Milagros Aguirre

‘Selfie’

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El ‘selfie’ causa adicción. Así han dicho los expertos. Colgar la foto, el autorretrato, en las redes sociales, pareciera lo único importante en estos tiempos en los que la publicidad manda por sobre todas las cosas. Para que el ‘selfie’ salga bien, los funcionarios hacen maravillas. Hasta construyen ciudades y lujosas escuelas que parecen elefantes dorados, para salir en la foto, a manera de estupenda escenografía, aunque, a sus espaldas, la realidad sea un poco distinta. En los últimos ‘selfies’, por ejemplo, ya no importa el paisaje de selva o el rojo atardecer de Nuevo Rocafuerte, en la Amazonía ecuatoriana, uno de los más bellos lugares del país. Importa la flamante unidad del milenio, tan flamante que el día de la inauguración todavía la pintura estaba fresca. Importa que el logo de Ecuador ama la vida impregnado en la fachada del colegio aparezca en primer plano junto a los lockers al mejor estilo de escuela gringa.

Importa el eslogan publicitario creado para convencernos de la maravilla petrolera: recursos que construyen Felicidad. Importa que aparezca el cartel donde se muestra la cuidadosa operación de la industria hidrocarburífera. Importa que se vean las sillas color azul chicle, la verde cancha de césped sintético que casi se daña la víspera, cuando un helicóptero iba a aterrizar allí mismo, y el laboratorio y todo lo demás que viene incluido en el paquete de cerca de nueve millones de dólares y que tiene hasta ascensor para una planta. ¡Cómo gozarán los niños subiéndose a ese artefacto una y otra vez!

Para el ‘selfie’ se llevan por río, en dos gabarras, camiones de mudanza con letreros y dos carros para movilizarse apenas unos pocos metros de distancia en donde no hay vehículos porque no se necesitan. Pantallas grandes. Micrófonos. Parlantes.

Tras el escenario del ‘selfie’ está un pueblo en el que se van la luz, el teléfono y el Internet pasando un día. Un pueblo que ha sorteado las dificultades de la ausencia del Alcalde que gobierna en el pueblo vecino desde hace más de una década. En el nuevo colegio están los mismos maestros enseñando las mismas cosas.
Pero el ‘selfie’ nos encanta. Se cuelga en las redes sociales. Los ministerios, gobernaciones, gobiernos descentralizados, delegaciones de prensa oficial, las vuelven virales. Y nos convencen: el país ha cambiado, nada es igual.

La revolución llega a esas lejanas zonas del país como elefante en vidriería. Y la gente se convence de que ahí está la felicidad y de que esta se construye así, billete sobre billete. Pero después del ‘selfie’ se va la luz en el pueblo. Y se va el Internet. Y los niños se van a sus casas a vivir las mismas cosas del día. Algunos tendrán que levantarse a las tres de la mañana para ir a la escuela desde sus lejanas comunidades. Otros, tendrán que hacerse a la idea del internado, del que no tienen muy buen recuerdo sus padres y abuelos. Pero eso no importa: sonría a la cámara para el ‘selfie’.

maguirre@elcomercio.org