Pablo Cuvi

Sorpresa en Bogotá

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Me levanto silbando el domingo porque es una mañana soleada, pero cuando bajo a desayunar descubro que el lobby del emblemático hotel Tequendama está tomado por las FARC. Como me oyen: las F-A-R-C. Y no estoy soñando ni pienso que se trata de la filmación de una película porque dos guerrilleros de carne y hueso, fibrosos, de aspecto rudo, campesinos de andar por el monte que han cambiado las botas de caucho por zapatos de colores, no quieren dejarme pasar y hay varios como ellos ubicados en sitios estratégicos. Resulta que son la seguridad de los comandantes que han venido a la convención para dar nombre y forma al nuevo partido.

Eso es lo que me encanta de Bogotá, que es una ciudad alucinada donde pasa cualquier cosa y hay que andar siempre con las pilas puestas. Lo aprendí cuando llegué como mochilero en 1974. Todo empezaba a despegar en Locombia: las Farc, el negocio de la droga, el M-19, la TV en color, el cine, el teatro. Yo venía justamente a integrarme a un naciente grupo de teatro y mis amigos cachacos me dijeron que la primera lección actoral consistía en fumar un vareto que nos puso a volar un par de horas por el barrio de La Candelaria, vestidos como divos, hasta que un conductor nos gritó: “¡Váyanse a Hollywood!”.

No a California sino hacia el Sur nos marchamos haciendo teatro en las plazas y pasando el sombrero hasta Piura donde nos metieron presos por subvertir el orden público. Cretinos hay en todas partes, pero así nació mi amor por ese arte que se mezcla muy bien con la política como lo sabían los griegos y William Shakespeare y como lo intuye cualquier populista. Salvo que don William hacía teatro de primera mientras líderes como Chávez, Trump y Correa montan sainetes de última, aunque mucho más peligrosos porque afectan a todos.

Por eso, como un antídoto contra la nefasta droga del poder, los hippies le recomendaron a Nixon que fumara hierba, pero este siguió bombardeando Vietnam y lanzó la desastrosa guerra contra las drogas que, en realidad, impulsó el desarrollo de los carteles y es el problema pendiente de Colombia.

Pero Bogotá para mí es ante todo teatro y tuve la suerte de que me invitaran anoche al Teatro Colón a ver ‘Shakespeare enamorado’, una magistral adaptación escénica de la película que ganó varios óscares y que presenta al joven poeta enamorándose locamente mientras escribe ‘Romeo y Julieta’. Para un pastuso con pasaporte como yo era como haber llegado a Hollywood. ¡Qué montaje, qué juego de los actores, qué calidad del equipo que hay detrás! No exagero si digo que en la oscuridad del palco me dieron ganas de llorar por haber recuperado durante dos horas la pasión de mi juventud.

Pero al salir volví a pensar en esos caudillos ignorantones que se creen dioses y que deberían entender, como Macbeth, que “la vida es una sombra que pasa, un idiota que sube al escenario, hace su número y se pierde entre el sonido y la furia”.