Lolo Echeverría Echeverría

El caudillo y el Estado

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El periodista argentino Jorge Lanata mostró, en su programa Periodismo para Todos, un rompecabezas elaborado por el Ministerio de Desarrollo para niños mayores de cuatro años. El rompecabezas de tres piezas muestra la familia, la comunidad y el Estado. La familia está representada por el padre, la madre y los niños; la comunidad está representada por un edificio y el Estado se identifica con una simpática muñequita con la banda presidencial, la presidenta Kirchner.

Algo parecido se explicó aquí, para niños mayores de cuatro años y menores de ochenta, diciendo que el Presidente es el jefe de Estado y que el Estado es todo, el Ejecutivo, el Legislativo, el Poder Judicial, los organismos de control, el Poder Electoral, todo.

Esta identificación del Presidente o Presidenta con el Estado es consecuencia del modo en que se relaciona el poder autoritario con los súbditos. El objetivo del caudillo no es el individuo sino la masa, como dice Gustavo Zagrebelsky en su última obra ‘Liberi servi’, “el ideal del caudillo es llevar hacia él los seres humanos, es decir, evitar las relaciones horizontales entre ellos. Las relaciones horizontales son relaciones sociales. La sociedad es horizontal; el mundo del caudillo está compuesto por la suma de soledades verticales, innumerables, que no se entrecruzan”.

La comunicación es todo, para este estilo de gobierno; “sin la comunicación es nada, pero una buena comunicación puede transformar un enano en un gigante”. La comunicación no es la información, es la circulación de noticias orientada a promover el consenso y la adhesión, pretende construir una masa fiel y homogénea, un rebaño. Zagrebelsky añade una curiosa afirmación: “Seguramente habrán notado cuántas veces y de cuántos modos se dice de tal o cual personaje, fabricado por la comunicación, que es “un gran comunicador”. No importa qué comunique, aunque sea nada: de hecho, preferiblemente nada, porque si comunicase algo diferente de la comunicación misma, podría incurrir el algún incidente”.

Esta forma de comunicar no se ajusta a la lógica ni a la coherencia y, sin embargo, es convincente. Reclamar desde el Estado, aunque sea en referencia al partido oficial, el derecho a la resistencia, en contra de unos cuantos opositores, no tiene sentido. El gobierno, dotado del monopolio de la fuerza, no puede declararse en resistencia frente al inerme ciudadano.

El Estado solo existe para garantizar los derechos del ciudadano. Lo mismo ocurre cuando el poder proclama el derecho a la libertad de expresión, para descalificar al ciudadano. Y, sin embargo, ese discurso es convincente y la suma de soledades verticales refuerza su fidelidad y homogeneidad. En la comunicación está el poder. La potencia y la impotencia entran en contacto. Para quien escucha al caudillo, sus palabras son una provocación a la anuencia o la resistencia.