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Me refiero a la Red Eclesial Panamazónica, que reúne a todas la Iglesias amazónicas del Continente y, de forma más extensa, a todos cuantos sentimos que el tema ecológico es hoy una prioridad. Nos hemos reunido en el Puyo los pasados días 21, 22 y 23 de octubre, felices a la hora de gestar un organismo, un servicio, que una a la Región desde una perspectiva ecológica. La iniciativa es de la Iglesia, auspiciada por la Santa Sede, pero abierta a todo hombre y mujer capaces de comprender que en el tema ecológico nos jugamos la vida de la Región y del Planeta.

La fe bíblica nos dice que tenemos que caminar con la historia y que, más allá de las contradicciones, de tantos actos de barbarie contra la naturaleza, hay un camino, un proceso de vida, un montón de gente y de instituciones empeñadas en defender la Casa común. Hoy, la credibilidad de las políticas y de los gobiernos pasa por este cuidado de la Madre Tierra. Una tierra devastada desde la primera revolución industrial. No lo olviden: el maltrato de la tierra fue sinónimo del maltrato del hombre. El desafío sigue siendo el mismo: unir a toda la familia humana en un desarrollo sostenible, hoy más urgente, en la medida en que la revolución tecnológica nos ha hecho más capaces de destruir el planeta.

En esto es difícil ser más papistas que el Papa. Lean la Laudato Si y traten de comprender, en medio de esta crisis ambiental y climática, las propuestas que Francisco nos hace: el Papa reclama un consenso científico sustancial que deje en evidencia hacia dónde vamos si seguimos destruyendo la creación, si por encima de cualquier interés ecológico seguimos explotando los recursos naturales desde intereses prevalentemente economicistas. El dedo en la llaga nos muestra que son los pobres (y muy especialmente los pueblos originarios) los que pagan la cuenta del desastre. Y algo más: muchos se preguntan qué mundo estamos dejando a las futuras generaciones…

En este contexto se entiende la REPAM, que es, a nivel latinoamericano, una respuesta a la Laudato Si. La Amazonía, con su riqueza natural y medioambiental, representa el 20% del oxígeno y del agua dulce no congelada del planeta. Su extinción no es un problema de algunos; es un problema de todos Por eso, la Amazonía es un banco de prueba, un test decisivo para la humanidad entera y, ciertamente, para la Iglesia.

Los intereses transnacionales, las políticas extractivistas a cielo abierto y sin las debidas garantías, la falta de consulta a las comunidades que viven en el territorio, la contaminación del agua y la deforestación de las selvas,… nos van llevando a una utilización no sostenible de los recursos naturales. Toca crear conciencia de la importancia de la Amazonía y crear un modelo de desarrollo que privilegie a los pobres y sirva al bien común.

En la Conferencia de París, Fabius lo advirtió con lucidez: “Más tarde será demasiado tarde”.

jparrilla@elcomercio.org