Manuel Terán

¿Fin de la fantasía?

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Los testimonios son elocuentes. La prensa, aquella a la que se le quiere acallar, da cuenta que en las provincias orientales las flotas de transporte pesado están paradas, los hoteles ya no encuentran con la facilidad anterior huéspedes que colmen sus habitaciones.

Igual les sucede a los negocios de comida. Los clientes han desaparecido. La falta de dinero, las planillas impagas están al orden del día. La bonanza se esfumó. Lo mismo, pero en mayor grado, ocurre en las ciudades grandes. El comercio no tiene el ritmo que mantuvo durante la época dorada. La recaudación de impuestos va por el cuarto mes de retroceso. Si no hubiese sido por la amnistía vigente el año anterior, la meta recaudatoria difícilmente se hubiera alcanzado.

En el día a día, los taxistas capitalinos, como lo recoge un diario local, sienten que sus ingresos han decrecido. La gente ya no usa sus servicios como antes. El dinero escasea a todo nivel. El sector productivo no es ajeno a esta situación, con el agravante que los bancos disminuyeron el crédito y no existe financiamiento para proyectos de mediano y largo plazos. Los entes de crédito estatales tampoco cuentan con recursos y el efecto es un frenazo en seco de la inversión.

Todo esto empieza a sentirse en el mercado laboral. Poco o nada es el empleo que se crea, con lo que el problema de la desocupación y “el empleo inadecuado” tiene similares características a las que presentaba antes de la súbita riqueza experimentada.

Las esferas oficiales echan la culpa de todo a la caída del precio del crudo. Bajo esa lógica ¿la época de bonanza también era únicamente atribuible al elevado valor del barril de petróleo? ¿Entonces la administración pública no fue sino una especie de caja entre lo que se ingresaba y se gastaba, sin que se le pueda imputar ni para bien ni para mal ninguna gestión? ¿Daba igual, en consecuencia, que cualquiera hubiese estado al frente del manejo de la cosa pública?

También se menciona como hecho que incide en el mal momento que atravesamos la condición de estar dolarizados, frente a nuestros vecinos que poseen moneda propia. Eso les ha permitido devaluar. ¿Queríamos nosotros también tener a disposición ese mecanismo para reducir en términos reales los salarios de los ecuatorianos?

No se acepta que precisamente fue el hecho de estar dolarizados lo que permitió que se activen otros mecanismos, que facilitaron la mejora del nivel de vida de los que dependen de un salario. Lo que olvidan añadir es que para que el mecanismo funcione se requería prolijidad en el manejo de las finanzas, lo que implicaba limitar el gasto; y, sobre todo, atraer la inversión local e internacional para que ingresen divisas. En la práctica, se hizo todo lo contrario.

Nada de lo que sucede en estos momentos arroja pistas de que exista el ánimo de modificar lo que se realizó erróneamente. Se sigue viendo el asunto como si fuese un problema pasajero del que se podría salir con otro impulso exógeno para volver, exactamente a lo que se hacía con anterioridad. La lección no ha sido aprendida.