Marcelo Ortiz

La supervivencia de la palabra

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La historia tiene que ser recogida sin un ropaje ideológico. Más aún, cuando la palabra escrita ha llenado páginas de pensamiento humano en libros que contenían, como fondo y sustento, la formación cultural de un determinado autor.

Durante los años finales del siglo XX han sido las máquinas, con su sistema de datos, las que transmiten esas ideas trascendentes, y el predominio actual en la última década llega prácticamente a la cobertura total de la producción intelectual.

En consecuencia, la mayoría de ecuatorianos ya no lee, porque se apoya en la Internet, como sistema de información y de comunicación cada vez con un mayor número de usuarios. Es el pensamiento globalizado el que predomina.

El conocido intelectual Nicholas Carr, cuando tenía 52 años, afirmó que venía observando que su capacidad de concentración y contemplación no era la misma, porque la red mundial nos estaría idiotizando. Ya leer un libro pasó a ser un sacrificio. Ha sido por causa de la red tecnológica que da un conocimiento más amplio, pero a la vez más superficial.

Agregaba que, de tanto usar el computador para navegar en la Red: “Acabé entrenando a mi cerebro para distraerse, cambiar el foco, dividir la atención rápidamente, mientras que para leer un libro tengo que combatir ese nuevo instinto”.

Este camino en el cual transitan cada vez más personas de todas las edades, porque en forma paralela con el teléfono celular -que es usado desde muy tempranas edades- ya los niños ingresan al Facebook y/o a Twitter, con lo cual la extensión tecnológica ha abierto esos medios de comunicación a amplias capas de la población, en cualquier país del mundo.

Pero allí aparece un factor que intentaría controlar o interferir en estos medios, y está originado en las esferas del poder político. Más aún, como sucede en nuestro país, el ejercicio de la Presidencia de la República intenta asegurar la cobertura necesaria para hegemonizar su pensamiento como poder absoluto en que se ha transformado desde hace algunos años.

Es una faceta que intenta destruir la libertad de pensamiento porque persigue a quienes cuestionan, critican, o simplemente luchan por continuar en un ambiente de plena libertad para expresar opiniones, que pueden tocar los puntos más débiles de ejercicio del poder. Por eso, se intenta intervenir en las redes sociales de cobertura cada vez mayor, gracias a los avances que tiene Internet.

Esperemos que en los 15 meses que faltan para el fin del actual período presidencial absoluto, no existan más interferencias que lamentar.