Rodrigo Borja

Las fascinantes Islas Galápagos

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Son un archipiélago de origen volcánico que emergió sobre la superficie del mar hace cuatro millones de años. Tienen 8.000 kilómetros cuadrados de superficie, repartidos en trece islas y numerosos islotes. Fueron descubiertas por el arzobispo de Panamá Tomás de Berlanga en 1535, a bordo de un navío al que las corrientes marinas desviaron de su ruta.

Aparecieron por primera vez en la carta de navegación de Abraham Orteluis en 1570 con el nombre de “Insulae de los Galopegos”, aunque se especula que antes una expedición de los incas enviada por Tupac-Yupanqui llegó hasta las islas San Cristóbal e Isabela, a las que denominaron Ninachumbi y Hahuachumbi. El rey Carlos V de España envió a las islas la primera misión científica, dirigida por el capitán siciliano Alexandre Malaspina.

Y el irlandés Patrick Watkins fue su primer colono.

El gobierno ecuatoriano tomó posesión de ellas el 12 de febrero de 1832. Y en 1979 la UNESCO las incorporó a la lista de los bienes del “Patrimonio Natural de la Humanidad”.

Las fascinantes Islas Galápagos, donde el tiempo parece haberse detenido, fueron el principal laboratorio natural en que el sabio inglés Charles Darwin investigó los fundamentos de su teoría de la evolución de las especies, que expuso en su obra “El Origen de las Especies”publicada en 1859.

En una breve pero interesante conversación que mantuve con el naturalista francés Jacques Cousteau en el aeropuerto de Madrid en febrero 1994 —mientras esperábamos el vuelo a Santa Cruz de Tenerife— el científico francés me confirmó que la visita de Darwin a las Galápagos —en que entró en contacto por primera vez con animales que no temían al hombre porque no tenían experiencias de la agresividad humana— le sirvió para reafirmar su teoría de la evolución de las especies, que sostiene que, en la lucha de todos los seres por la existencia, sobreviven los más aptos —en una suerte de selección natural— y los demás desaparecen.

Este principio fue desarrollado posteriormente por Darwin en su libro “The Descent of Man and Selection in Relation to Sex”, publicado en 1871, que produjo gran escándalo y mayor indignación entre muchos de sus contemporáneos porque trató de demostrar que el hombre y los monos descienden de un antepasado común.

El aislamiento del continente y otros factores han permitido a las islas tener un endemismo extraordinariamente alto, que no puede compararse con el de otro lugar del planeta. La tercera parte de su vegetación terrestre, el 90% en los reptiles, el 80% de los mamíferos y el 20% de los peces son endémicos.

Con el propósito de proteger los ecosistemas, la biodiversidad y la belleza incomparable del paisaje insular, el gobierno que presidí aprobó un plan integral para el manejo de los recursos marítimos y turísticos de las Galápagos.