abre un diálogo.

TRAYECTORIA

Ha trabajado como comerciante de arte, investigador y curador de exposiciones. Tiene publicados varios libros sobre sus colecciones. Sostiene que entre los grandes coleccionistas del país están Jacinto Jijón y Caamaño, Dolores Gangotena y Pacífico Chiriboga.