Rodrigo Fierro

Vivir para contarla

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27 de December de 2012 00:03

Vivir unos años más de la cuenta, como es mi caso, un privilegio. “Vivir para contarla” le significó a García Márquez escribir su autobiografía que lo fue dejando para mañana cuando sus actividades eran un torbellino que se le escapaba de las manos.

Sabíamos que le quedaba poco de vida al maestro universitario, humanista, ilustre psiquiatra Dr. Julio Endara. Fuimos a comunicarle que la Sección de Ciencias Biológicas y Naturales de la Casa de la Cultura Ecuatoriana le había organizado un homenaje. Le hallamos en su lecho de muerte, con esa su lucidez de siempre. Al hombre cerebral y frío que fue se le nublaron los ojos, no pudo contener las lágrimas. Le oímos agradecernos con estas palabras: “Qué bueno que uno sepa del homenaje que le hacen cuando aún vive”.

En mi vida he tenido tres sueños, posibles si me empeñaba. Llegar a ser profesor universitario, articulista de opinión en un diario importante e independiente y Miembro de la Casa de la Cultura. Mis actividades en la Escuela Politécnica como investigador de la biopatología andina me condujeron a que esos sueños se hicieran realidad.

Durante 43 años fui titular de la Cátedra de Endocrinología de la Escuela de Medicina de la Universidad Central. Como docente fueron determinantes las palabras de mi maestro Gregorio Marañón: “Se es universitario como se nace liberal, como se nace limpio”.

No me dejé llevar por ninguna consideración que no fuera el mérito propio de los estudiantes. Por la facultad de enseñar que se me había concedido, mis conocimientos los mantuve actualizados haciendo sacrificios: cada dos años asistía al “Workshop of Endocrinology” que organizada la Universidad de Harvard. Tenía cara para exigirles a mis alumnos que desarrollaran todas sus potencialidades, que eran muy grandes. Así me constituí en un maestro respetable; ‘bravo’, ‘un energúmeno’, para algunos estudiantes.

De entre los mejores de mis alumnos fui reclutándoles a quienes luego de egresados serían mis colaboradores como investigadores de campo. Los resultados de nuestras investigaciones vinieron a enriquecer los conocimientos que impartíamos, a tiempo que salían publicados en las mejores revistas científicas y comunicados en congresos internacionales. Nuestras aportaciones al conocimiento nos permitieron obtener fondos del exterior (15 ‘grants’ de investigación), indispensables en un país que aún no destinaba un sucre a tal actividad. Cuando me retiré de la cátedra, dos de mis mejores colaboradores, Víctor Pacheco y Francisco Fierro, por concurso tomaron la posta. Años después, los estudiantes de Medicina de la Universidad Central, organizaron un “Homenaje de Reconocimiento y Admiración al Ilustre Maestro”. ¡Los estudiantes! Al borde del infarto el corazón del viejo maestro.