Jorje H. Zalles

Optimismo

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10 de April de 2013 00:03

Hay al menos dos maneras de entender el optimismo: la primera como una predicción positiva sobre eventos o condiciones en el futuro, la otra como una actitud frente a las barreras y dificultades.

Cuando describimos a una persona como "optimista" podemos estar diciendo que esa persona tiende a creer que las cosas, en cualquier orden -el económico, el social, el sentimental, el de la salud- estarán bien en el futuro. La máxima expresión de esta forma de entender el optimismo es la trillada frase "Todo va a estar bien".

La otra forma de entender el optimismo es librarlo de cualquier pretensión a la predicción, y entenderlo más bien en términos de una actitud que no predice resultados sino, más bien, compromete futuros esfuerzos. El gran psicólogo de la Universidad de Pennsylvania Martin Seligman propone esta forma de entender el optimismo, que se fundamenta en dos ideas centrales: primero, que hay algo que podemos hacer frente a los problemas, y segundo, que estamos dispuestos a desplegar los esfuerzos que hacerlo requiera. De ahí fluye que la actitud opuesta al optimismo, así entendido, es la desesperanza .

La primera forma de entender el optimismo me parece cuestionable. No es siempre cierto que "todo va a estar bien". En el extremo, cuando una persona ha sufrido un terrible accidente, ha recibido el diagnóstico de una enfermedad incurable, acaba de perder a un hijo, acaba de ver a un río desbordado arrasar sus cultivos, decirle que "todo va a estar bien" puede ser hasta evidencia de insensible crueldad. Es posible que las cosas regresen a "estar bien", con el tiempo, la sanación de las heridas emocionales y espirituales que se hayan provocado, el apoyo de quienes brinden amor y empatía, o la solución de problemas más técnicos como el que las aguas regresen, literalmente, a su cauce. Pero no hay garantías de que "todo va a estar bien". Para millones y millones de nuestros congéneres, las cosas nunca han estado bien, y puede que nunca lleguen a estarlo. Quienes nos identificamos con la Ilustración tenemos que reconocer que sus principales pensadores pecaron, en general, de una visión del futuro que resultó tristemente ilusa: creyeron que al romperse las cadenas del absolutismo se iniciaría, como por arte de magia, una nueva era universal de paz y de bienestar humano. Y no fue así.

La segunda forma de entender el optimismo me parece, al contrario, profundamente positiva. Refleja un sano equilibrio entre, de una lado, la desesperanza frente a las evidentes dificultades de la vida y, del otro, el ilusionismo que genera esperanzas sin exigir esfuerzos. Reconoce que no todo va a estar bien, pero asume el reto de tratar de mejorar. A la pregunta "¿Sabes hacer tal cosa?" permite responder, "No, pero puedo aprender".