Monseñor Julio Parrilla

Diálogo social

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Cuando la democracia no encuentra su espacio en las instituciones busca la calle, expresando en ella lo que siente y quiere. Retirar las leyes propuestas en el actual contexto de la visita papal está bien. Pero mejor haría el Gobierno escuchando a los que piensan de forma diferente, ejerciendo el sabio mecanismo de la información, la negociación y el pacto. Sería lamentable que, por falta de diálogo o por menosprecio del contrario, nuestra sociedad entrara en una espiral de violencia y de enfrentamiento ciudadano.

Ecuador no necesita vivir en el desencuentro. Al contrario, necesita más que nunca encontrar caminos de diálogo e integración. Conviene recordar que, en democracia, la fuerza está en las propuestas y en los consensos.

A la luz de manifestaciones y contramanifestaciones, siento que la nuestra es una sociedad erosionada, que no acaba de encontrar la vía de la integración. Acción y reacción marcan un camino de aspereza que nos ubica muy lejos del diálogo social, político y económico que necesitamos. No es tarea de la Iglesia poner en marcha políticas del día a día y atribuirse competencias que no tiene. Pero sí puede decir una palabra cordial y propositiva que invite a todos a mirar más allá de las soluciones a corto plazo, de la tentación violenta o de la reacción autoritaria. Sentarse a dialogar no es un gesto de debilidad, sino todo lo contrario.

Más allá de las leyes propuestas, hay que decir que el orden económico no puede ser el resultado de la imposición estatal, pero tampoco del individualismo neoliberal. Hay un principio de solidaridad que tiene que iluminar cualquier diálogo social, en la certeza de que todos somos protagonistas.

Las actuales tensiones reflejan algo más que un problema de números o de tantos por ciento… Más bien expresan la insuficiencia del actual sistema estatista y, con mayor profundidad, una crisis social, que corre el riesgo de enquistarse de forma endémica en nuestro diario vivir. El país necesita un “pacto de solidaridad” al servicio de los ciudadanos, no solo de los protagonistas de la vida económica o financiera, menos aún de los protagonistas del poder y del contrapoder.

¿Cómo negar el valor de la equidad, de la inclusión, de la solidaridad? Por ahí hay que avanzar, pero, en democracia, las cosas no se hacen por la vía de la intransigencia o de la imposición, sino por la vía del pacto. Si algo queda claro es que los espacios de información, diálogo y decisión no han sido suficientes y no pueden improvisarse de forma mediática.

No es suficiente con que el rodillo de la Asamblea vote que sí. Tampoco es suficiente con que nos lo expliquen una y mil veces. Lo que queda en entredicho es la participación ciudadana y, con ella, un proyecto integrador con suficiente oxígeno como para poder decir lo que se piensa. De lo contrario, habrá que decir que en nuestro país tenemos tres cosas fantásticas: libertad de conciencia, libertad de expresión y la incapacidad de practicar ninguna de las dos.

jparrilla@elcomercio.org