20 de November de 2014 20:42

La Orquídea consolida su función para el cine en Ecuador

Las salas -como el Teatro Carlos Cueva- lucieron llenas para las funciones ofrecidas en la programación. La gratuidad multiplicó la asistencia. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

Las salas -como el Teatro Carlos Cueva- lucieron llenas para las funciones ofrecidas en la programación. La gratuidad multiplicó la asistencia. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

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Flavio Paredes

El Festival La Orquídea Cuenca concluye hoy (21 de noviembre de 2014) su cuarta edición, con la premiación a los filmes en competencia en cuatro categorías. La cita ha sido una suma de experiencias en tendencia y debate sobre las formas de organización, los objetivos y el alcance de tales eventos en el contexto cultural ecuatoriano; en el cual años atrás se hablaba de una ‘festivalitis’ que anulaba otros procesos.

Dijo la actriz española Victoria Abril, una de las invitadas, que “los festivales son ventanitas que permiten a la gente no morirse de idiota”; esto en referencia al público que accede a contenidos que difícilmente entrarían en un circuito comercial dominado por las producciones de Hollywood.

Divulgar películas, un espacio de promoción, sería la principal función de un festival. Que se obtenga un premio no garantiza una mejor circulación, pero sí cierta visibilización.

Para el Festival de Cuenca la programación reunió 71 filmes, tuvo como país invitado a España, trajo a personalidades, dispuso actividades paralelas y sostuvo un presupuesto de USD 1 millón (USD 700 000 entregados por la Prefectura de Azuay y el resto, por la empresa privada).

Esta edición fue dirigida por Daniela Creamer, quien aceptó el ofrecimiento del Gobierno provincial; su experiencia festivalera –invitada o periodista en eventos alrededor del mundo- ayudó a implementar un ‘modus operandi’ ambicioso para una ansiada proyección internacional.

En esa línea, la presencia de celebridades del cine iberoamericano (directores y actrices) captó la atención mediática y convocó gente a salas. “Las celebridades son un aliciente para que el público se acerque a ver las películas”, apuntó Diego Galán, quien así lo entendió cuando dirigió el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

En Cuenca se consiguió un equilibrio entre la alfombra roja y la apertura de procesos formativos, tanto del público como de la gente involucrada en el sector. Para el primero, a la proyección de algunos filmes siguió la charla con sus directores lo que abrió posibilidades para la apreciación de los contenidos. Para la segunda, el taller de actuación y el laboratorio de guión son sus ejemplos.

Tito Molina codirigió el taller de actuación. Una decena de actores nacionales participó en estas jornadas, en la sala Alfonso Carrasco. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

Tito Molina codirigió el taller de actuación. Una decena de actores nacionales participó en estas jornadas, en la sala Alfonso Carrasco. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

Si los festivales consisten en un aporte para la producción nacional, dentro del contexto actual, Juan Martín Cueva, director del CNCine, considera que sí apoyan, aunque esa no sea su función principal. “Muchos festivales han tenido esa característica. El Cero Latitud proponía producciones en marcha, el EDOC tiene talleres de desarrollo de proyectos y una especie de mercado; no son necesariamente fondos, pero sí contribuciones para terminar películas”.

En un sentido similar, el cineasta argentino Juan Martín Hsu señaló que en el Bafici (Buenos Aires) se crearon dinámicas de trabajo en conjunto y generaron alianzas informales pero beneficiosas en el campo de la producción.

Que un festival que se consolida tenga su sede en provincia es “mucho mejor”, según Galán. Para el crítico español, en las grandes capitales los festivales se diluyen y se pierden entre mucha oferta. Venecia, Cannes, San Sebastián, Cartagena, Guadalajara son ejemplos de citas cinematográficas realizadas en ciudades no capitales.

Los grandes festivales se hacen en ciudades medianas o pequeñas porque “la población se vuelca mejor y más intensamente al festival”. Además, permiten una mejor movilización en cercanías y –generalmente- se caracterizan como promotoras de turismo.

Pero La Orquídea, al ser un proyecto gestionado desde la Prefectura de Azuay, tuvo también una vinculación política. Paúl Carrasco, prefecto, tuvo la palabra en eventos del festival (lanzamiento, inauguración y coctel), en los cuales aprovechó la plataforma para dirigirse a la casa llena, sin evitar el comentario político frente al Gobierno central.

Si en San Sebastián –según cuenta Galán- se consiguió que ningún político intervenga con discursos y que la voz la tuvieran los profesionales del cine; en Cuenca ese no fue el caso. “Las cuestiones son distintas: los políticos hacen política, los cineastas hacen cine”, apunta.

Victoria Abril, Ariadna Gil y David y Fernando Trueba fueron algunas de las personalidades que llegaron a Cuenca y convocaron a la asistencia. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

Victoria Abril, Ariadna Gil y David y Fernando Trueba fueron algunas de las personalidades que llegaron a Cuenca y convocaron a la asistencia. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO

La gratuidad de las funciones fue otra de las banderas de La Orquídea, propuesta como una estrategia de democratización del acceso al cine. Funcionó, las salas estuvieron llenas de públicos diversos y las proyecciones en parroquias y cantones también convocaron.

Para Cueva, “la gratuidad en una sala regular no es buena idea; pero en un festival es diferente, importante, no significa que no se pagan derechos a los titulares; y así hay festivales que definen sus formas de llegar al público”.

La Orquídea llegó... Y ya trabaja en su próxima edición; el invitado especial será México.

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